miércoles, 15 de febrero de 2017

GÉNERO EPISTOLAR VI - DE UN ALUMNO A SU PROFESOR

por Chalo Agnelli
Continuando con ejemplos del género epistolar como ya desarrollamos en notas anteriores, [1] esta es una entrañable carta que le envía desde el extrajero un ex alumnos a su ex maestro. Describiendo sus años adolescentes en un Quilmes ya ido en el
tiempo; los avatares espirituales de una adolescencia un tanto huérfana en una escuela que le brindé todas las armas para una vida plena, pero un tanto gélida de ternuras.

Es la carta de un adulto, pero se entrevé al jovencito reflexivo que alguna vez hubo en él. Cordial, cálida, entre nostálgica y realista. Como dice Carlos S. Sánchez Rodrigo “no es fácil acercarse al solitario a menos que él lo propicie”; y este ‘remitente’ nos abre la puerta de su pasado juvenil. No conocemos al hombre que escribió esta carta, pero conocemos al muchacho que transcurrió años de su adolescencia pupilo en una escuela inglesa y podemos identificarlo e  identificarnos con él.

Lo vemos con la cabeza apoyada en el vidrio de una ventana mirando el vasto parque de la Escuela, el ‘campus’, mirando como cae una interminable lluvia de invierno, que provoca la melancolía; lo vemos caminar meditabundo por ese parque en una noche estival observando un cielo cargado de luces, cuando aún no existía la polución hoy reinante; lo vemos en un recreo reír a carcajadas sin causa alguna o por causas fútiles con su grupo de compañeros… Esos y otras escenas permiten ver en la epístola el lector avieso. 

Se tomaron los recaudos de no exponer nombres reales salvo el de personalidades locales, primero porque no es lo que interesa en la carta, sino su esencia misma, y segundo para no herir susceptibilidades. La carta está entre la correspondencia que compone el archivo personal del profesor Lombán del que fui designado albacea… y dice:

15 de marzo del 2010

Profesor Juan Carlos Lombán

Sarmiento 592 - Piso 17° D

1878 Quilmes - Buenos Aires

República Argentina

Muy estimado Profesor Lombán.

Hace ya muchos años que no le escribo, pero no he dejado de querer hacerlo, y desde hace bastante tiempo. Espero que esta carta lo encuentre muy bien y en excelente salud. Recientemente, lo encontré en algún lugar en el Internet, a raíz de conferencias y estudios que Ud. está realizando sobre la historia de Quilmes. Me resultó muy interesante su enfoque sobre esa metrópolis, ahora enorme, industrial y diversificada, como se entrevé en la novela de Jorge Asís. [2]

Tengo una foto de mis bisabuelos cuando eran jóvenes en Quilmes, quizás por el año 1890. Parece que hubieran estado cabalgando, porque hay una montura en el suelo, al lado de ellos, y en su alrededor hay un monte, unos arbolitos y un pantanal, en pleno
campo. Mi bisabuela me contó que le cebaba mates a Sarmiento cuando ella era aún una piba. Su hijo mayor, O. R. murió en la infancia y está enterrado en el cementerio de Quilmes.
Si me permite unos comentarios personales, mis memorias de Quilmes son tristes, o al menos tienen algo de la melancolía de la nostalgia. La neblina, las sudestadas, la perpetua llovizna del invierno, el aspecto tan inglés del College,[3] como un paisaje de Constable, [4] el lamento de ese gran reloj, con sus ‘Cambridge chimes’ [5] marcando el paso de cada cuarto de hora, todo eso se asocia en mi memoria con la distancia del hogar, la frialdad de los ingleses, el permanente concurso masculino. He pensado mucho en ese colegio, en la cual
Ud. es una presencia indeleble, y me fascina la experiencia, en forma quizás algo inusual para una persona de mi edad que no tiene vocación de anticuario, ni de ingenuo memorioso. No es el interés de un Miguel Cané, [6] o de un Thomas Hughes, [7] en parrandas y aventuras de muchachos, sino más bien algo en lo que se refiere a la formación intelectual, cultural, zoológica y psicológica del sujeto.
Me llamó la atención, y hasta me hizo reír un poco leer lo siguiente, en el libro Historia de una Pasión Argentina, (1937) de Eduardo Mallea:

