GÉNERO EPISTOLAR VI - DE UN ALUMNO A SU PROFESOR
por Chalo Agnelli
Continuando con ejemplos del género epistolar
como ya desarrollamos en notas anteriores, [1]
esta es una entrañable carta que le envía desde el extrajero un ex alumnos a
su ex maestro. Describiendo sus años adolescentes en un Quilmes ya ido en el tiempo; los avatares espirituales
de una adolescencia un tanto huérfana en una escuela que le brindé todas las
armas para una vida plena, pero un tanto gélida de ternuras.

Es la carta de un adulto, pero se entrevé al
jovencito reflexivo que alguna vez hubo en él. Cordial, cálida, entre nostálgica
y realista. Como dice Carlos S. Sánchez Rodrigo “no es fácil acercarse al solitario a menos que él lo propicie”; y
este ‘remitente’ nos abre la puerta de su pasado juvenil. No conocemos al
hombre que escribió esta carta, pero conocemos al muchacho que transcurrió años
de su adolescencia pupilo en una escuela inglesa y podemos identificarlo e identificarnos con él.
Lo vemos con la cabeza apoyada en el vidrio de
una ventana mirando el vasto parque de la Escuela, el ‘campus’, mirando como
cae una interminable lluvia de invierno, que provoca la melancolía; lo vemos
caminar meditabundo por ese parque en una noche estival observando un cielo
cargado de luces, cuando aún no existía la polución hoy reinante; lo vemos en
un recreo reír a carcajadas sin causa alguna o por causas fútiles con su grupo
de compañeros… Esos y otras escenas permiten ver en la epístola el lector
avieso.
Se tomaron los recaudos de no exponer nombres reales
salvo el de personalidades locales, primero porque no es lo que interesa en la
carta, sino su esencia misma, y segundo para no herir susceptibilidades. La
carta está entre la correspondencia que compone el archivo personal del
profesor Lombán del que fui designado albacea… y dice:
15 de marzo del 2010
Profesor Juan Carlos Lombán
Sarmiento 592 - Piso 17° D
1878 Quilmes - Buenos Aires
República Argentina
Muy estimado Profesor Lombán.
Hace ya muchos años que no le escribo, pero no he
dejado de querer hacerlo, y desde hace bastante tiempo. Espero que esta carta
lo encuentre muy bien y en excelente salud. Recientemente, lo encontré en algún
lugar en el Internet, a raíz de conferencias y estudios que Ud. está realizando
sobre la historia de Quilmes. Me resultó muy interesante su enfoque sobre esa
metrópolis, ahora enorme, industrial y diversificada, como se entrevé en la
novela de Jorge Asís. [2]
Tengo una foto de mis bisabuelos cuando eran jóvenes
en Quilmes, quizás por el año 1890. Parece que hubieran estado cabalgando,
porque hay una montura en el suelo, al lado de ellos, y en su alrededor hay un
monte, unos arbolitos y un pantanal, en pleno
campo. Mi bisabuela me contó que
le cebaba mates a Sarmiento cuando ella era aún una piba. Su hijo mayor, O. R.
murió en la infancia y está enterrado en el cementerio de Quilmes.
Si me permite unos comentarios personales, mis
memorias de Quilmes son tristes, o al menos tienen algo de la melancolía de la
nostalgia. La neblina, las sudestadas, la perpetua llovizna del invierno, el
aspecto tan inglés del College,[3]
como un paisaje de Constable, [4]
el lamento de ese gran reloj, con sus ‘Cambridge chimes’ [5]
marcando el paso de cada cuarto de hora, todo eso se asocia en mi memoria con
la distancia del hogar, la frialdad de los ingleses, el permanente concurso
masculino. He pensado mucho en ese colegio, en la cual
Ud. es una presencia
indeleble, y me fascina la experiencia, en forma quizás algo inusual para una
persona de mi edad que no tiene vocación de anticuario, ni de ingenuo
memorioso. No es el interés de un Miguel Cané, [6]
o de un Thomas Hughes, [7]
en parrandas y aventuras de muchachos, sino más bien algo en lo que se refiere
a la formación intelectual, cultural, zoológica y psicológica del sujeto.
Me llamó la atención, y hasta me hizo reír un poco
leer lo siguiente, en el libro Historia de una
Pasión Argentina, (1937) de Eduardo Mallea:
“Pasé luego de aquel colegio
británico al Nacional y tuve por primera vez encuentro con profesores
argentinos: eran médicos o abogados indolentes que enseñaban indolentemente
gramática o aritmética. Su interés por los estudiantes comenzaba con la hora de
clase y acababa con ella. Si antes había aprendido en inglés quién era San
Martín, aquí empecé a olvidarlo tenazmente La psicología de mis condiscípulos
era otra, creada por aquella indolencia, por aquel perpetuo abandono del
maestro, y nadie se preocupaba sino de vivir cómodamente, con poca lectura y
menos reposo.”
