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LAS ZAPATILLAS

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A mis chicos del río La felicidad de los objetos esenciales es indiscutiblemente más genuina en la niñez. Y ese día había transcurrido sorprendentemente en la fragosa escuelita de la Ribera. El Consejo Escolar envió zapatillas que la Asistente Social distribuyó entre los más descalzados y Ramiro recibió un par. Él estaba descalzo de todo. Eran unas zapatillas comunes. De las más ordinarias. Blancas, de tela dura y gruesa, parecían más resistentes que las repartidas el año anterior, previas a las elecciones legislativas; y que a él no le habían tocado. Pero a Ramiro le parecían dos albos, resplandecientes y únicos motivos para continuar los pasos de su pequeña vida. No terminaba de admirarlas, cuando, involuntariamente, se le dibujaba una sonrisa brillante de gozo en la boca y en los ojos. Flaco, largo y moreno, de mirada elocuente para el que sabe entender la mirada de un niño. Esas miradas que dicen de las miserias de cuatro generaciones acumulando carencias a la orilla d...

LA AMISTAD

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a los amigos que ya no están afuera, especialmente a Héctor Félix Acosta,  Alejandro Re, Plácido Donato y Oscar Tacho Soto.. porque tenían savia de sauce en las venas    De chico junto a mi casa, ligustrina de por medio,  vivía Ricardito. Tenía seis años como yo. Su padre era marino mercante. De regreso de sus viajes le traía autitos de metal de diversos modelos. A la tarde, después de la escuela y la merienda, pasábamos horas jugando con los autos de colección en el patio de mi casa. Los lanzábamos en carreras fantásticas por pistas de tiza. A veces él me prestaba uno para que lo conservara hasta el día siguiente, como un talismán. El amuleto que anudaba el lazo de nuestra amistad.   El 26 de julio de 1958, una de esas lluvias inmisericordes, a la que sumó una feroz sudestada, anegó la ciudad de Quilmes. La casa de Ricardito se llenó de agua y él con su familia se refugiaron en la nuestra, más alta y de dos pisos. Ese desastre fue fiesta para nuestra...