“Pasé luego de aquel colegio británico al Nacional y tuve por primera vez encuentro con profesores argentinos: eran médicos o abogados indolentes que enseñaban indolentemente gramática o aritmética. Su interés por los estudiantes comenzaba con la hora de clase y acababa con ella. Si antes había aprendido en inglés quién era San Martín, aquí empecé a olvidarlo tenazmente La psicología de mis condiscípulos era otra, creada por aquella indolencia, por aquel perpetuo abandono del maestro, y nadie se preocupaba sino de vivir cómodamente, con poca lectura y menos reposo.”

No se me ocurre nada más distante, más diferente, a lo que fue mi experiencia personal en el Colegio San Jorge. Quizás habría alguno que otro indolente entre los varios excelentes profesores que conocí allí, pero en general, era un grupo de docentes de calidad muy
superior a los que he visto y conocido desde entonces en otras instituciones de enseñanza. Y puedo confirmar, por experiencia propia y por varias conversaciones que he tenido con O. G.’s ingleses, que el nivel educacional e intelectual del Colegio Nacional en el San Jorge era muy superior al de la sección secundaria inglesa, los “Forms” [8] que preparaban a los chicos para el Cambridge School Certifícate Exam.[9]
Por medio del Colegio Nacional obteníamos el humanismo y de los ingleses, la disciplina.

Recuerdo a los buenísimos profesores que conocí en el San Jorge, a Ud. por cierto, a Orlando Cella, García, Melidoni, Sontag Gándara, Lombán el matemático, Gorocito, y me pregunto a veces si Uds. articulaban en sus comentarios el carácter anómalo, casi podría decirse anormal, de esa institución en la que ejercían su profesión, a la cual iban todas las mañanas, y que dejaban a la tarde en manos de los ingleses. El monasticismo humanista del Renacimiento inglés ya personificado en los colegios privados, los 'public schools’ del siglo XVI, y el cual Thomas Amold [10] en Rugby había transformado en una institución educacional dedicada al Godliness and Good Leaming” (Divinidad y buen aprendizaje) para la evangelización de las clases dirigentes en el Siglo de
Victoria (reina de Gran Betaña e Irlanda), y que luego fue cuna de los administradores del Imperio, - ese colegio, esa institución, ¿no era acaso ya anómala, un anacronismo, en nuestra propia época?
En mi tiempo, el culto del deporte era hegemónico en el College. “Masculine Christianity” había sucedido al humanismo evangelizador de Arnold. Mucho se ha dicho sobre la disciplina del colegio, tan presente en la cancha, como instrumento de formación del carácter individual. Más interesante, y de mucha mayor importancia, me resulta la forma efectiva en que la institución actuaba en reprimir o sublimar el espíritu y el cuerpo adolescente del alumno. Se nos enseñaba, sin decirlo, que el amor era una debilidad y que había que ocultarlo. Los administradores de los ‘public schools’ bien sabían que no era posible permitir que los varones, así hacinados, se enamoraran unos de los otros en ese ambiente encerrado y restringido, en ese confín sin mujeres.
Pero de todas maneras, había enamoramientos disimulados, reprimidos o subterráneos, porque algo había que hacer con Eros No me refiero a escándalos de índole sexual, que en mi época fueron muy infrecuentes, si no a una ternura que no podía llegar a expresarse. Esa ternura se deshacía en la melancolía, o en la agresividad deportiva, en la crueldad hacia los profesores, o en la ambición del conocimiento, como lo describe Platón en el Simposio y en el Fedro.
¿Eran conscientes Uds. los profesores, de esa anomalía? ¿Se daban cuenta en qué forma este colegio era diferente de los otros? El Sr. Traverso hacía chistes sobre el ‘Gran Hotel San Jorge, pero no remarcaba sobre el aspecto grotesco de ese encierro. Me pregunto, ¿qué ideas tendrá Ud. al respecto? Y pregunto sin ninguna intención de crítica. Al contrario, creo que recibí la mejor formación posible. La cultura requiere el sacrificio. El College de hoy, me entero por medio del Georgian Magazine, es un espanto. Lo veo tan vacío de valores humanistas, dedicado a la preparación de administradores de empresa, lacayos del Capital, un jardín de infantes para niños ricos. La apertura hacia el mundo, por medio de teléfonos, computadoras y televisiones, y el hecho de que la mayoría de los chicos duermen en sus propios hogares, creo que ha socavado las condiciones que hacían posible al humanismo monástico de antes, que fuera originario, y base de nuestra formación cultural colectiva. ¡Y sin embargo, ya ese “antes” era una antigüedad en nuestra época! ¿No le parece? El Imperio, del cual estaban tan orgullosos el Señor B.G, el Reverendo C., el Canon J., ya no existía más en 1954, o en el 1962, cuando yo me recibí.

