lunes, 21 de septiembre de 2015

SER QUILMEÑO "PINCELADAS DE MI BARRIO" POR ALFREDO SAN JOSÉ


"El género autobiográfico tuvo asiduos cultores entre los hombres públicos argentinos del siglo XIX: Santiago Calzadilla (nombrado varias veces en este texto) Cané, José María Cantilo, Vicente Fidel López, Mansilla, Mitre, Saavedra, Sarmiento, Varela, etc. Y el mismo Alberdi, a pesar que lo repudia en sus Cartas quillotanas contra Sarmiento, que más que una convicción de valor crítico literario, la suya es producto de su rivalidad acérrima de base ideológica con el sanjuanino, a quien acusa, no siempre equivocado, de su propensión ególatra, pero ignorando que el carácter autobiográfico de Recuerdos de Provincia es el aporte sustentable que, en este género, Sarmiento dio a la Literatura Argentina. Lo autobiográfico enriqueció la crónica política y militar matizada por las referencias a la vida privada, las costumbres y tradiciones imprescindibles para diseñar un perfil sociológico del pueblo argentino de las primeras décadas de vida independiente. Cómo en las últimas décadas  del siglo XX sucede con la novela histórica que promueve la curiosidad del público por la Historia y lo mueve a incursionar en ella con textos específicos." [1] 
"Pinceladas de mi barrio", compilación y transcripción de Florencia San José y Fernando Luis San Martín; ilustración María Inés Hartfiel; investigación histórica y fotografías de Fernando San Martín, corrección de textos: Oscar Rodríguez Carabelli y Fernando San Martín.  
ENTRE NOSOTROS
 En los últimos 20 años este género autorreferencial ha cobrado notable difusión. Un género que está estrechamente ligado con la historia pues circunda a cada vida, a cada familia, cada comunidad: un pueblo, un país, el mundo donde se mueven los protagonistas.
Han sido estímulo para desarrollar veste género: los múltiples encuentros comunitarios, jornadas y congresos de "Historia Oral", "Historia para la Memoria" (o con Memoria), "¡Te acordás de...!", "Soy de Quilmes", "Historia de los pueblos", etc.
EL QUILMERO es un multiplicador de estas historias de vida que no pretenden hacer literatura ni historiografía, sino dejar testimonio. [2] En las recientes 14ª Jornada Fotográfica e Histórica en Quilmes, de la Provincia de Buenos Aires y de la Ciudad de Buenos Aires, [3] se presentó el libro "Pinceladas de mi barrio" texto del imperecedero Alfredo San José compilados por sus familiares y el Prof. San Martín, quien promovió la publicación. Un tributo más al Quilmes del siglo XX y al mismo autor, indiscutiblemente querido por todos quienes tuvimos el premio de vida de conocerlo y tratarlo. Este texto de Alfredo San José resume su "pasión de quilmeño":

