domingo, 14 de agosto de 2016

"LA TRAVESÍA" (DE HISTORIAS DE MAS ACÁ) HOMENAJE A LOS 350 AÑOS



1665
(CUENTO)
Al Cacique Francisco Chaile
por su lucha reivindicatoria

Quilmes, pueblo indio, originario del
Valle Calchaquí. Participaron de la
rebelión diaguita de 1657. Pacificados
por el Gobernador Mercado y
Villacorta que hizo 500 prisioneros.
A Córdoba y a Buenos Aires envió
270 familias para fortificaciones.

     El tiempo de camino recorrido parecía un siglo. Otro siglo sin sosiego para sumar a la larga vida de Carlos Kilmé. Ya se le había borrado la cuenta de sus años y lo único que conocía era pesar. Allá quedaba su huasi en los valles de Calchaquí, junto al Yocavil, donde mucho tiempo atrás llegaron sus antepasados, protegidos de los Hijos del Sol y la Pachamama, para trabajar el suelo y levantar los poblados de piedra, cardones y los duros pucaras en la sierras.
   Fecundos hechos de aquel entonces contaban sus abuelos. Para él, ya, no eran más que remotas historias míticas como la legendaria
existencia de los dioses perdidos en la bruma de su mente. Durante sus ochenta años, edad aproximada con que lo habían censado los conquistadores, no había visto más que sangre y congoja. Los soles y las lunas se confundían. No podía acertar en sus días el momento que habían ocurrido las cosas. No recordaba si primero fue el tornado de Juan Calchaqui que reunió a todos los pueblos del Valle a treinta leguas a la redonda para resistir contra los españoles, cuando a su abuelo, yerno del gran cacique, lo capturaron los hombres de Gonzalo de Abreu; o quizá fue Pedro Bohórquez, heredero del Sol, que les traía la libertad... pero la libertad se llenó de sangre.
   Muchos fueron llevados lejos. A lugares que él no conocería. Eran más de mil, rumbo a Jujuy, a Salta, al Tucumán, a Esteco. Repartidos como manadas entre los encomenderos. ¡O tal vez fue antes, cuando el cacique Chelemín junto con otras once naciones retó a los españoles durante cinco años!  La rebelión llegó muy al sur en aquel entonces...
   Ellos eran los últimos que habían quedado en las anfractuosidades de las sierras. Carlos Kilmé quería paz e insistía por ella a los jefes; aunque sabía que no hay paz cuando los hombres subyacen en la servidumbre, cuando la tierra que da la vida no les pertenece, cuando se pierde la dignidad... pero estaba cansado.
     El gobernador Mercado y Villacorta los volvió a separar. Dos de sus hijos entre otras 150 familias habían sido enviados a la prisión de Esteco; 350 familias, entre las que iba su nieta Felipa, a La Rioja y Catamarca y ellos... Mucho suplicó el viejo para que lo llevaran a él también. Los españoles reían viéndolo rondar al gobernador para persuadirlo de que le permitiera partir con su ayllú a ese lugar muy al sur, junto a un río tan grande que sólo tenía una orilla.
   En muchas ocasiones, antes, cuando ya los huesos no le permitían
ir a la batalla, había rogado al Sol y al buen señor Jesús, el nuevo dios de los conquistadores, para que le dieran un lugar donde reposar de tantas guerras y tanta muerte. Y ahora los mismos españoles con los que por generaciones venían luchando eran los que lo llevarían al territorio donde encontrar descanso. Los padres jesuitas intercedieron, haciéndose responsables ante Mercado y Villacorta de los trabajos que diera el viejo durante la travesía.
      La abigarrada procesión de los quilmes, bien custodiados por los hombres del gobernador se habían detenido junto a una elevación llamada Serrezuela.  A Carlos Kilmé el llanto le trazaba huellas en
