jueves, 10 de septiembre de 2015

3 Y 4.- FANTASMAS DEL BARRIO LA COLONIA - “UN TAL NISTAL Y DON MANUEL EL BUFETERO” (COLABORACIÓN)



"Debajo del barro se dibujan figuras y cosas de un barrio algo distinto, poblado hoy por  algunos fantasmas  empecinados  en volver a las viejas rutinas."

- III -

“UN TAL NISTAL, FILOSOFO, ASTRÓLOGO, CURANDERO Y ASTRONAUTA”

Por Plácido Donato

Cuando me acuerdo de un tal Nistal, flaco, bajo y de piel cadavérica,  algo me estremece, quizás porque al mirarme con sus ojos claros y traslucidos e inexpresivos, me auguró a los 10 años  una enfermedad en las fosas nasales que me iba a llevar tempranamente a la tumba.

Con ese temor viví consternado, por un tiempo, hasta que - por mis veinte años - Nistal terminó muriendo en la solitaria cueva que habitaba en los aledaños del Club Alberdi.

Hasta ese momento viví, temiéndolo como a un brujo y respetándolo mucho porque veía en él a un médico frustrado, un astrólogo sin estrellas, a un pensador muy profundo, que gozaba de un sólido y bien ganado desprestigio entre los muchachos de la barra de la esquina.

Sabía y me apenaba que ellos no tomaran en serio sus reflexiones sobre los desastres de las guerras y las maldiciones de Dios como los cataclismos, terremotos e inundaciones.

Lo llamaban “el loco Nistal” y yo que leía muchos libros históricos me repetía que hubo “locos” como Nerón, Napoleón,  Albert Einstein, Discépolo, que con el tiempo pasaron a ser gente celebre y encumbrada.

El tal Nistal era muy introvertido y tan solitario como un caracol caminando por un parral sin uvas, muy especial y distinto a todos los especímenes humanos que yo había conocido.

Retraído en su burbuja, sin espacio ni tiempo,  flotaba por la calle mientras llegaba lentamente a la puerta del club, vistiendo siempre un overol de trabajo, color verde gastado, como el beige  que vestía Fangio pero deteriorado por el tiempo y por muchas manchas de grasa y aceite.

Nunca supe bien donde había manchado su único uniforme, aunque muchas matronas del barrio comentaban que era un gran electricista, plomero, albañil  y hacia magias con destornillador y una llave inglesa.

Encendía un pucho que masticaba más que fumar,  se apoyaba en el mostrador del bar, mientras don  Manuel, el buffetero emérito le serbía su trago de grapa que Nistal bebía de un sorbo, sin pestañar.

Después la vida me hizo conocer algunos personajes tan extraños como él, quizás en los trebejos y tableros de ajedrez de los 39 billares o el club de ajedrez de Quilmes, en las noches de los cafetines de Buenos Aires donde deambulaban noctámbulos periodistas y peregrinaban viejos fantasmas de otras galaxias, tan flacos, cadavéricos y sabios como el tal Nistal , quizá con camisa, corbata y obligatorio sombrero, sin mameluco verde, ni ojos de brujo claros y traslucidos e inexpresivos pero todos  colegas del en esas  presencias tan  inquietas que,  hoy, solo  son un hilo de recuerdos en mi locas fantasías.

Esas fantasías que siempre sueño y alumbran de rocío y primavera el otoño de los años.

- IV -

“DON MANUEL, EL BUFETERO EMÉRITO DEL CLUB ALBERDI”

Por Plácido Donato

Medía un taco de billar y un poco menos. Era de cara lisa, típicamente española (odiaba que le dijésemos “Don Manuel, el gallego”), lo más parecido a un gnomo de parque de diversiones, nunca lo vi sonreír, tampoco masticar bronca, más inexpresivo que carozo de aceituna verde, según solía decir el Beto Corallo, pero ceremonioso y firme como pocos cuando daba orden de largada a una partida de billar o la terminaba a la media hora diciendo: “¡¡¡Stop!!!”,   quitándonos bolas, tizas y colocando los tacos en su lugar de espera.

Era toda una Institución y fue hasta su “gira a otras mesas de billar”, un personaje infaltable en nuestros juegos de salón.

Le pedíamos naipes, dados, y la poesía cruel, bueno eso no, pero los tableros de damas, ajedrez y dominó también y siempre los tenía todo a mano, era altamente ejecutivo en sus tareas que cumplía como un soldadito inglés, es decir, tan automática, disciplinada,  como eficientemente.

Era un reloj, de bolsillo, pero reloj al fin,  todo lo media desde las fichitas  de metegol a los traguitos de vermut.

Encuadrado en un chaleco de mozo de restaurantes alemanes  como los maxins y múnichs, del viejo Quilmes, tenía el don de averiguarlo todo sin preguntar nada.

Eso lo supimos mucho después porque era a quien recurrían
nuestras madres para saber de algunas de nuestras locas aventuras   como algún viaje o excursión no permitida a la cañada o al potrerito de Gavio, zonas de exclusión por su lejanía y peligrosidad.

Don Manuel, el bufetero, se merece un monolito, un monumento.

Pienso que si  yo  fuese Rodin, Brancussi,  Bourdelle  o algo menos, fundiría plomo, cobre o simple barro de aquel “rioba” del Alberdi y plasmaría su figura y luego lo emplazaría en el corazón mismo que late debajo del barro, junto al zanjón, en las raíces de los árboles donde se reunían los vecinos, a contarse cuentos y pasarse los chimentos más picantes de la semana.

Haría mi obra  montando al bufetero en un tapiz verde de billar, navegando con su mirada serena sin horizontes pero cordial, amena y tierna buscándonos en ese reino donde deben vivir eternamente las cosas que pasaron, para decirnos  “¡Stop, chicos, la partida ha terminado!” 
Plácido Donato


Especial para LAS LETRAS DEL QUILMERO, 2015

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