SER QUILMEÑO
por Alfredo San José
"Pinceladas de mi barrio" Pág. 26 
Dicen que ser quilmeño no es necesariamente una herencia catastral, es bastante más que eso, es un estado de ánimo, un paisaje del alma, ciudad profunda que sos sus necesidades y urgencias, y los protege maternalmente tras su inmensa espalda junto al río, ser quilmeño es una complicidad, una contraseña, un sonrojo compartido, una emoción disparada por un gol de los Mates de Quilmes en la barranca, o Guido y Sarmiento, algún sábado de otra época, tras la máscara en el espejo hay siempre, un amigo, presente o evocado, con la barra del café, permanentemente instalada en algún rincón de la memoria, o los versos tristes de Sanders o Gorrindo, saliendo de una máquina musical del “bar eléctrico”, frente a la estación. 
También ser quilmeño, es recorrer vanamente costumbres y lugares que ya no existen, la vuelta por Rivadavia o la vieja cancha de Quilmes, o aquellas calles de empedrado desparejo donde pasamos nuestra infancia y donde luego más tarde despertamos al amor en algún baile de carnaval del club del barrio. 
Ser quilmeños es reconocer a los ídolos de nuestra ciudad en todos los campos, como fueron: el Dr. Iriarte, el profesor Bottaro, Robin López, Zito, Campolo, Bottaso; a los que contaron la historia de nuestro pueblo, como Otamendi, Craviotto, López, o a los que la siguen contando, como: Lombán, Cella o Agnelli, pues a través de ellos, nosotros nos creemos por un momento, dueños de sus victorias.
Ciudad cantada por las serenatas de César Consi o Teófilo Ibáñez, inspirados en los versos de Sandalio Gómez, Juan Arrestía, Julio Lacarra o Tacho Soto; ser quilmeño es todavía recordar el pito de la Cervecería y su olor a cebada, los telares de Catya, Textilia e Intela, el tranvía que llegaba al río y la rambla con su cine y sus juegos. Por eso, nosotros, Quilmes, nos sentimos orgullosos de ser aunque sea una pequeña parte de tu identidad edificada durante 340 años.
Agosto, 2006 
 (foto gentileza Sergio Gustavo D`Onofrio)
Crónica Chalo Agnelli
NOTAS

[1] de "Dr. José Antonio Wilde, médico, periodista y educador quilmeño" de Chalo Agnelli, Pág.  
[2] Ver en El QUILMERO DE LA INMIGRACIÓN:
del JUEVES, 18 DE OCTUBRE DE 2012, “IDENTIDAD (LOS SECCO - BRANDI - HENRY - BORNAND - BLAKE - MAULL)
DEL JUEVES 1 DE NOVIEMBRE DE 2012, “HISTORIA DE LOS ROSSIGNOL” (COLABORACION) 
del MARTES, 25 DE NOVIEMBRE DE 2014, “LOS SIMONETTO, ROSINA, ‘NOÉ’, ITALIA… OTRA PÁGINA DE INMIGRACIÓN”
DEL MIERCOLES 31 DE DICIEMBRE, “SOLEDAD, TANGO Y MADAME IVONNE…” (COLABORACIÓN)
DEL VIERNES 2 D ENERO DE 2015, “EL BERNAL DE LA BOCA (COLABORACIÓN)
DEL DOMINGO, 20 DE SEPTIEMBRE DE 2015 "HISTORIA DE MIS RAÍCES" DE ÁNGELA A. MORESCHINI
http://elquilmerodelainmigracion.blogspot.com.ar/2015/09/historia-de-mis-raices-de-angela.html
[3] Ver en EL QUILMERO del miércoles 26 de agosto 2025, 14ª Jornada Fotográfica e Histórica en Quilmes, de la Provincia de Buenos Aires y de la Ciudad de Buenos Aires.
http://elquilmero.blogspot.com.ar/2015/08/14-jornada-fotografica-e-historica-en.html


lunes, 14 de septiembre de 2015

EL OMBÚ... LUIS L. DOMÍNGUEZ, BARTOLOMÉ MITRE...



En 1858, Marcos Sastre (1808 – 1887) escritor y educador, publicó “El Tempe Argentino”, un estudio más lírico que científico sobre la flora, la fauna y la geografía del Delta del Paraná, ilustrado con grabados hechos por el autor. Además de los consabidos estudios de la flora y fauna evolucionada, contenía estudios sobre los insectos, hongos y helechos de la zona, toda una novedad en su tiempo. El libro contenía aportes de otros autores de la época. En este caso el ombú es el protagonista vegetal, enseñorado en la vasta llanura pampeana y la región rioplatense.


"EL OMBÚ" [1]

Cada comarca en la tierra
Tiene un rasgo prominente;
El Brasil su sol ardiente,
Minas de plata el Perú,
Montevideo su Cerro,
Buenos Aires, patria hermosa.

Tiene su Pampa grandiosa,
La Pampa tiene el ombú.
................................