Todavía me mantengo en contacto con algunos de mis amigos del College, E. B., C. C., G. T., J. M., no sé si los recordará. Nuestras vidas han sido tan distintas, que conversar por teléfono y cambiar ideas con ellos es como entrar en otra dimensión histórica. T. no hace más que jugar al golf. M. fue banquero con R. M. De C. no sé mucho, pero su carácter brumoso, su sensibilidad nerviosa, su orgullo melancólico, me han quedado grabados durante los
cuarenta y pico de años desde que nos vimos por última vez. Tenía una gravedad aristocrática, y en nueve años de vida en el College nunca lo vi herir a ninguno. Con ellos no he podido llegar a estos temas; son reticentes en cuanto a la exploración del pasado personal. Podría escribir mucho sobre ellos y otros, pero esto ya se va para largo, y no quisiera abusar de su paciencia y generosidad.
En fin, espero que me perdone esta larga carta llena de ideas incoherentes. Desde la última vez que le escribí, he sufrido muchas penas. […] La única que queda de mi familia “argentina” es mi madre, pues mis hermanas y mi hermano menor eran infantes cuando llegaron a éste país. Estas cosas de la vida me hacen pensar en mi propio pasado personal, y trato de reconstruirlo en la imaginación.

En cuanto a mi trabajo, sigo practicando el derecho, pero poco. Estoy preparando un ensayo sobre el Romanticismo y la filosofía de Schopenhauer. Soy más Wagneriano que nunca, y busco el amor entre las chicas jóvenes, sin mucho éxito.

Con el pasar de los años, todos sufrimos desgracias, y estoy seguro que Ud. también debe haber cosechado grandes penas. Como fue mi gran maestro, y también fue testigo de esa vida tan remota, tan extraña, que viví allá lejos, en ese colegio aún arraigado en una época que ya lo había dejado atrás, le dirijo algunas preguntas. Espero que tenga algún momento para responderlas. Pero, de todas maneras, esto más bien vale como un saludo y recuerdo de su viejo alumno […] que siempre lo recordará con gran respeto y admiración.

Lo saluda muy afectuosamente:

N. N.

Compilación, adaptación  y argumentación
Prof. Héctor Chalo Agnelli
Quilmes, 2015
FUENTE
Archivo privado del profesor Juan Carlos Lombán.
Biblioteca Popular Pedro Goyena.
NOTAS

[1] Ver en Las Letras del Quilmero del miércoles, 1 de mayo de 2013, GÉNERO EPISTOLAR - CARTA DE DORA CARRINGTON A LYTTO;

lunes, 26 de septiembre de 2016, EL GÉNERO EPISTOLAR (IIª NOTA) TRES MOMENTOS, TRES SITUACIONES - TRACHEY (TRAS SU MUERTE);

domingo, 20 de noviembre de 2016, EL GÉNERO ESPISTOLAR (IIIª NOTA) HISTORIAS DEL ABANDONO, AVIA TERAI;

jueves, 29 de diciembre de 2016, OTRO DICIEMBRE EN EL QUILMES DE 1886 - EL GÉNERO EPISTOLAR

miércoles, 4 de enero de 2017, GÉNERO EPISTOLAR V° / V. OCAMPO, G. MISTRAL, R. CAILLOIS, F. SISK

