jueves, 16 de marzo de 2017

…TAN SOLO 36 TÍTULOS Y...



El martes 24 de setiembre de 2013, el escritor y poeta Claudio Pérez, responsable del Plan Nacional de Lectura me invitó a integrar un panel junto a los escritores Liliana Guaragno, Claudio Mangifesta, Néstor Telechea, Ignacio Lotito y Luciano Rey, dirigido a educandos y educadores en el marco de la Feria, “Libroquil 2013”; el tema central era el libro, la lectura como experiencia personal. Este es el texto de la conferencia con que me presenté en ese encuentro. 

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«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

 

Recordé este párrafo inicial de la novela “Historia de dos ciudades de Charles Dickens (1812-1870), publicada en 1858, conversando recientemente con conocidos acerca de la situación política del país y del mundo actual. Y se me ocurrió que la literatura es atemporal y abre puertas a otras manifestaciones de la
condición humana. Intentaré explicar que es esto de leer para mí y el sentido que tiene y las emociones que me produce.


Esta novela la leí a los 14 años. Y fue un disparador frenético hacia Francia, la Revolución Francesa, Inglaterra, fue un desborde vertiginoso hacia la historia y la literatura francófila y anglófila. Y así otros autores llegaron señalados por Dickens; Balzac (obras completas), Zola (todo sobre los Rougon-Macquart), Stendhal, Dumas, Flaubert, Proust… en ese orden y Walther Scott, Daniel Defoe y llegaron: Shakespeare, Virginia Wolff con su “Orlando”; Henry James, la deliciosa Edith Warthon y nuestro Hudson, por supuesto.

Si bien ya antes, en mi primera niñez, me había hartado de las cerca de 30 novelas de Salgari (propiedad de mi hermano Alfredo), algunas de Julio Verne; muchos libros de la colección Robin Hood de Ed. Atlántida, “El Príncipe Valiente” de Harold Foster, de Louis May Alcott (que análisis recientes descubrieron un recoveco social
muy revelador de su época, astutamente solapado por su autora para no ser anatemizada por ser mujer), autora que habían leído mis hermanas: “Mujercitas”, “Hombrecitos”, “Ocho primos”… Digo “habían leído” pues ya, para esa época, ellas, mis hermanas, incursionaban en la novelística de Jane Austen, Vicky Baum, Daphne de Maurier y a escondidas “El Segundo Sexo” (1949) de Simon de Beauvoir.

Pero antes de las aventuras de Salgari, hubo una literatura de infantil: Constancio C. Vigil y su “El mono relojero”, “Misia Pepa” (hoy dirían infanto-juvenil una palabra compuesta que me suena horriblemente delictual) textos cargados de moralina que ayudaban a los pequeños de la época a ser buenos, honestos, limpios, respetuosos con los adultos… y carne fresca para
el diván del psicólogo, en el futuro próximo.

Fui también un lector empedernido de historietas, hoy llamadas ‘cómics’. En esa época no estaba bien visto leer historietas, si superabas los 15 no tenías que confesar que te gustaban, yo sigo leyéndolas hasta hoy.

Y volviendo a la primera referencia, la del párrafo inicial, esa ilación que me producía la lectura era un impulso incontenible a nuevos textos, a la búsqueda del libro que me completara la idea que se me presentó de una lectura para afirmarla, confirmarla.

Las lecturas se me sucedían en cadena a investigaciones: sociales, geográficas, históricas, filosóficas, musicales, plásticas, religiosas, ideológicas… biografías; sí, leí muchas biografías y aún hoy sigo leyéndolas. Recientemente una historiadora amiga Maxine Hanon publicó en dos volúmenes una biografía de Eduardo Wilde, una personalidad de la historia argentina por quien, desde que leí la biografía que de él escribió el Dr. Florencio Escardo, me sedujo absolutamente.

El Wilde de Maxine ya está en un estante preferencial de mi biblioteca junto con otros del mismo apellido, como el de su tío
nuestro José Antonio Wilde de quien hice yo la biografía, entre otras muchas, de muchas personalidades, sobre todo quilmeños, que se encuentran en mi blog EL QUILMERO.

En el artículo “El elogio del encuentro” de Horacio Barcía, publicado en ADN Cultura del diario La Nación, el 26 de abril de 2008, este autor escribió: Un lector no consume pasivamente un texto; se lo apropia, lo interpreta, modifica su sentido, desliza sus fantasías, sus deseos y sus angustias. Y es allí, en esos viajes, donde un lector se construye.”

