miércoles, 4 de mayo de 2016

LAS ZAPATILLAS



La felicidad de los objetos esenciales es indiscutiblemente más genuina en la niñez. Y ese día había transcurrido sorprendentemente en la fragosa escuelita de la Ribera. El Consejo Escolar envió zapatillas que la Asistente Social distribuyó entre los más descalzados y Ramiro recibió un par. Él estaba descalzo de todo.

        Eran unas zapatillas comunes. De las más ordinarias. Blancas, de tela dura y gruesa, parecían más resistentes que las repartidas el año anterior, previas a las elecciones legislativas; y que a él no le habían tocado. Pero a Ramiro le parecían dos albos, resplandecientes y únicos motivos para continuar los pasos de su pequeña vida. No terminaba de admirarlas, cuando, involuntariamente, se le dibujaba una sonrisa brillante de gozo en la boca y en los ojos.

             Flaco, largo y moreno, de mirada elocuente para el que sabe entender la mirada de un niño. Esas miradas que dicen de las miserias de cuatro generaciones acumulando carencias a la orilla de un río que persistía en su cometido de recuperar lo que era suyo.

            Vistió rápido a sus hermanos más chicos. Apurándolos con pellizcos, coscorrones y tirones de pelo. Apenas se mojó las mejillas curtidas con un poco de agua que había quedado en tacho para lavar los platos y salieron corriendo los cuatro por las  veredas irregulares y las calles costrosas de tierra dura. Sintió en la piel una brisa de sudeste y vio unas nubes sucias que traían un presagio.

              Ramiro, con elástica astucia, esquivaba el peligro de manchar las inmaculadas zapatillas. A pesar de las protestas de sus hermanos, rumbeó por las calles más apropiadas, sin fijarse que hacían más camino y ya era la hora. Dejó al más chico en el Jardín y entró corriendo con los otros, rozando apenas, sin mirarla y sin disimulo,  la cara de “¡otra vez!” de la portera. Ya habían comenzado con el desayuno y la maestra, mientras repartía el  pan entre los bancos, lo saludo con un meneo de cabeza. Ramiro se sentó y lo primero que hizo fue mirar su calzado. ¡Invictos! Sonrió.

              Terminaba el mate cosido cuando otra vez el vientecito imprudente le ensombreció el rostro y volvió a mirar sus pies como advirtiéndoles, como previniéndose.

               La jornada transcurrió sin sorpresas; sólo las de costumbre: las distracciones, los inevitables retos, las inexplicables carcajadas por nada y por nervios, los trompis con Germán que lo cargoseaba todo el tiempo y los pellizcos que le propinaba Marita, sin causa y con efecto; cierta excitación que hormigueaba en su espalda y se le deslizaba entre las piernas. Y no faltó lo del lápiz perdido, la goma robada, el hambre indiscutible y el timbre libertario... ¡¡A comer!!

               A Laura, la maestra,  ese día le extrañó  que Ramiro, afamado trasgresor, en los tres recreos se quedara como buscando resguardo a su lado junto a la puerta del comedor. Pensó que algún otro se la tenía jurada y escapaba del problema convenientemente; porque ella ya le había hecho varias advertencias. Se ufanó satisfecha del éxito de sus frecuentes charlas de ¡hayquetomarconciencia, che!. Pero no era que Ramiro cuidaba su integridad física, sino la de sus zapatillas nuevas; porque no hay tentación más placentera que ver a alguien estrenando calzado y aplicarle un buen pisotón. En otras oportunidades  él lo había hecho con otros, pero esta vez zafó.

            Ya era la segunda, pues a la noche las había puesto debajo de su almohada, aunque el Jóse, que dormía con él sobre el mismo colchón, protestara. Conocía las mañas de Santiago, el mayor, que siempre andaba hurgando en la casa para encontrar que vender y comprase porros. Por las zapatillas nuevas le darían unos cuantos pesos; eso le había leído en la mirada cuando llegó de la escuela con su tesoro en la caja y las mostró a su padre, que no hizo comentarios. Su madre, en cambio, se pondría contenta el sábado cuando volviera de la Capital, donde transcurría la semana trabajando en el dúplex de los Piquer.

