miércoles, 12 de octubre de 2016

A LOS 350 AÑOS, OTRA PÁGINA PARA EL RECUERDO POR BLANCA COTTA



Otra página de Blanca Cotta [1] que festeja los 350 años de esta ciudad y partido. El eco de la anterior sobre Curtis y la Escuela Normal me mueve a transcribir esta, todas con un estilo tan fresco, sin ampulosidades, jocosa y en este caso sobe un pasado sin golpes bajos. Corresponde a la revista que publicó en el 2000 el Consejo Municipal de Turismo, [2] que tan buena obra realizó por aquellos años.  

“EL RECUERDO ES EL ÚNICO PARAÍSO DEL CUAL NO PODEMOS SER EXPULSADOS…”
Por Blanca Cotta
Alguna vez dije que amo a Quilmes... ¡Incluidas sus veredas desparejas y sus "lomos de burro"! Como se ama a un ser querido de verdad, más allá de la razón y más allá del tiempo. Vinimos a vivir a esta ciudad allá por 1932, cuando mi padre, Juan Manuel Cotta fue trasladado de La Pampa para asumir la Dirección de la escuela Normal. En Quilmes transcurrió toda mi infancia y adolescencia. ¿Cómo no seguir amando sus calles, sus árboles, su cielo, aquella plaza principal (la San Martín) donde - sí habíamos hecho buena letra - nos dejaban dar vueltas y vueltas (Hasta las 7 de la tarde, no más...) y, a veces, pasear también por la calle prin­cipal, ¡La Rivadavia!... Siempre y cuando no fuéramos más allá del café El Nacional...

Nuestra casa (No "nuestra" pues toda la vida por razones de "docencia" alquilábamos...) estaba en la calle Alsina, al ladito de un colegio inglés privado (el Miss Ross), frente a nuestra casa pasaba el tranvía (el N° 1 y el N° 2) que nos llevaba hasta el río, paseo que esperábamos toda la semana. En pleno verano, a mí y a mi hermano Roberto nos encantaba trepar en el vagón "acoplado", que parecía más un esqueleto de tranvía que un tranvía de verdad, pero que era divertido porque no tenía puertas y uno podía pasarse de un lugar a otro, como
si fuera una calesita... 
Ir al río a pasear, era el "miniturismo" que hacían entonces las familias conocidas. Cuando papá nos llevaba, estacionaba el auto frente a los escalones, pasando el lago. Porque existía allí un lago de verdad (artificial… bah!) donde a veces mi hermano Juan Ángel ponía a navegar sus barcos a vela...
Ya entrada la noche, a mí me encantaba acurrucarme al lado de mi papá, quien acostumbraba a sentarse en los escalones más bajos de la pérgola contemplando el cielo estrellado y sintiendo el chasquear el agua bajo nuestros pies…
Podíamos estar horas y horas mirando la luna, las estrellas, calladitos. El silen­cio solía ser nuestro cómplice.

Otras veces, nos organizábamos para pasar el día en la rambla. Mamá pre­paraba unos sándwiches así de gordos preparados con "pebetes", los cargá­bamos en la canasta y pasábamos la tarde en la rambla, yo haciendo como que nadaba en la pileta más baja y mis hermanos aprendiendo a nadar en serio con un profesor que gritaba tanto... ¡Qué frustró mis sueños de llegar a ser como Jeannette Campbell…(por tal razón mi "estilo", cuando me animo a levantar los pies del suelo, no va más allá que el de un perro callejero.) 
Después de bañarnos y cambiarnos, ya entrada la nochecita, nos apurábamos a ubicamos en los bancos de plaza ali­neados frente a una
enorme pantalla enclavada en el río; sabíamos que apenas oscureciera comenzaría el "cine de la rambla" y nos daría permiso para abrir la canasta y dar cuenta de los sándwiches de salame y queso, que eran los que más me gustaban... 
El ruido del agua golpeando sobre los hierros que sostenían la pantalla hacía muchas veces inaudibles los diálogos, si las películas estaban habladas en castellano. Pero igual nos encantaba estar allí, como si ese momento fuera el fin obligado de una tarde en familia. Todavía nos quedaba un
pretexto más para demorar el regreso a casa, ¡convencer a mamá o a papá de que nos dejara subir a "los autitos chocadores"!... o al menos divertirnos con las imágenes que nos devolvían los "espejos mágicos" que estaban al final de la rambla. A mí, por supuesto, me encantaba reflejarme en ése donde me veía flaquísima y altísima... 
Hay gente que dice que no se puede vivir de recuerdos. Es verdad, pero también es cierto que los recuerdos queridos forman parte de nuestra historieta de vida. “Tal vez - al decir de Kierkegaard [3] - vivir en el recuerdo sea el más perfecto modo de vida que se pueda imaginar...”
Blanca Cotta
Compilación Chalo Agnelli
Fotos: Museo Fotográfico, Alcibíades Rodríguez,
Carlos Scott, Fernando San Martín
NOTAS

[1] Ver en EL QUILMERO del sábado, 8 de octubre de 2016, A LOS 104 AÑOS DE LA ESCUELA NORMAL – A LA CAZA DE RECUERDOS POR BLANCA COTTA

http://lasletrasdelquilmero.blogspot.com.ar/2016/10/a-los-104-anos-de-la-escuela-normal-la.html
[2] Pág. 12 y 13.
[3] Søren Aabye Kierkegaard nació en Copenhague, Dinamarca, el 5 de
mayo de 1813 y falleció en esa ciudad el 11 de noviembre de 1855. Fue un prolífico filósofo y teólogo, considerado el padre del ‘existencialismo’ por hacer filosofía de la condición de la existencia humana, centrar su filosofía en el individuo y la subjetividad, en la libertad y la responsabilidad y en la desesperación y la angustia. (http://filosofia.idoneos.com)

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