Efectivamente fui un lector desaforado. Era inevitable ya que mi casa era un hogar de lectores compulsivos. Y yo, el menor de 6
hermanos, leía todo lo que leían mis hermanos, mis padres y mi abuela materna, que fue la que me enseñó a leer a los 5 años. 

Por eso la escuela me aburría soberanamente y confieso que quizá por eso no fui buen alumno, lo único que me interesaba era volver a casa a continuar leyendo lo que había tenido que abandonar irremediablemente por la escolaridad primaria y luego la secundaria que aproveché mejor pues en las clases de “Castellano” - como se llamó antes la materia “Literatura” y más cerca en el tiempo “Comunicación” -, en esas clases de la profesora y escritora Julieta Quebleen, en las de Irene Rodríguez Garay, en las de Ana Inés Manzo de Torrico, tuve la oportunidad de conocer a los clásicos; como conocí, con el profesor Rodolfo Merediz, que había otra Historia, por afuera de los manuales oficiales y debidamente eviscerados. Y comencé a leer Historias, sobre todas la nuestras, la de nuestra Argentina,  Latinoamericana y, en la Biblioteca Pública Municipal con el Prof. Guillermo Maier, la quilmeña.

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Hoy en día muchos de mi generación reniegan de aquellos programas de Literatura - en algunos casos con razón por el abuso que se hacía de ella -: el ‘Siglo de Oro Español’ o la Literatura
Argentina de la generación del 37’; “La Celestina”, Lope de Vega, Gracián, Góngora y Quevedo, el Mio Cid, el Arcipreste de Hita… Pero, lúcidamente – cosa rara para un adolescente - no dije ¡”la literatura es aburrida, no leo más!”; dije: ¡”esto me es extraño, buscaré otros autores!”… y, por ende, salí ganando, con autores latinoamericanos como Salvador de Madariaga y su serie de “Esquiveles y Manriques” (5 novelas); Rómulo Gallegos, Miguel Ángel Asturias; incurrir en los autores del boom de los `60: Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Ciro Alegría, Jorge Amado, Arguedas, en “Pedro Páramo”… Y de allí caí con Borges, todo, desde “La rosa profunda” hasta “El Aleph” y su libro de “Prólogos
con un prólogo de prólogos”; luego “Rayuela” (de la que a lo largo de los años hice insistentes lecturas), pero primero “Sobre héroes y tumbas” de Sábato y un libro que siento entrañable, “Adán Buenos Ayres” del maestro Marechal y los que le permitieron publicar al noble educador que pecaba de ‘peronista’. Esta última literatura era imprescindible para los que nos preciábamos ‘lecturosos’ en la generación defines de los ’60 y del ’70; como lo fue “Cien años de soledad” y la obra primigenia (según mi humilde entender) del ‘realismo mágico’ de Manuel Scorza y la tremendamente humana de Verbisky (padre), Viñas y Walsh - no María Elena -, Rodolfo, el primer vocero del horror - de todas maneras a ella no la descuidé tampoco, como buen padre y maestro de escuela -.

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Mi balance actual es que fui afortunado de conocer aquellas obras clásicas en su momento, pues ahora no las podría leer, por ajenas al gusto que se me fue formando con los años, que es bastante
ecléctico y con frecuencia desando viejas lecturas y esquivo un tanto las nuevas, salvo de autores que sigo cada vez que publican una nuevo trabajo, como Arturo Pérez Reverte o nuestra Liliana Guaragno que acaba de publicar “El hilo de la bobina”, que después de dos días de lectura, reafirma mi gusto por Su literatura.

Espíritu sensible, romántico, leí mucha poesía (confieso con las disculpas del caso que también la intenté): autores de la A a la Z; desde Alfonsina y Artaud hasta Whitman y Yánover y “A buen juez, mejor testigo” de José Zorrila.



EL TELEVISOR   

Se dice “la televisión mató el gusto por la lectura”. No puedo afirmarlo, no sé si esto es exacto.

En 1956, cuando entró un televisor a mi casa rara vez se prendía. Hoy hay televisores hasta en los baños. En ese entonces un televisor era un objeto suntuario, un lujo. De modo que un objeto tan valioso se ponía en el lugar más importante de la casa que era la
sala. Habitación donde sólo se entraba en eventos familiares muy importantes. Las viejas casas chorizos con sus dos patios, galerías, galpón y gallinero al fondo, con cocinas sobredimensionadas, donde se centraba toda la vida familiar. La sala era fría, inhóspita y lejana. Recuerdo que, en la de mi casa, había épocas donde flotaba un vaho misterioso que no la hacía para nada acogedora. De modo que ahí, en un rincón preferencial, con una carpeta al crochet encima y un florerito con tres calas, languidecía el televisor olvidado por los habitantes. En cambio en el cuarto de cada uno de nosotros había estantes con libros, revistas (algunas escondidas debajo del colchón), periódicos.