No hay allí bosques frondosos,
Pero alguna vez asoma
En la cumbre de una loma
Que se alcanza a divisar,
El ombú solemne, aislado,
De gallarda, airosa planta,
Que a las nubes se levanta
Como el faro de aquel mar.

¡El ombú! Ninguno sabe
En qué tiempo ni qué mano
En el centro de aquel llano
Su semilla derramó:
Mas su tronco tan nudoso.
Su corteza tan roída,
Bien demuestran que su vida
Cien inviernos resistió.

Al mirar cómo derrama
Su raíz sobre la tierra,

Y sus dientes allí entierra
Y se afirma con afán,
Parece que alguien le dijo
Cuando se alzaba altanero:
Ten cuidado del pampero,
Que es tremendo su huracán.

Puesto en medio del desierto,
El ombú como un amigo,
Presta a todos el abrigo
De sus ramas con amor;
Hace techo de sus hojas
Que no filtra el aguacero,
Y a su sombra el sol de enero
Templa el rayo abrasador.

Cual museo de la Pampa,
Muchas razas él cobija;
La rastrera lagartija
Hace cuevas a su pie;
Todo pájaro hace nido
Del gigante en la cabeza:
Y un enjambre en su corteza

De insectos varios se ve.
Y al teñir la aurora el cielo
De rubí, topacio y oro,
De allí sube a Dios el coro
Que le entona al despertar
Esa Pampa, misteriosa
Todavía para el hombre,
Que a una raza da su nombre
Que nadie pudo domar.

¡Cuánta escena vio en silencio!
¡Cuántas voces ha escuchado
Que en sus hojas ha guardado
Con eterna lealtad!
El estrépito de guerra
Su quietud ha interrumpido;
A su pie se ha combatido
Por amor y libertad.

En su tronco se leen cifras
grabadas con el cuchillo.
Quizá por algún caudillo
Que a los indios venció allí;
Por uno de esos valientes
Dignos de fama y de gloria,
Y que no dejan memoria
Porque murieron aquí.

A su sombra melancólica
En una noche serena,
Amorosa cantilena

Tal vez un gaucho cantó;
Y tan tierna su guitarra
Acompañó sus congojas,
Que el ombú de entre sus hojas
Tomó rocío y lloró.

Sobre su tronco sentado
El señor de aquella tierra,
De su ganado la yerra
Presencia, alegre tal vez;
O tomando el matecito
Bajos sus ramos frondosos,
Pone en paz a dos esposos,
O en las carreras es juez.

A su pie trazan sus planes,
Haciendo círculo al fuego,
Los que van a salir luego
A correr el avestruz...
Y quizá para recuerdo
De que allí murió un cristiano,
Levantó piadosa mano,
Bajo su copa una cruz.

Y si en pos de larga ausencia
Vuelve el gaucho a su Partido,
Echa penas al olvido
Cuando alcanza a divisar
El ombú, solemne, aislado,
De gallarda, airosa planta,
Que a las nubes se levanta
Como el faro de aquel mar.
 
Luis L. Domínguez en “América Poética”


"A UN OMBÚ"

Eres la verde guirnalda
De la cabaña pajiza
Que va marchando de prisa
Con el pasado en la espalda
Y a tu frente el porvenir.

Donde huye la turba errante
Y clava el hombre su planta,
Tu cabeza se levanta
Cual la de inmenso gigante
Que está diciendo: Hasta aquí.

Tú señalas las barreras
Que dividen al desierto,
Y oyes el vago concierto
Que alzan las auras ligeras
De la pampa en el umbral.

Eres lo último que muere
De la morada del hombre,
Y aunque en tu tronco no hay nombre,
Estás diciendo al viajero,
Que allí descansó un mortal.

Mas ¿qué miras? ¿La campaña
Que a lo lejos se dilata,
El arroyuelo del plata,
El cielo que nada empaña,
O el inmenso pajonal?

No, tú miras a lo lejos,
Al transponer aquel monte
En el lejano horizonte,
Como en mágicos espejos
Lo que es y lo que será.

