jueves, 10 de abril de 2014

LA TÍA CAROLA ... DE MABEL ENRIQUEZ


- I -

He pensado muchas formas de empezar este relato y recurrentemente aparecían en mi cabeza, los pies de tía Carola.
Me parece impropio comenzar la historia de una vida maravillosa y ejemplar por los pies, pero la insistencia de esta imagen casi fotográfica en mi mente, no me dejó alternativa.
Y en este mismo momento, los estoy viendo, regordetes, con los tobillos hinchados, de piel un poco rojiza y lustrosa y en unos zapatos negros, clásicos, de taco algo fino mas ó menos de cinco centímetros.
Cuando llegábamos a su casa de la calle Brown y venía a recibirnos, producía un sonido especial con sus pasos titubeantes. Lo primero que veía a través de los visillos de la puerta cancel, eran sus pies, pedestal de un cuerpo redondeado. Sus brazos, al igual que sus piernas, como envasados en una piel de seda, que la cubría a toda ella. Cabellos dorados (teñidos) una mirada que era un torrente de bondad y una nariz recta y pronunciada.
Hoy no puedo precisar que edad realmente tendría en el tiempo en que me salta esta imagen, porque los parámetros de comparación cambian con la edad del que compara.
Sí, puedo hablar de edades, con respecto al comienzo de esta historia, por lo que siempre me contaron.
Mi abuelita de sangre, llamada Juana, ya tenía seis hijos en 1910, mi mamá, era la menor y tenía en marzo de ese año, dos años y cuatro meses.
Mi abuelita estaba en ese momento yendo a tener su hijo número siete. Nació una nena y ella, murió después del parto.
Tía Carola, su hermana, tenía entonces veintitrés años; sí veintitrés.
La joven tía Carola era soltera y tenía en ese momento un joven músico que le “arrastraba el ala”, como se decía en aquellos tiempos.
Se hizo cargo de sus siete sobrinos; la última recién nacida, a la que llamaron Juana en honor a su mamá fallecida; y el mayor, Armando, de catorce años. También en cierta forma, se hizo cargo de mi abuelito José Raris, gallego, cuyo único pariente en Argentina era su hermano Juan, mi querido “tío Juan chiquito” que en ese entonces, estaba siempre lejos porque trabajaba en cuadrillas viales en distintos puntos del país. Tía Carola, le hizo a mi abuelito José un lugar en la casa y por lo menos así, no se vio obligado a separarse de sus hijos; cosa que le hubiese agregado un dolor más.
En el pueblo de Quilmes, en 1910, todos se conocían; y alguien (nunca supe quién) que valoró los méritos de esa joven  mujer y que también debe haber presentido los apremios económicos que se podrían presentar con tantos chicos, la nombró “jefa de la unión telefónica” y le ofreció una vivienda anexada a las oficinas de la telefonía. Esa casa, que recuerdo mucho, con gran placer y nostalgia, estaba ubicada en la calle Lavalle entre Alem y Rivadavia, en pleno centro de Quilmes, sobre un lote muy ancho y no demasiado profundo.
Tenía dos entradas, sobre la línea municipal. La de la izquierda, daba directamente a la oficina, en la que atendían dos o tres empleadas telefonistas, con una pared llena de conmutadores en los que se enchufaban unos cables con un conector de metal en cada uno, que les permitía hablar con los distintos números requeridos.
Por la puerta de la derecha se accedía a la casa familiar, tipo “casa chorizo” pero en “ele” con muchas habitaciones que daban todas a una galería, con jardín adelante. La habitación que estaba en el ángulo era la más grande y allí estaba el comedor principal y en la punta de la galería estaba la cocina de piso colorado y un fogón.
Al final otro jardín, del que recuerdo los helechos y unas cuantas macetas encajadas en unos soportes triangulares de hierro redondo con tres patas.
A veces me extraña recordar tanto de esa casa de la que se mudaron cuando yo era muy chica, tendría cuatro o cinco años; y por supuesto de la misma forma o más intensamente aún, recuerdo la otra casa a la que se mudaron, en Brown casi Garibaldi. 
En esa casa con zaguán es en la que recuerdo los pies de tía Carola, sobre el piso color ocre del living.


