domingo, 30 de agosto de 2015

2.- FANTASMAS DEL BARRIO LA COLONIA - “DON ÁNGELO FORNARI" (COLABORACIÓN)



Debajo del barro se dibujan figuras y cosas de un barrio algo distinto, poblado hoy por  algunos fantasmas  empecinados  en volver a las viejas rutinas.

II

DON ÁNGELO FORNARI, EL DUENDE DE OJOS DE SAL

Plácido Donato

Así, de golpe, ni sé bien cuándo ni cómo apareció en mi infancia un duende de ojos esmeraldas con sabor a sal de mares infinitos. 
Podía ser un abuelo, un filósofo, una Papa Noé. O solo uno de esos personajes que tienen tanta magia que se hacen inolvidables. 
Era Don Ángelo Fornari, una especie de solitario y errante vagabundo, ermitaño, autodidacta, pulcro y de modos tiernos pero sutilmente autoritarios,   muy parecido a los personajes reales de Dickens o a los mágicos de los hermanos Grimn cuyos libros, por esos dulces tiempos,  me devoraba sin miramientos. 
Tenía en sus ojos todo un mundo recorrido desde su lejana Toscana hasta este espacio perdido en el fin del mundo y cuando hablaba, con su inconfundible todo italiano, imponía a su “picola” o gran audiencia mucha atención, con una autentica y poco  premeditada  autoridad. 
Los muchachos de la barra tenían hacía Don Ángelo un particular respeto pese a que algunos, a sus espaldas, bromeaban por su poco legible forma de hablar “la castilla “.
Yo había pasado a ser uno de sus escuchas más asiduo y sus sabias peroratas no solo me sacaban del contexto de un hijo único, sin muchos pasa tiempos, sino que, además, me iluminaban sobre rutas, personajes y misterios de un universo que el duende había transitado en serio o solo inventaba, según hoy deduzco, con total claridad pedagógica e increíble creatividad. 
Hablaba del hombre y sus miserias, cosa que en ese entonces yo poco entendía, de Mussolini, sus balillas, las marchas anarquistas, el comunismo italiano tan emparentado con la iglesia, sus vivencias por una patria que dejó en guerra, con matices de historia, geografía y sobretodo con conceptos profundos de una dimensión espacial, cosmográfica superlativa. 
Nos sentábamos junto a la puerta del club Alberdi ya cerrada la noche y me señalaba una a una las muchas estrellas que por ese
tiempo, quizás por el poco avance de la civilización sobre la naturaleza, cubrían el cielo de mi barrio. 
Me las nombraba, con marcado orgullo, la Osa Mayor, la Cruz del Sur, Las tres Marías y juntos nos trepábamos en un haz de luna a sus geniales cuentos y locuras. 
El viejo, (como hoy me dicen a mi), de tanto en tanto contaba,   con mucha nostalgia como era su cielo en su infancia, como eran sus estrellas hasta que todo se hizo oscuro y tuvo que emigrar apilado en la superpoblada bodega de tercera clase de un buque mercante.
Un misterio impenetrable fue para todos nosotros su vida anterior, y yo nunca supe porque alguien de tanto talento natural pudo meterse en esa burbuja olvidada del mundo, viviendo en una habitación humilde de la calle Larrea (la más fina de Quilmes Oeste) apañando su frio con una olla con carbón encendido, fumando puchos sobrantes, pero siempre con la mirada altanera, con ese brillo multiestelar de sus ojos esmeraldas con sabor a sal de mares infinitos. 
Un día se fue del barrio y de este mundo sin estridencias, en el silencio majestuoso que fue escenario de su vida y camino iluminado de su imborrable recuerdo.
Cada baldosa del viejo barrio que piso, cada hoja caída de otoño, cada melodía del viento hoy lleva su nombre y lo mete en mi pasado como hacedor, linyera trota mundo, maestro o solamente Don Ángelo, un duende de carne y hueso.


Placido Donato

lunes, 24 de agosto de 2015

FANTASMAS DEL BARRIO LA COLONIA - "LA BARRA DE LA ESQUINA" EN EL DÍA DEL LECTOR (COLABORACIÓN)



por Plácido Donato [1]
Debajo del barro se dibujan figuras  y cosas de un barrio algo distinto, poblado hoy por  algunos fantasmas  empecinados  en volver a las viejas rutinas.
I