No se me ocurre nada más distante, más diferente, a lo
que fue mi experiencia personal en el Colegio San Jorge. Quizás habría alguno
que otro indolente entre los varios excelentes profesores que conocí allí, pero
en general, era un grupo de docentes de calidad muy
superior a los que he visto
y conocido desde entonces en otras instituciones de enseñanza. Y puedo
confirmar, por experiencia propia y por varias conversaciones que he tenido con
O. G.’s ingleses, que el nivel educacional e intelectual del Colegio Nacional
en el San Jorge era muy superior al de la sección secundaria inglesa, los
“Forms” [8]
que preparaban a los chicos para el Cambridge
School Certifícate Exam.[9]
Por medio del Colegio Nacional obteníamos el humanismo
y de los ingleses, la disciplina.
Recuerdo a los buenísimos profesores que conocí en el
San Jorge, a Ud. por cierto, a Orlando Cella, García, Melidoni, Sontag Gándara,
Lombán el matemático, Gorocito, y me pregunto a veces si Uds. articulaban en
sus comentarios el carácter anómalo, casi podría decirse anormal, de esa
institución en la que ejercían su profesión, a la cual iban todas las mañanas,
y que dejaban a la tarde en manos de los ingleses. El monasticismo humanista
del Renacimiento inglés ya personificado en los colegios privados, los 'public
schools’ del siglo XVI, y el cual Thomas Amold [10]
en Rugby había transformado en una institución educacional dedicada al
“Godliness and Good Leaming” (Divinidad y buen aprendizaje)
para la evangelización de las clases dirigentes en el Siglo de
Victoria (reina
de Gran Betaña e Irlanda), y que luego fue cuna de los administradores del
Imperio, - ese colegio, esa institución, ¿no era acaso ya anómala, un
anacronismo, en nuestra propia época?
En mi tiempo, el culto del deporte era hegemónico en
el College. “Masculine Christianity”
había sucedido al humanismo evangelizador de Arnold. Mucho se ha dicho sobre la
disciplina del colegio, tan presente en la cancha, como instrumento de
formación del carácter individual. Más interesante, y de mucha mayor
importancia, me resulta la forma efectiva en que la institución actuaba en reprimir
o sublimar el espíritu y el cuerpo adolescente del alumno. Se nos enseñaba, sin
decirlo, que el amor era una debilidad y que había que ocultarlo. Los
administradores de los ‘public schools’ bien sabían que no era posible permitir
que los varones, así hacinados, se enamoraran unos de los otros en ese ambiente
encerrado y restringido, en ese confín sin mujeres.
Pero de todas maneras, había enamoramientos disimulados, reprimidos o subterráneos, porque algo había que hacer con Eros No me refiero a escándalos de índole sexual, que en mi época fueron muy infrecuentes, si no a una ternura que no podía llegar a expresarse. Esa ternura se deshacía en la melancolía, o en la agresividad deportiva, en la crueldad hacia los profesores, o en la ambición del conocimiento, como lo describe Platón en el Simposio y en el Fedro.
Pero de todas maneras, había enamoramientos disimulados, reprimidos o subterráneos, porque algo había que hacer con Eros No me refiero a escándalos de índole sexual, que en mi época fueron muy infrecuentes, si no a una ternura que no podía llegar a expresarse. Esa ternura se deshacía en la melancolía, o en la agresividad deportiva, en la crueldad hacia los profesores, o en la ambición del conocimiento, como lo describe Platón en el Simposio y en el Fedro.
¿Eran conscientes Uds. los profesores,
de esa anomalía? ¿Se daban cuenta en qué forma
este colegio era diferente de los otros? El Sr. Traverso hacía chistes sobre el
‘Gran Hotel San Jorge’, pero no remarcaba sobre el aspecto grotesco de ese
encierro. Me pregunto, ¿qué ideas tendrá Ud. al respecto? Y pregunto sin
ninguna intención de crítica. Al contrario, creo que recibí la mejor formación
posible. La cultura requiere el sacrificio. El College de hoy, me entero por medio del Georgian Magazine, es un espanto. Lo veo tan vacío de
valores humanistas, dedicado a la preparación de administradores de empresa, lacayos
del Capital, un jardín de infantes para niños ricos. La apertura hacia el
mundo, por medio de teléfonos, computadoras y televisiones,
y el hecho de que la mayoría de los chicos duermen en sus propios hogares, creo
que ha socavado las condiciones que hacían posible al humanismo monástico de
antes, que fuera originario, y base de nuestra formación cultural colectiva. ¡Y sin embargo, ya ese “antes” era una antigüedad en nuestra época! ¿No le parece? El Imperio, del cual estaban tan orgullosos el Señor B.G, el Reverendo
C., el Canon J., ya no existía más en 1954, o en el
1962, cuando yo me recibí.