            Almorzó con voracidad y se guardó unas rodajas de pan en el bolsillo por las dudas a la noche sólo hubiera mate cocido. Esperó a sus hermanos en la puerta y juntos pasaron a buscar al más chico por el Jardín. En la esquina se sacó las zapatillas, las puso en su mochila y descalzo y ufano marchó hacía la casa sin preocuparse por donde pisaba. Sus pies tenían la entereza necesarias para sobrellevar la pobreza. Afortunadamente, Santiago no estaba y seguramente no volvería hasta tarde en la noche, de modo que las puso juntitas con los cordones atados entre sí, pareándolas indisolublemente, sobre el alfeizar del ventanuco que estaba encima de su colchón. Sus hermanos más chicos no alcanzaban  y a su padre le era indiferente. Todo le era indiferente desde que la desocupación lo fue llevando, primero,  al abandono de sí mismo, después, al desaliento sin salidas y finalmente, al vino.

              A la tarde el viento sur había recrudecido, pero el río tan sensible a su impacto, salvo cierta agitación, no parecía amenazador. Además, no se sentía ese olor característico que  traían las crecientes horas antes de producirse y que sólo reconocen los que tienen arena y sauce en las venas. Pero con el Río de la Plata nunca se sabe.

          A la tarde Ramiro tomó su caña, su frasco de lombrices y fue caminando por la orilla hasta la altura de la desembocadura del arroyo Giménez, donde solía haber buena pesca. Unas gaviotas curiosas le volaron por sobre la cabeza. Se sentó en una piedra y hundió los pies desnudos en el agua a merced de las caricias violentas y allí se quedó cavilando, dejándose llevar por el atelaje del alma hacia esos andurriales que sólo la imaginación de los niños conoce y donde sus sueños adquieren la sustancia y forma que luego se intentará destapar en el futuro. Estaba lleno de paciencia, la que nunca tenía en el aula, por supuesto, pero  salvo dos mojarras insignificantes y un bigotudo maltrecho, no hubo suerte.

            Oscurecía ya cuando volvió a la casilla. Juntó unas ramas secas, avivó el fogón donde silbaba la pava su mate eterno y frió la pesca para compartir con sus hermanitos que ya andaban cercándolo, empujados por el ronroneo de sus panzas. Su padre no estaba, tampoco les preocupó pues hacía rato que se cuidaban solos. Si pasaba algo Ramiro ya estaba experimentado, una vez que Josecito se abrió un pie con una lata en el zanjón, él corrió con su hermano a horcajadas sobre su espalda hasta la avenida donde un paseante solidario lo dejó en el Hospital. Luego su padre los fue a buscar y los zurró fiero por descuidados, sobre todo a él, que hacía responsable de los más chicos.

              El cielo se había puesto de un negro lóbrego y aguanoso. Se desgañitó gritándoles a sus hermanos que entraran; y cuando refunfuñando se metieron en la casilla cerró todo convenientemente como era uso pues no había luz a varias cuadras a la redonda y se echó sobre su colchón admirando las flamantes zapatillas unidas sobre el alfeizar del ventanuco. Despaciosamente el sueño lo fue llevando a sus territorios absurdos y se perdió en una ribera de bonancible abundancia.

            Afuera la cosa no era tan tranquila. El sudeste recrudeció y el río saltó su cause hasta acariciar las bases de la casilla de Ramiro. Los gritos de los vecinos y la sirena de la prefectura lo despertaron. La vela se había consumido y no encontraba los fósforos. Él sabía que cuando el agua llegaba no tenía que usar la electricidad. En la escuela insistían con eso. Despertó a sus hermanos, velozmente tomó algunos abrigos, otra ropa al azar, algunos cachivaches y los sacó a empujones. Al Jóse lo alzó porque el agua le llegaba a la cintura. Sus vecinos los Maciel iban hacia la avenida y los siguieron por el camino que iban abriendo. Marita lloraba. ¡Tonta, cómo si fuera la primera vez! .