- II -

Tengo que volver, si o si, al tiempo que transcurrió en la casa de la Unión Telefónica en la calle Lavalle, porque allí se desenvolvió la mayor parte de la obra de amor puro de tía Carola; madre y abuela en realidad, aunque todos la sigan llamando tía.
Ella, sola, con veintitrés años, los hizo estudiar y les inculcó la honestidad y el amor al prójimo, con la palabra y esencialmente con su ejemplo. Pero hubo dos episodios que en su momento, alteraron la rutina de una crianza normal. Antes de contarles estos episodios debo hacer una descripción de la cuadra y de algunos vecinos. En la vereda de enfrente había dos casas en las que vivían familias muy distinguidas. En una de ellas, un alto ejecutivo de la Cervecería. Aparte de su familia, lo que más me llamaba la atención: tenían un auto muy importante siempre  lustroso y con chofer;  y lo más llamativo era justamente el chofer, un hombre muy agradable, algo ceremonioso y con impecable uniforme gris. Con  pantalones como breechs  y  con botas y gorra. Un personaje. En la casa de al lado, con zaguán de mármol y una puerta pesada y lustrosa vivía una familia también de buen pasar con dos o tres empleadas. 
Tío Tito, el menor de los varones. Un buen día, sin explicaciones, desapareció de la casa. Tendría once o doce años. Nadie sabía adonde podría haber ido. Lo veían conversar a veces con algunos peones de campo que transportaban mercaderías en unas chatas con varios caballos. Todos sospecharon que se podría haber ido con ellos a trabajar en el campo. Esto duró cinco ó seis años, nadie traía noticias o comentaba haberlo visto.
De pronto apareció en Avellaneda, en una barraca que regenteaban abuelito José y tío Armando. Llegó, sabiendo bien adonde iba, llevando una gran carga de lanas y cueros que habían comprado justamente en esa barraca. En una enorme chata con seis caballos que manejaba con la mayor destreza. La emoción y la alegría de este encuentro, tanto de la familia como de él, fueron indescriptibles. Se quedó y formó parte del plantel de la barraca. Ya no se separaron nunca más. Y la vida siguió desarrollándose con mucha unión entre hermanos, transcurriendo sus vidas entre estudios, trabajo y romances. Y ya que me refiero a romances, no puedo omitir que hacía rato, que el músico pretendiente de tía Carola ya era su novio formal y había creado y dirigía, para ese entonces, la orquesta sinfónica de Quilmes (1934) que llegó a tener cuarenta y cinco músicos fijos. El siempre decía  que a Quilmes había que conocerla, no sólo por la cerveza. El fue el maestro Leonardo J. Gay, quien la visitaba todas las tardes. Nunca se llegaron a casar porque siempre estaba su novia criando sobrinos. Tengo de él el recuerdo más hermoso y mi admiración. Admiración que se acrecentaba domingo a domingo cuando íbamos en familia a verlo dirigir los conciertos.
Tío Héctor, un ser especial, simpático, buenísimo, cómico, pícaro y siempre alegre, parece ser que a menudo cruzaba la calle y  en ese zaguán de mármol, visitaba a una linda, muy simpática y querendona correntina llamada Luisa que trabajaba en esa casa. Vaya a saber porque extraño sortilegio, Luisa quedó embarazada y como era  en esos tiempos considerado el respeto y el honor, se casaron. Tuvieron cinco hijos. Primero nació mi querida prima Edith, con la que nos llevamos pocos meses. El segundo en nacer, tuvo algunas dificultades de salud y al ir naciendo otros hermanitos la situación se complicó. Entonces tía Carola se hizo cargo de Edith. Es decir que empezó a renovarse el grupo de sobrinos-hijos a su cargo.
Además de tío Héctor, sus otros hermanos  Armando, Julio, Tito y Ramón, se fueron casando, menos tía Juana. Todos, los que hicieron el secundario se recibieron y los que no, trabajaban. Mi mamá se casó en diciembre de1933, con una fiesta memorable, según comentarios, realizada en esa casa de la calle Lavalle. Allí también en 1935 festejaron mi bautismo. Cualquiera pensaría que la casa iba quedando vacía. Pero no fue así. El destino no lo quiso y tía Carola  acató su mandato.
Mabel Enríquez

FOTOS
Foto 1.- Acera SE de Garabaldi e/ Mitre y Garibaldi
Foto 2.- La silla de Van Goth
Foto 3.- Carola Giani y el maestro Leonardo Gay
Foto 4.- A la hora del te...
Foto 5.- El músico y director de orquesta don Leonardo Gay
Foto 6.- Gaboto y Rivadavia. En la esquina el quiosco de Canessa... las bicicletas sin cadenas... 1960 (circa) Gentileza Ítalo Nonna.

2 comentarios:

  1. que lindo lo que escribisti tia segui que falta la parte donde tia corla cria a mi abuela coco y al resto de sus hermanos por favor!!!!!!!!

    ResponderEliminar
  2. Dejo de lado los sentimientos que tengo hacia Mabel...Es una escritora que sorprende dìa a dìa con su narrativa y poesìa. Hay nobleza,altos valores, creatividad y motivaciòn.Mi admiraciòn y felicitaciones!!! Esto recièn empieza!!

    ResponderEliminar