viernes, 25 de noviembre de 2016

PASÓ EN MI BARRIO... “¡SON MENTIRAS, NO LE CREAN...!” (COLABORACIÓN)


Volvemos a recorrer las pintorescas páginas de un pueblo que ya no existe escritas por eso extraordinario vecino, artista plástico, escritor, militante de la cultura, 'Vecino Ilustre', don Héctor Acosta.
Estas LETRAS DEL QUILMERO, ya publicaron antes trabajos suyos: "Milagro en Bernal" del 23 de setiembre de 2012; "Keko el verdulero", del 24 de setiembre de ese mismo años; "Utopía" del 25 de setiembre también de 2012 y "El Incendio" del 24 de noviembre de este año. Y ahora:
 “¡SON MENTIRAS, NO LE CREAN..."
Por Héctor Acosta

Cierta tarde de un mes que no recuerdo, por los finales de la década del cuarenta, años de enconados antagonismos entre “correligionarios” y “compañeros”. A los primeros pertenecían Esteban Tornero y Eduardo Pardo...
- Eduardo, tenemos que ir a La Cañada, hay un correligio­nario en la mala y le vamos a llevar ayuda.
En efecto, ese mismo atardecer y luego de comprar, de sus propios
bolsillos, en el almacén Orduna de 9 de Julio y Belgrano, un cartón de cigarrillos Gavilán negros y varios comestibles, haciendo un paquete dentro del cual introdujeron con el mayor decoro unos pesos, rumbearon hacia la lejana y deso­lada Cañada de Bernal Oeste, cruzando el “camino carretero” (Calchaquí). A patacón por cuadra no más. No los arredraba la distancia ni la inminencia de la noche. 
Golpearon las manos en un aislado ranchito circundado por un salvaje cerco de tunas y fueron recibidos por una jauría de perros levantiscos.
- ¡Juíra perro...pasen...pasen... el Afilio está algo clueco! - En afable cordialidad transcurrió la visita. Entre amargos y pitadas el hombre les contó sus cuitas. Lo reconfortaron con palabras de aliento y con el paquete que fue bien recibi­do.
- Ponete bien hermano...
- Gracias correligionarios.
Los acompañó hasta la tranquera la agradecida esposa que espantaba a los servilletazos a algún perro remiso.
Volvieron saltando charcos y embarrados hasta los tobi­llos. Ya noche cerrada, venían los dos, cavilando y tacitur­nos cuando Pardo, deteniéndose en medio de la cañada bra­vía, le pregunta a Tomero:
- Esteban, ¿vos viste lo que yo vi?
- Sí Eduardo, las fotos de Perón y Evita...
El “correligionario” aquel les había resultado “compañe­ro”. Se me hace que sus risas aún resuenan en aquellos parajes. Perdonaron. Más que perdonar comprendieron... ‘a veces la vida te obliga’ - habrán pensado indulgentes - y vol­vieron sin encono y con el mismo afecto.
Esto, que me fue referido por el mismo Eduardo Pardo, me lo confirmó posteriormente Esteban Tornero en un viaje ha­cia la Capital Federal en tren. En ese corto viaje, el viejo político me dijo en tono de confesión: “cuánto tiempo perdi­mos peleando entre nosotros, cuando el enemigo era otro…” 
A los años de esto, yo como artista, tuve la fortuna de pintar un retrato colectivo, que se encuentra en La Moreno en el que están precisamente Tomero y Pardo. Quizás haya sido ésta una forma de resarcir la inconducta de aquel “com­pañero” Atilio de La Cañada, que otro de su misma idea les hiciera el merecido homenaje a esos adversarios políticos.
Días pasados, alguien me informo que Eduardo Pardo ha­bía muerto. Me quedé pensativo y le conteste:
- SON MEN­TIRAS, NO LE CREAN a esa mala noticia. Hombres como Eduardo Pardo, arquetipo de la bondad humana nun­ca mueren y siempre vivirán en lo mucho que enseñaron. Que en cada una de las pinceladas de los que alguna vez tuvimos la fortuna de de ser sus alumnos seguirá palpitando el alma grande y buena del viejo maestro. OTOÑO DE 2006
Héctor Acosta
Para el periódico BENALes, 2 de setiembre de 2006
Compilación Ch. Agnelli

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