             Cuando la chata de la Delegación los alzó, Ramiro recordó... ¡¡Las zapatillas!! Pero no lo dejaron bajar. Y ahora él también comenzó a lagrimear de impotencia y de bronca.

              Ese día el río creció de forma inusitada. El servicio meteorológico, como era habitual, no había previsto tamaña creciente. No era  la época del año  en que solía desbordarse con tanta crudeza. Y el agua llegó a la ventanita donde esperaban, bien amarradas entre sí, las zapatillas blancas de Ramiro. Juntas se fueron flotando casilla afuera, girando en el capricho de las aguas, hasta que la bajante las impulsó hacia la corriente del zanjón que pasaba frente a la casilla. Navegaron hermanadas entre botellas de plástico, pedazos de juguetes, un gato barcino ahogado, un dos de oro y un rey de bastos desopilantes, diversos utensilios de madera, guedejas de trapos, un revoltijo inexplicable de miseria, un contingente de espanto que denunciaría, cuando llegaran las cámaras de la televisión, los restos del país  olvidado.

              La línea de flotación se les estaba empapando cuando un tronco amenazador las atropelló haciéndoles peligrar el calado. El agua comenzó a penetrarlas, pero un ramalazo del viento las empujó y continuaron navegando hasta el arroyo que llevaría la bajante al río con su motín de desventuras. Ese arroyo donde Ramiro había estado pescando el día anterior.

             Mientras tanto, el chico, en el Centro de Evacuados, no podía dejar de pensar en sus zapatillas nuevas. Lamentaba en silencio la pérdida. Ya no le darían otras. Volvería a esos zapatones grandes y roídos que le trajo su madre de la casa de los patrones. Miraba sus pies desnudos, sucios y le apretaba la angustia en la garganta. Lloró despacito.

              Todo pasa y la sudestada pasó. Quedaron los restos de nada que es menos, pero la gente vuelve a los lugares que les son propios, que les dan razón de ser, con los que están integrados, aunque a veces la naturaleza les recuerde quién manda, como en los poblados al pié de volcanes activos o los habitantes de zonas castigadas por terremotos. Las personas necesitan completarse con  la identidad que les da su suelo, su tierra. Y Ramiro con su familia volvió a  la vivienda maltrecha. Habían perdido casi todo lo poco que tenían, pero en el Centro les dieron colchones nuevos, algunas mantas y ropas. Lavaron los pisos, la vajilla que quedó sana, pusieron la puerta a sus goznes y trajeron las sillas que el agua había arrastrado y estaban varadas contra un árbol caído.

     Pasó la semana. Volvieron a abrir la escuela. Ramiro reinició la rutina con sus hermanos y los odiados zapatones. Su madre regresó a su trabajo, el padre a su boliche y Santiago no volvió más.

    Dos semanas después del aciago día, ya repuesto, el muchachito tomó su caña, su frasco de lombrices y fue brincando descalzo hasta la desembocadura del arroyo. Los niños tienen una fortaleza que los hace reponerse de casi todas las inclemencias.          

    Se sentó en la piedra de siempre, tiró la línea; las gaviotas lo saludaron curiosas y esperó satisfecho sintiendo la placidez de la tarde soleada. Todo había recobrado la calma, como si no hubieran arreciado los desbordes. Giró la cabeza contemplando el entorno y... allá,  sobre un tronco carcomido y rodeado de resaca, asomaba algo que había sido blanco alguna vez. Los ojos de Ramiro crecieron, el corazón comenzó a cabalgar, dejó caer la caña, se paró y corrió hacia el borde del arroyo.. y ¡Sí! ¡Allí estaban!... ¡Eran sus zapatillas! Habían quedado enganchadas por los cordones a una protuberancia del tronco y la caterva de basura las mantuvo quietas en el lugar. ¡Sí! ¡Eran las zapatillas nuevas de Ramiro! Henchido de gozo, se trepó al tronco, hizo equilibrio hasta el extremo deseado, las tomó con cuidado, las apretó fuerte contra su pecho fuerte, se las puso y corrió feliz a su casa.
Chalo Agnelli
29 de diciembre de 1997
 

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