Todavía me mantengo en contacto con
algunos de mis amigos del College, E.
B., C. C., G. T., J. M., no sé si los recordará.
Nuestras vidas han sido tan distintas, que conversar por teléfono y cambiar
ideas con ellos es como entrar en otra dimensión histórica. T. no hace más que jugar al golf. M. fue banquero con
R. M. De C. no sé mucho, pero su
carácter brumoso, su sensibilidad nerviosa, su orgullo melancólico, me han quedado
grabados durante los
cuarenta y pico de años desde que nos vimos por última
vez. Tenía una gravedad aristocrática, y en nueve años de vida en el College nunca lo vi herir a ninguno. Con
ellos no he podido llegar a estos temas; son reticentes en cuanto a la
exploración del pasado personal. Podría escribir mucho sobre ellos y otros, pero esto ya se va para largo, y no quisiera abusar de su
paciencia y generosidad.
En fin, espero que me perdone esta larga
carta llena de ideas incoherentes. Desde la última vez que le escribí, he
sufrido muchas penas. […] La única que queda de mi familia “argentina” es mi madre,
pues mis hermanas y mi hermano menor eran infantes cuando llegaron a éste país.
Estas cosas de la vida me hacen pensar en mi propio pasado personal, y trato de
reconstruirlo en la imaginación.
En cuanto a mi trabajo, sigo practicando
el derecho, pero poco. Estoy preparando un ensayo sobre el Romanticismo y la
filosofía de Schopenhauer. Soy más Wagneriano que nunca, y busco el amor entre las chicas jóvenes, sin mucho éxito.
Con el pasar de los años, todos sufrimos
desgracias, y estoy seguro que Ud. también debe haber cosechado grandes penas.
Como fue mi gran maestro, y también fue testigo de esa vida tan remota, tan
extraña, que viví allá lejos, en ese colegio aún arraigado en una época que ya lo había dejado atrás, le dirijo
algunas preguntas. Espero que tenga algún momento para responderlas. Pero, de
todas maneras, esto más bien vale como un saludo y recuerdo de su viejo alumno […]
que siempre lo recordará con gran respeto y admiración.
Lo saluda muy afectuosamente:
N. N.
Compilación, adaptación y argumentación
Prof. Chalo Agnelli
Quilmes, 2015
FUENTE
Archivo
privado del profesor Juan Carlos Lombán.
Biblioteca Popular Pedro Goyena.
NOTAS
[1] Ver en Las Letras del Quilmero del miércoles, 1 de mayo de 2013, GÉNERO EPISTOLAR - CARTA DE DORA CARRINGTON A LYTTO;
lunes, 26 de septiembre de 2016, EL GÉNERO EPISTOLAR (IIª NOTA) TRES MOMENTOS, TRES SITUACIONES - TRACHEY (TRAS SU MUERTE);
domingo, 20 de noviembre de 2016, EL GÉNERO ESPISTOLAR (IIIª NOTA) HISTORIAS DEL ABANDONO, AVIA TERAI;
jueves, 29 de diciembre de 2016, OTRO DICIEMBRE EN EL QUILMES DE 1886 - EL GÉNERO EPISTOLAR
miércoles, 4 de enero de 2017, GÉNERO EPISTOLAR V° / V. OCAMPO, G. MISTRAL, R. CAILLOIS, F. SISK
[2] Se refiere a “Flores robadas en los jardines de Quilmes” de dudosa calidad literaria,
según quien suscribe.
[3] Es el término utilizado para denominar a
una institución educativa.
[4] John Constable fue un pintor inglés de
paisajes. La región de Suffolk fue el tema preferido de sus paisajes, hasta el
punto de que el área del Valle de Dedham, en dicha región, se conoce como «el
país de Constable». Su obra más famosa es El carro de heno.
[5] Carillones de Cambridge.
[6] Referencia a la obra de Cané, “Juvenilia”, donde relata
su experiencia juvenil en el Colegio Nacional de Buenos Aires.
[7] Autor inglés de “Tom Brown’s School
Days (1857), relato semi-autobiográfico ambientado en la Rugby School Rugby
School, donde el autor estudió.
[8] Por fórmula, cortesía o compromiso.
[9] Exámenes internacionales de Cambridge, proveedor de
títulos internacionales, que ofrece exámenes y calificaciones a 10.000 escuelas
en más de 160 países.
[10] Thomas
Arnold (1797-1842, pedagogo, humanista e historiador inglés, director de
la Escuela de Rugby entre 1828 y 1841.
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