Miras la Pampa argentina
De ciudades matizada,
Y por mil naves surcada
La laguna cristalina
Que hoy cubre verde juncal;
Miras la pobre cabaña
Que en palacio se transforma,
Y que al tomar nueva forma
Una nueva luz la baña

Con resplandor sin igual.
Miras al indio tostado
Que lanzando un alarido,
Va huyendo despavorido
Por el llano dilatado
En pavoroso tropel;
Y tras él el tigre fiero
Que abandona su dominio,
Hoy, teatro del exterminio.
Que ocupa un pueblo altanero
Y que transforma en verjel.

No pases más adelante,
Que más lejos, abatido,
Marchito y descolorido,
Verás al ombú gigante,
Hoy de la pradera rey,
Y en su lugar la corona
Verás alzarse del pino,
Que unido al hierro y al lino,
Sirve al hombre en toda zona
Para dar al mundo ley.

Ese destino te espera,

Árbol cuya vista asombra,
Que al caminante das sombra
Sin dar al rancho madera,
Ni al fuego una astila dar:
Recorrerás el desierto,
Cual mensajero de vida,
Y, tu misión concluída,
Caerás cual cadáver yerto
Bajo el pino secular.

Por Bartolomé Mitre de “Rimas”


NOTA
[1] Phytolacca dioica, el ombú o bellasombra, es una especie arborescente perteneciente a la familia Phytolaccaceae. Nativa de la pampa. Forma parte de las tradiciones de la llanura pampeana y la costa rioplatense de la República Oreinta ldel Uruguay. Se dice erróneamente que fue introducida por primera vez en España por Hernando Colón, hijo de Cristobal Colón que plantó ejemplares en Sevilla, uno de ellos en el Monasterio de la Cartuja de Sevilla. Aunque es sabido que Hernando Colón no visitó nunca el actual territorio de la República Argentina n isus países limítrofes.

FUENTES
“El Tempe Argentino”.Coedición Biblioteca Nacional – Editorial Colihue. Colección Los Raros.

jueves, 10 de septiembre de 2015

3 Y 4.- FANTASMAS DEL BARRIO LA COLONIA - “UN TAL NISTAL Y DON MANUEL EL BUFETERO” (COLABORACIÓN)



"Debajo del barro se dibujan figuras y cosas de un barrio algo distinto, poblado hoy por  algunos fantasmas  empecinados  en volver a las viejas rutinas."

- III -

“UN TAL NISTAL, FILOSOFO, ASTRÓLOGO, CURANDERO Y ASTRONAUTA”

Por Plácido Donato

Cuando me acuerdo de un tal Nistal, flaco, bajo y de piel cadavérica,  algo me estremece, quizás porque al mirarme con sus ojos claros y traslucidos e inexpresivos, me auguró a los 10 años  una enfermedad en las fosas nasales que me iba a llevar tempranamente a la tumba.

Con ese temor viví consternado, por un tiempo, hasta que - por mis veinte años - Nistal terminó muriendo en la solitaria cueva que habitaba en los aledaños del Club Alberdi.

Hasta ese momento viví, temiéndolo como a un brujo y respetándolo mucho porque veía en él a un médico frustrado, un astrólogo sin estrellas, a un pensador muy profundo, que gozaba de un sólido y bien ganado desprestigio entre los muchachos de la barra de la esquina.

Sabía y me apenaba que ellos no tomaran en serio sus reflexiones sobre los desastres de las guerras y las maldiciones de Dios como los cataclismos, terremotos e inundaciones.

Lo llamaban “el loco Nistal” y yo que leía muchos libros históricos me repetía que hubo “locos” como Nerón, Napoleón,  Albert Einstein, Discépolo, que con el tiempo pasaron a ser gente celebre y encumbrada.

El tal Nistal era muy introvertido y tan solitario como un caracol caminando por un parral sin uvas, muy especial y distinto a todos los especímenes humanos que yo había conocido.