su mascarón de arcilla horadado por las inclemencias de tantos vientos. Su boca desdentada temblaba entre balbuceos y gemidos monocordes. El gobernador había resuelto formar en aquella región un poblado con 700 indios, que más adelante se utilizarían en las fortificaciones de la ciudad de Córdoba. El viejo indio estaba en la nómina de los que se quedaban. Era un trasto inútil que retrasaba la marcha. Pero él quería seguir. A pesar del hambre, de la sed insidiosa, de las jornadas interminables de andar y andar, azuzado por los españoles a que apuraran el tranco, golpeados. A veces algún joven caía muerto por intentar huir o rebelarse. El anciano los comprendía porque él también había sido un guerrero bravo e impetuoso; y como ellos nunca había conocido más que sobresaltos, arrebatos, dolor, muerte... Pero ahora, quería alcanzar un poco de esa herencia de serenidad que le correspondía, quería conocerla. ¡A pesar de llevar tanta vejez a cuestas!, como decía sin que nadie lo escuchara. Y aún lo duro del trayecto, tenía que seguir. ¡No! ¡No podía permanecer ahí, en Serrezuela!
     Del otro lado del campamento enterraban a una de sus hermanas, pero él ya no se conmovía por esas ausencias. Ellos sabían que entrar en la tierra es volver a la madre, aunque esa tierra distaba mucho de la que les había prestado la vida. Sus sobrinos no lloraban. Hacía tiempo que la muerte era algo cotidiano. ¡La costumbre de vivir! El solamente lamentaba su situación. Quería seguir al sur y los españoles volvían a negárselo.
      Se durmió con el rostro pegoteado de polvo, sudor y lágrimas.
El poncho raído lo cubría apenas. Las ushutas destrozadas habían quedado atrás. Seguía descalzo. Soñaba: una vasta extensión verde... frutos... un suelo dócil y dispuesto a la mano... un sol tibio en el día... noches templadas... el río sin mesura... costas mansas, frescas... él sobre un caballo español recorriendo las tierras nuevas... sus hermanos saludan ocupados en las cosechas de los maizales colorados... las mujeres lavan en la orilla... los niños chapotean, se salpican... una gota le llega al rostro... despierta. Llovía.
     Estaba solo. Todos se habían ido. Detrás estaba el grupo que formaría el nuevo poblado. Los españoles que los custodiaban
dormían. Se levantó y con paso decidido caminó sobre las huellas de los que continuaban hacia el Plata. Con una rama de algarrobo sostenía su vejez, lo único que le quedaba de aquel pasado. Continuamente volteaba la cabeza por si lo perseguían. El paso apurado y la torpeza de la edad le hacían sufrir frecuentes caídas. Nada lo amilanaba ni siquiera el frío que trae la mañana cuando el sol asoma y el rocío se levanta de su nocturnidad.
   No se perdería. Las 200 familias que iban hacia el sur dejaban señales bien visibles en el polvo del camino. Pronto los alcanzaría. El gentío le abría el sendero... Mascullaba el  viejo Kilmé cuando
nuevamente tropezó con un guijarro y volvió a caer golpeándose contra una roca. La herida sangraba. Se le había partido la rama, báculo de un vicariato desierto. Lloraba. No quería sentirse vencido. Si volvía lo castigarían. Tampoco vendrían a buscarlo. ¡Qué riesgo podría ofrecer un indio fugitivo ya casi muerto! Se levantó y vio un arroyuelo apresurado, sombreado de árboles que discurría entre las rocas. Bebió y se repuso. Al alzar
la cabeza el espanto lo hizo retroceder con su boca oscura gritando un silencio inmenso, sin apartar los ojos de los frutos de la muerte que pendían de los árboles. Tres guerreros jóvenes con las manos atadas a la espalda y las lenguas fuera, moradas, mofándose de ese viejo empeñoso y de esa tierra que no era la propia, giraban impulsados por el compás de una brisa lenta en una danza postrera. Retrocedió. Retrocedió despavorido, casi corriendo, jadeando, agobiado y dolorido. Quería huir de la muerte que se le aparecía en cada recodo de esa travesía... ¡No tenía que alcanzarlo, no aún! ¡No tenía que mirarla a la cara...! Trató de borrar de su mente la imagen funesta de los tres carámbanos desnudos que giraban en su ronda final.