[2] Se refiere a “Flores robadas en los jardines de Quilmes” de dudosa calidad literaria, según quien suscribe.
[3] Es el término utilizado para denominar a una institución educativa.
[4] John Constable fue un pintor inglés de paisajes. La región de Suffolk fue el tema preferido de sus paisajes, hasta el punto de que el área del Valle de Dedham, en dicha región, se conoce como «el país de Constable». Su obra más famosa es El carro de heno.
[5] Carillones de Cambridge.
[6] Referencia a la obra de Cané, “Juvenilia”, donde relata su experiencia juvenil en el Colegio Nacional de Buenos Aires.
[7] Autor inglés de “Tom Brown’s School Days (1857), relato semi-autobiográfico ambientado en la Rugby School Rugby School, donde el autor estudió.
[8] Por fórmula, cortesía o compromiso.
[9] Exámenes internacionales de Cambridge, proveedor de títulos internacionales, que ofrece exámenes y calificaciones a 10.000 escuelas en más de 160 países.
[10] Thomas Arnold (1797-1842, pedagogo, humanista e historiador inglés, director de la Escuela de Rugby entre 1828 y 1841.

viernes, 10 de febrero de 2017

PASÓ EN MI BARRIO… EL ÁNGEL NEGRO (COLABORACIÓN)



Por Héctor Acosta
El hasta aquí incumplido sueño del poeta: que algún pintor plasmara un ángel negro, tuvo afortunada concreción en Bernal. ¡El nuestro era un ángel viviente!

Fue… (cómo duele en el corazón decir fue porque una mala enfermedad se lo llevó al cielo cuando terminaba el siglo anterior) Marcos Enrique Paganini.

Vivió en la avenida San Martín y Alem y su anhelo era ser depor­tista y decidió probar con el pugilismo. Cierto aire de fiereza en su rostro se prestaba al engaño pues era de índole mansa. A tal efecto concurrió al club Juventud de Bernal donde entre descascaradas paredes trajinaban sudorosos postulantes a boxeadores profesio­nales. Bolsas de arena, sogas, sombra, putching-ball, directos y cross... y un hedor a transpiración que lo envolvía todo.

Lo atendió el entrenador Lucoti quien luego de estudiarlo de pies a cabeza le preguntó cuanto pesaba, a lo que el negro res­pondió con cierto recelo. El entrenador, que había sido un afamado pugilista, buscó mentalmente la categoría correspondiente a esos kilos y sentenció:

- Va a gallo.

- Más “bagayo” será su hermana...- contestó en rápida reacción

- A mí no te me retobes y mandate a mudar.

Ahí Paganini supo que se le escapaba un sueño y Bernal perdía un campeón mundial. Pero como no eran tiempos de timo­ratos no se arredró y probó con el ciclismo. Con desencanto debemos decir que nunca ganó una carrera. Ni siquiera llegó alguna vez a figurar entre los cinco primeros. Su momento de efímera ilusión lo tuvo siendo ferroviario y conduciendo una negra e imponente locomotora a vapor del entonces Ferrocarril Sud En el rápido a La Plata pasó él haciendo sonar locamente el silbato y saludando a Bernal con displicente gesto. Abajo, contra el alambrado de la calle Uriburu, absortos y deslumbrados estaban los ángeles de guardapolvos blancos de la escuela 24; las chicas Terrazzuolo, las Domínguez, las Tizzano, radiantes y de tez nácar que no suspiraban por él, que no era bien parecido, ni exitoso ni pudiente.

Por esas ironías de la vida fue él “el negro mota” el que a la vuelta de los años triunfó en la vida formando una hermosa fami­lia, digna y de provecho, concretando la fabulosa hazaña de ser enteramente feliz toda su vida, en circunstancias tan adversas. Vale decir que donde el negro entraba la tristeza huía derrotada y fue el negro quien iluminó las vidas ajenas con su alegría de hombre noble. Marcos Enrique Paganini, querido hermano, que fuiste el más bueno, el más querido y el más llorado, para vos la gloria de la felicidad y para mí toda la envidia. Noviembre 2005.
Héctor Acosta
Para el periódico BENALes, 22 de noviembre de 2005
Compilación Ch. Agnelli