LA  BARRA DE LA ESQUINA 
El plátano se erguía en  la esquina  noroeste de San Luis y Larrea, en un olvidado espacio quilmeño llamado La Colonia.
Allá,  por el 40 aquel plátano, era  un árbol, del cual hoy, todavía sus raíces se debaten  rebeldes y a su sombra se reunían los
muchachos del barrio del Alberdi.
Los chicos de pantalón corto nos sentábamos  a distancia, con los grandes ojos abiertos, admirando las hazañas que nos contaban los mayores, esperando que los años llegaran para poder recorrerlas y contarlas como ellos.
Recuerdo bajo un manto de neblina algunos rostros como el de los turcos Noel, Pichín  de la Boca, Pichuco y Pancho Corallo, Los Montes Agudo, Carlitos Rivero. Nicio Romo, Américo Radosta, Teto Sánchez,  Romo, Cholo Ameri, el fiaca Armando, Lorenzo el de la vuelta,  el negro Pimpín  (bailarín y masajista), el infaltable mago Don Ángelo Furnari, el filosofo  Nistal, Nito el vigilante, Roque y los Pafundi, Ramón y los Delgado,  y tantos otros que, Dios y el alemán mediantes, después recordare.
Para nosotros el Beto Corallo, Coco Di Blasi, Oscar y Caralberto Forcelli , Tito de Armas y yo, Peripiquio el mono o Tito el de Lucia, hoy Placido Donato (los de pantalones cortos)  era todo un ritual sentarnos a escuchar, a los muchachos de la  barra de la  esquina,  contando sus anécdotas, divagar entre sus historias de amoríos y aventuras increíbles, sus hazañas futboleras,  una ceremonia como la de ir a misa.
Todo lo que contaban, por supuesto, lo escuchábamos en un coloquial silencio y todo lo creíamos a  raja tabla, como en una charla de catequesis.
Teníamos admiración y respeto mayúsculo por  aquellos héroes de
carne y hueso que no estaban en los libros de la escuela ni montados a ningún caballo de bronce en alguna plaza, estaban muy cerca y nos agrandábamos como burbuja de agua hirviendo cuando nos dirigían la palabra pidiéndonos algún mandando, como por ejemplo correr al almacén de Pepito Di Blasi a comprarles cigarrillos Reina Victoria.
Hoy cuando giro mi vista la neblina todavía cubre los fantasmas y las cosas que nunca murieron y de la mano de don Julito Mazariegos pienso poder seguir contándoles, si ustedes lo permiten,  cosas como las leyendas de Don Ángelo, Nistal, Don Manuel, el bufetero del Alberdi, Carlitos Matos, los vigentes Felipe el junta pájaros, "El mono relojero"  y tantos otros, para que sus memorias sigan vivas trasnochando aquel barrio donde la palabra “vecino” era una excelencia y se podía a salir a la puerta por las noches a contar cuentos y tomarse unos lindos matecitos.

 Placido Donato
Cap. Fed. 24/8/2015
REFERENCIA
[1] Cuando tenía 9 ó 10 años, esperando el tranvía en San Luis y Andrés Baranda, en la esquina de los Bottaro, solía ver a un muchacho bajito, uniformado, a veces acompañado por otros muchachos del barrio, "del otro lado del 22", como llamábamos los de “Andrés Baranda al este” a los de “las vías del tranvía al oeste”; era un época donde los objetos, los pocos comercios, ciertas casas importantes o algún personaje pintorescos servían de locativo.
En una oportunidad, en esa misma esquina, aguardaba con mi abuela y el “policía” bajó del 22 (el tranvía) Ella vio la curiosidad en mi cara y me dijo que era el hijo de doña Lucía. Mi abuela conocía a la señora del almacén de don Pepito donde solía comprar algunas veces, hasta que los Babbicola abrieron otra muy bien provista sobre San Luis, a media cuadra de mi casa.

Volví a verlo en dos o tres oportunidades en el Alberdi, sobre todo cuando había algún encuentro futbolero entre ese club y el 21 de Julio, con el que mi padre colaboraba desde que era una Sociedad de Fomento, la que supo traer a ese rincón de La Colonia: gas natural, cloacas y un buen día ¡el asfalto!.
Un día escuchando “Jaque a la policía” en Radio Nacional, como solíamos hacer mi hermano y yo en el aparato que él tenía en su habitación - privilegio que le había dado su enfermedad -, escuché, algo que no hacía nunca, la lista completa del reparto que hacía el locutor para cerrar el programa y por último dijo: “Guión Plácido Donato”. ¡Ese nombre y ese apellido no eran nada comunes, sólo podía ser de nuestro vecino! Y era. Pensé que teníamos otro vecino famoso (precisamente no era esa la palabra tan gastada hoy) en el barrio, además de Nelly Omar que había tenido una quinta importante en las cercanías.
En 1974, cuando Jorge Padula Perkins y otros muchachos del barrio fundaron el “Grupo de Arte Joven” en la calle Larrea lo consultamos un par de veces por esas cosas de las Letras. Luego el tiempo y la similitud de tareas nos reconocieron en otros encuentros.
En 1991 comencé a escribir “La Colonia de Valerga” e hice su biografía – aún no estaba en Wilkipedia – entre la de otros caracterizados vecinos. El libro se publicó en 2010.
Recientemente nos reencontramos en los 75 años del Club Alberdi. Ambos seguimos vinculados con el barrio. Él conserva su casa natal y yo, como él, las calles, los vecinos los que están y los que no, las anécdotas - quizá adornadas por la buena benigna memoria – y el amor por las cosas simples. (Chalo Agnelli)