     Al atardecer, rendido, cayó nuevamente. Esta vez no pudo levantarse. Se durmió profundamente con la boca entreabierta como un niño después de todo un día de correrías. Tenía los pies llagados y los jirones de la ropa conducían el frío de la noche a sus huesos. Intentó espantarlo arrebujándose en su raído poncho de pesadillas. Cuando aún la luna se reconstruía entre una miríada de cielo y suelo, despertó. Buscó refugio entre unas matas. Vio luces de hogueras en el fondo de un barranco: ¡El campamento! Dio un grito de triunfo. Se levantó con una carcajada carcomida, se arrojó camino abajo olvidando pies, frío, soledad, muerte...
    El capitán Méndez, encargado de la custodia de la retaguardia,
no aceptó atenderlo cuando sus hombres se lo trajeron. Ordenó que lo ataran a un árbol, ¡Mañana se verá! Una mujer de su pueblo lo curó, le dio abrigo. Otros lo alimentaron y le dieron de beber. Era un fugitivo. Al día siguiente, el capitán ordenó que lo azotaran hasta morir, ¡Servirá de escarmiento! ... ¡No se contemplará ninguna desobediencia!... ¡Ni de viejos, ni de jóvenes, ni de mujeres, todos tendrán su merecido si intentaban fugarse o rebelarse o siquiera mirar con ojeriza a un español...  ya había dado muestras de su rigor colgando a aquellos tres canallas...  el resto del camino se hará en armonía, o en lugar de una Reducción se fundará un cementerio!
   El cacique Iquín y los ancianos pidieron clemencia. Le dijeron que era un hombre de paz. Le contaron cuanto había pedido por la paz. Las mujeres suplicaron. Finalmente el capitán aconsejado por sus subalternos y por los padres jesuitas, que temían una nueva rebelión si aumentaba los castigos, resolvió transigir, ¡Qué hagan lo que quieran con ese estorbo, pero él no facilitará un caballo para una bolsa de huesos...! ¡Qué se arreglen! Y se arreglaron. Fabricaron unas parihuelas para el anciano y siguieron viaje. Los jóvenes se turnaban para transportarlo.
   Carlos Kilmé inconsciente sudaba y temblaba al mismo tiempo. Ardía de fiebre. Deliraba… los conquistadores arrasando los pucaras, matando, empujando a la gente afuera, a la prisión de Esteco... los cerros sitiados, él con los suyos... Juan Calchaqui, Quipìldor, Viltipoco, Chalamín cayendo sobre los invasores... abriéndoles otra vez las puertas... el gran Pedro con rayos de sol a manera de lanza... oscilan los tres cadáveres sobre su cabeza y el arroyuelo canta indiferente... lagartijas corren por todo su cuerpo... una luz... la tierra que espera... la paz con que los españoles les cortarían las alas de cóndor... allá… junto al río de una sola ribera.
    Pasaban las semanas impiadosas. No percibía el tiempo que pasaba lento y punzante para los lacerados quilmes. Ni siquiera advirtió cuando tuvieron que rodear la ciudad del puerto de Buenos Aires y los pobladores aprovecharon para salir de su aplastado tedio y se allegaron a los suburbios para observarlos como a objetos raros. Precisamente, el gobernador dispuso por precaución que los indios no atravesaran el poblado para dirigirse al sur, a los pagos que el alcalde del Pozo y Silva había cedería para establecimiento de la Reducción a cambio de otras tierras. Los carceleros agradecían que el tiempo se acortaba.  
    Costearon el Riachuelo de los Navíos buscando un lugar donde la proximidad de ambas orillas les permitiera cruzar a pie. Y aprovechando el poco caudal lo salvaron lentamente, hundiéndose en el légamo. Los ancianos y las parturientas, en las espaldas de los más jóvenes, otros pocos, a caballo, en canoas y balsas improvisadas. Así iba Carlos Kilmé. Los nuevos aires lo sacaron del sopor de la fiebre. Estaba ansioso. Sentado en la balsa arañaba la distancia con los ojos, buscando aunque más no sea una sombra de la tierra nueva. 
   Ya del otro lado anduvo un trecho por sus propios medios. Se enfrentó a una inmensa planicie verde; algún asombro de árboles
con las copas doradas de atardecer; otro asombro de colores se extendía en equilibrado desorden: el cielo, un horizonte de importantes pastos, distantes lomas chatas, abigarrada asombrosa diversidad de aves. Nada que se pareciera a sus cerros grises donde la vegetación se escondía esquiva entre los recovecos de la piedra abrupta. Del este la brisa traía perfumes húmedos. No era tierra lo que se olía. Los españoles habían convenido ir por la costa. Y ante la absorta mirada de los que habían quedado de las 200 familias que salieron del fuerte de Adalgalá, ante los ojos viejos, pero brillantes, del viejo Kilmé se presentó... el Gran Río. Distinto a todos. Un río manso, con un horizonte de agua. Los indios creyeron que era el gran lago de sal del que hablaban sus antepasados, lo probaron.
   La gente siguió viaje. El anciano se quedó parado en medio del camino. Estaba en paz. Sí era cierto, sentía que lo invadía una emoción nueva, la que esperaba, pero que no sabía explicarse. Estaba alegre. Allá, la tierra. A su izquierda, el gran río. Atrás, la guerra, los jóvenes varones de su pueblo colgando de los árboles, la sangre de centenares de pasos arrastrándose por el camino... Aquí no, no había olor de muerte. Nunca más el hambre ni la sed. Su boca se serenó en una sonrisa. Los brazos descarnados se abrieron en cruz y fue cayendo despaciosamente de rodillas. Miró al cielo y ahí se quedó. La caravana penante de indios era una pequeña nube de polvo a lo lejos en la planicie.
   Carlos Kilmé se sentó sobre sus talones y lentamente se fue inclinando hacia la tierra hasta quedar acostado sobre su lado derecho con la sonrisa quieta en su boca hundida, una mano en la sien a manera de almohada y en la otra apretado un puñado de greda… y durmió en paz.
 por Chalo Agnelli
"A los que dieron el nombre y la sangre..."
1° PREMIO EN CUENTO UNESCO MAR DEL PLATA
diciembre 2002
Este cuento pertenece al libro de ficción histórica "Historias de más acá" publicado por Ed. Dunken en el año 2003. Es el quinto relato de entre los 10 que componen la obra. Tras 13 años se han modificado algunos conceptos, se han quitado otros y se dieron precisiones de última inspiración. Vaya el mismo en homenaje a nuestros primeros pobladores en esta fecha del 14 de agosto de 2016. Chalo Agnelli