No pretendo caer en el absurdo de blandir el slogan: “¡lea no vea televisión!”. Sería una quimera risible iniciar una campaña anti-TV. Como no lo haría anti-celular, anti-computadora,
anti-calculadora… No soy de los que cree que todo tiempo pasado fue mejor. Éramos jóvenes, por eso básicamente nos lo parecía.

La tecnología, la cybenética llegó para quedarse y hay que aprovecharlas y convivir. La televisión está allí, el libro tiene su lugar, que no le quitará nadie como no le quitó la cinematografía al teatro ni la televisión a la radio. Coexisten. Es verdad que se cerraron salas de cine, pero la gente ve películas a través de otros procedimientos como la computadora. Yo lo hago.

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MI CONDICIÓN      

Con respecto a mi espacio en un panel de autores. Yo no llego a tener el plafón de escritor pues lo fui circunstancialmente ni soy
historiador, soy un memorioso con afán de difundir lo que pasó y los que pasaron.

De todas las cosas que elegí hacer en mi vida, prevalece y valoro en demasía, al Maestro de Escuela que fui y, unido a esto, el ser un militante de la cultura y un bibliólatra o bibliófilo, si prefieren.

Y en la cultura de un pueblo el libro juega un papel fundamental, en el formato que sea, gráfico o digital. La cultura tiene en la palabra escrita como uno de sus pilares más sólidos.

Últimamente se está tratando de plantar en la cabeza de la gente una idea: “¡hay que abandonar el pasado para crecer en el presente!”. Escuché este slogan varias veces a un político en los últimos meses. Pero no se puede armar un presente sin un sustento, un piso, un apoyo. “El pasado se recupera en la memoria que es la que da nacimiento a lo nuevo”. Este concepto no es mío ni actual, pertenece a Walter Benjamin (1892-1940)

LAS BIBLIOTECAS

Las bibliotecas y bibliotecarios son custodios de los libros, de lo sueños, de las utopías, de aquello que quizá no logremos nunca,
pero que, aún sabiendo eso, seguimos bregando para alcanzar tozudamente y con pasión… así desando páginas en la Goyena desde hace…

La biblioteca es el ámbito más igualitario y democrático que tenemos los seres humanos. Ahí conviven en gráfica armonía Marx con Adam Smith; Almafuerte con Osvaldo Lamborghini; Sor Juana Inés de la Cruz, con Idea Vilarino y Alejandra Pizarnik, “El Facundo” con “La Patagonia Rebelde”; La Biblia, con el “Corán” y elRabindranath Guitar”; “Mi lucha” con el “Diario de Ana Frank”; “La imitación de Cristo” de Kempis con “Los subterráneos” de Jean-Louis Kerouac; “El Orlando furioso” de Ariosto con “La Naranja
Mecánica” de Anthony Burgess; “Ivanhoe” con el “Juan Moreira”; “Huckleberry Finn” y “Tom Sawyer” con “Shunko”; “La decisión de Sophie” de William Styron, con ”Retrato de una Dama” de Henry James (que ya nombré antes) y con “El Lector” de Bernhard Schlink; “Conversación en la Catedral” de Vargas Llosa, con “El jorobado de Notre Dame” de Víctor Hugo,Un cuarto con vista” de  Edward Morgan Foster con “El escritor, el amor y la muerte” de Enrique Medina, …etcétera, etcétera, etcétera.

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DESAFÍO

Recientemente en una conferencias Juan Sasturain me recordó una frase del Talmud que dice “36 justos sostiene todo el saber y la
esperanza del mundo”. ¿¡Es decir que si encontramos en el planeta 36 justos estamos salvados!?

Yo traslado esa idea al tema que nos ocupa y propongo un desafío: que a cada uno que le guste la lectura busque 36 títulos que consideran los mejores que han leído en sus vidas, los que más los hayan conmocionado, emocionado, determinado y descubrirán que en esos libros se encierra todo el saber y la esperanza del mundo.

Prof. historiador y bibliólatra Chalo Agnelli

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