viernes, 25 de noviembre de 2016

PASÓ EN MI BARRIO… EL INCENDIO (COLABORACIÓN DE HÉCTOR ACOSTA)

Por Héctor Acosta

Creo recordar que el primer incendio del que tenga yo memoria ocurrió allá por los años finales de la década del treinta… Las explosiones estremecieron a todo Bernal. El viento de La Cañada esparció el restallar de los dieciocho petardos que antecedieron a la bomba de estruendo (ya se sabía; una incendio, dos inundación y tres accidente). Los vecinos interrumpieron sus vidas y se interrogaban con azoradas miradas.
Los que se habían encaramado a los techos se preguntaban a los gritos ¿dónde es..? - parece que es en Villa Crámer… Y una columna de humo se elevaba trágica, indicando el lugar del siniestro.- Se está incendiando la casilla de Chiclana al fondo….vamos…vamos…! Ya se escuchaba a lo lejos la sirena de los bomberos y al fin, el Ford 35 rojo, estridente dobló en la curva de la papelera y entró a Villa Crámer (a la que algunos todavía la llamaban “la isla”). En el estribo de la autobomba venían, estoicos, Carmelo Ferlise, Bruno Mei, Alfredo Cúnea y Ciscato. Y donde los valientes retrocedían
espantados, fueron ellos los que se le atrevieron al infierno de humo y llamas rescatando, tiznados y al borde de la asfixia, a un ocupante de la casilla. La sagrada intimidad del hogar y su decoro quedó violentada con sus pertenencias desparramas en la calle expuestas a la curiosidad pública, un crucifijo de bronce (recuerdo de tiempos mejores) dos ollas y una “escupidera” enlozada se mostraban en el irreverente revoltijo. El barrio, caótico pero solidario, acudió en ayuda de la infortunada familia, que en la vereda era asistida por los vecinos. El formidable desorden público siguió por varias horas. El camión de los bomberos había dejado tras de sí un reguero de gente que a pie, en bicicleta o montados a caballo, acudían afanosos al espectáculo que se les ofrecía gratuitamente… 
El olor a quemazón y a desgracia quedó flotando en la noche... Alguien dijo que un cortocircuito, otros hablaron de un descuido con el calentador a kerosene, pero la pérdida fue casi total, ante lo cual el barrio, movilizado a pleno, aportó cada uno lo suyo y antes de que pasara la tercera semana, la casilla quedó restaurada.
El delegado Domínguez gestionó ante la papelera la donación de tirantes de madera y unas cuantas chapas que el botellero Castro transportó en su carrito de media changa. El carpintero Bedini ensambló lo nuevo con lo que había quedado en pie. Se forró el interior con pinotea y se barnizó. Don Juan Schiller trajo sobrantes de pintura de las embarcaciones de La Boca y la mezcla dio un color gris perla (gris óptico dijera un artista plástico). Para las aberturas se usó bermellón en los marcos y rosa pálido para las puertas y ventanas. 
Una veleta que el herrero Codini fabricó especialmente con un airoso gallo coronó la vivienda. Y un domingo de mañanita, el barrio a pleno entregó en forma simbólica la enorme llave de madera terciada, a la conmovida familia. Sándwiches de chorizo y vino tinto para los mayores. Pastelitos caseros hechos por doña Leonor y manzanín para los chicos. Música y mucha alegría.
Así creo recordar todo aquello, de cuando algo era mucho. Aunque ya se dijo que si los hechos son precisos la memoria le es infiel. Cuanto más que el que esto escribe es un adulto, pero el que recuerda es un niño…

Héctor Acosta 
En el periódico "Bernales" de Norberto Gianlombardo
periodicobernales@yahoo.com.ar
Compilación Chalo Agnelli

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