Retraído en su burbuja, sin espacio ni tiempo,  flotaba por la calle mientras llegaba lentamente a la puerta del club, vistiendo siempre un overol de trabajo, color verde gastado, como el beige  que vestía Fangio pero deteriorado por el tiempo y por muchas manchas de grasa y aceite.

Nunca supe bien donde había manchado su único uniforme, aunque muchas matronas del barrio comentaban que era un gran electricista, plomero, albañil  y hacia magias con destornillador y una llave inglesa.

Encendía un pucho que masticaba más que fumar,  se apoyaba en el mostrador del bar, mientras don  Manuel, el buffetero emérito le serbía su trago de grapa que Nistal bebía de un sorbo, sin pestañar.

Después la vida me hizo conocer algunos personajes tan extraños como él, quizás en los trebejos y tableros de ajedrez de los 39 billares o el club de ajedrez de Quilmes, en las noches de los cafetines de Buenos Aires donde deambulaban noctámbulos periodistas y peregrinaban viejos fantasmas de otras galaxias, tan flacos, cadavéricos y sabios como el tal Nistal , quizá con camisa, corbata y obligatorio sombrero, sin mameluco verde, ni ojos de brujo claros y traslucidos e inexpresivos pero todos  colegas del en esas  presencias tan  inquietas que,  hoy, solo  son un hilo de recuerdos en mi locas fantasías.

Esas fantasías que siempre sueño y alumbran de rocío y primavera el otoño de los años.

- IV -

“DON MANUEL, EL BUFETERO EMÉRITO DEL CLUB ALBERDI”

Por Plácido Donato

Medía un taco de billar y un poco menos. Era de cara lisa, típicamente española (odiaba que le dijésemos “Don Manuel, el gallego”), lo más parecido a un gnomo de parque de diversiones, nunca lo vi sonreír, tampoco masticar bronca, más inexpresivo que carozo de aceituna verde, según solía decir el Beto Corallo, pero ceremonioso y firme como pocos cuando daba orden de largada a una partida de billar o la terminaba a la media hora diciendo: “¡¡¡Stop!!!”,   quitándonos bolas, tizas y colocando los tacos en su lugar de espera.

Era toda una Institución y fue hasta su “gira a otras mesas de billar”, un personaje infaltable en nuestros juegos de salón.

Le pedíamos naipes, dados, y la poesía cruel, bueno eso no, pero los tableros de damas, ajedrez y dominó también y siempre los tenía todo a mano, era altamente ejecutivo en sus tareas que cumplía como un soldadito inglés, es decir, tan automática, disciplinada,  como eficientemente.

Era un reloj, de bolsillo, pero reloj al fin,  todo lo media desde las fichitas  de metegol a los traguitos de vermut.

Encuadrado en un chaleco de mozo de restaurantes alemanes  como los maxins y múnichs, del viejo Quilmes, tenía el don de averiguarlo todo sin preguntar nada.

Eso lo supimos mucho después porque era a quien recurrían
nuestras madres para saber de algunas de nuestras locas aventuras   como algún viaje o excursión no permitida a la cañada o al potrerito de Gavio, zonas de exclusión por su lejanía y peligrosidad.

Don Manuel, el bufetero, se merece un monolito, un monumento.

Pienso que si  yo  fuese Rodin, Brancussi,  Bourdelle  o algo menos, fundiría plomo, cobre o simple barro de aquel “rioba” del Alberdi y plasmaría su figura y luego lo emplazaría en el corazón mismo que late debajo del barro, junto al zanjón, en las raíces de los árboles donde se reunían los vecinos, a contarse cuentos y pasarse los chimentos más picantes de la semana.

Haría mi obra  montando al bufetero en un tapiz verde de billar, navegando con su mirada serena sin horizontes pero cordial, amena y tierna buscándonos en ese reino donde deben vivir eternamente las cosas que pasaron, para decirnos  “¡Stop, chicos, la partida ha terminado!” 
Plácido Donato


Especial para LAS LETRAS DEL QUILMERO, 2015