lunes, 24 de agosto de 2015

FANTASMAS DEL BARRIO LA COLONIA - "LA BARRA DE LA ESQUINA" EN EL DÍA DEL LECTOR (COLABORACIÓN)



por Plácido Donato [1]
Debajo del barro se dibujan figuras  y cosas de un barrio algo distinto, poblado hoy por  algunos fantasmas  empecinados  en volver a las viejas rutinas.
I

LA  BARRA DE LA ESQUINA 
El plátano se erguía en  la esquina  noroeste de San Luis y Larrea, en un olvidado espacio quilmeño llamado La Colonia.
Allá,  por el 40 aquel plátano, era  un árbol, del cual hoy, todavía sus raíces se debaten  rebeldes y a su sombra se reunían los
muchachos del barrio del Alberdi.
Los chicos de pantalón corto nos sentábamos  a distancia, con los grandes ojos abiertos, admirando las hazañas que nos contaban los mayores, esperando que los años llegaran para poder recorrerlas y contarlas como ellos.
Recuerdo bajo un manto de neblina algunos rostros como el de los turcos Noel, Pichín  de la Boca, Pichuco y Pancho Corallo, Los Montes Agudo, Carlitos Rivero. Nicio Romo, Américo Radosta, Teto Sánchez,  Romo, Cholo Ameri, el fiaca Armando, Lorenzo el de la vuelta,  el negro Pimpín  (bailarín y masajista), el infaltable mago Don Ángelo Furnari, el filosofo  Nistal, Nito el vigilante, Roque y los Pafundi, Ramón y los Delgado,  y tantos otros que, Dios y el alemán mediantes, después recordare.
Para nosotros el Beto Corallo, Coco Di Blasi, Oscar y Caralberto Forcelli , Tito de Armas y yo, Peripiquio el mono o Tito el de Lucia, hoy Placido Donato (los de pantalones cortos)  era todo un ritual sentarnos a escuchar, a los muchachos de la  barra de la  esquina,  contando sus anécdotas, divagar entre sus historias de amoríos y aventuras increíbles, sus hazañas futboleras,  una ceremonia como la de ir a misa.
Todo lo que contaban, por supuesto, lo escuchábamos en un coloquial silencio y todo lo creíamos a  raja tabla, como en una charla de catequesis.
Teníamos admiración y respeto mayúsculo por  aquellos héroes de
carne y hueso que no estaban en los libros de la escuela ni montados a ningún caballo de bronce en alguna plaza, estaban muy cerca y nos agrandábamos como burbuja de agua hirviendo cuando nos dirigían la palabra pidiéndonos algún mandando, como por ejemplo correr al almacén de Pepito Di Blasi a comprarles cigarrillos Reina Victoria.
Hoy cuando giro mi vista la neblina todavía cubre los fantasmas y las cosas que nunca murieron y de la mano de don Julito Mazariegos pienso poder seguir contándoles, si ustedes lo permiten,  cosas como las leyendas de Don Ángelo, Nistal, Don Manuel, el bufetero del Alberdi, Carlitos Matos, los vigentes Felipe el junta pájaros, "El mono relojero"  y tantos otros, para que sus memorias sigan vivas trasnochando aquel barrio donde la palabra “vecino” era una excelencia y se podía a salir a la puerta por las noches a contar cuentos y tomarse unos lindos matecitos.

 Placido Donato
Cap. Fed. 24/8/2015
REFERENCIA
[1] Cuando tenía 9 ó 10 años, esperando el tranvía en San Luis y Andrés Baranda, en la esquina de los Bottaro, solía ver a un muchacho bajito, uniformado, a veces acompañado por otros muchachos del barrio, "del otro lado del 22", como llamábamos los de “Andrés Baranda al este” a los de “las vías del tranvía al oeste”; era un época donde los objetos, los pocos comercios, ciertas casas importantes o algún personaje pintorescos servían de locativo.
En una oportunidad, en esa misma esquina, aguardaba con mi abuela y el “policía” bajó del 22 (el tranvía) Ella vio la curiosidad en mi cara y me dijo que era el hijo de doña Lucía. Mi abuela conocía a la señora del almacén de don Pepito donde solía comprar algunas veces, hasta que los Babbicola abrieron otra muy bien provista sobre San Luis, a media cuadra de mi casa.

Volví a verlo en dos o tres oportunidades en el Alberdi, sobre todo cuando había algún encuentro futbolero entre ese club y el 21 de Julio, con el que mi padre colaboraba desde que era una Sociedad de Fomento, la que supo traer a ese rincón de La Colonia: gas natural, cloacas y un buen día ¡el asfalto!.
Un día escuchando “Jaque a la policía” en Radio Nacional, como solíamos hacer mi hermano y yo en el aparato que él tenía en su habitación - privilegio que le había dado su enfermedad -, escuché, algo que no hacía nunca, la lista completa del reparto que hacía el locutor para cerrar el programa y por último dijo: “Guión Plácido Donato”. ¡Ese nombre y ese apellido no eran nada comunes, sólo podía ser de nuestro vecino! Y era. Pensé que teníamos otro vecino famoso (precisamente no era esa la palabra tan gastada hoy) en el barrio, además de Nelly Omar que había tenido una quinta importante en las cercanías.
En 1974, cuando Jorge Padula Perkins y otros muchachos del barrio fundaron el “Grupo de Arte Joven” en la calle Larrea lo consultamos un par de veces por esas cosas de las Letras. Luego el tiempo y la similitud de tareas nos reconocieron en otros encuentros.
En 1991 comencé a escribir “La Colonia de Valerga” e hice su biografía – aún no estaba en Wilkipedia – entre la de otros caracterizados vecinos. El libro se publicó en 2010.
Recientemente nos reencontramos en los 75 años del Club Alberdi. Ambos seguimos vinculados con el barrio. Él conserva su casa natal y yo, como él, las calles, los vecinos los que están y los que no, las anécdotas - quizá adornadas por la buena benigna memoria – y el amor por las cosas simples. (Chalo Agnelli)
 
 

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