viernes, 29 de agosto de 2014

EL CRIMEN FUE EN GRANADA


Antonio Machado

A Federico García Lorca

I

EL CRIMEN

Se le vio, caminando entre fusiles
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle a la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—.
... Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, ¡en su Granada!...


II

EL POETA Y LA MUERTE


Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
—Ya el sol en torre y torre; los martillos
en yunque, yunque y yunque de las fraguas —.

Hablaba Federico,
requebrando a la Muerte. Ella escuchaba.
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el eco de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban...
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, 
¡mi Granada!»                                                      


III

Se les vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño, en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!




Semanario de la solidaridad, N.º 22, 17 de octubre de 1936, p. 3. Luego en Antonio Machado, La guerra (1936-1937), Madrid, Espasa-Calpe, 1937, 
pp. 25-29

«ESENCIA Y MISIÓN DEL MAESTRO» JULIO CORTÁZAR (1939)



Raquel Gail
Artículo publicado el 20 de octubre de 1939, en la Revista Argentina, y firmado por Julio Florencio Cortázar, profesor, graduado en letras en la Escuela Normal de Profesores "Mariano Acosta" de Buenos Aires.
Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que ya casi es presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de Escuela Normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue. Y que la lectura de estas líneas –que no tiene la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.
Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro tiende hasta la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.
Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.
Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.
Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores. Y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.
¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?
Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo «cultura» ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era –y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres... Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre - tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger - no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad. 
Así tiene que ser el maestro. Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿Bastaron cuatro años de Escuela Normal para hacer del maestro un hombre culto?
No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba «largo estudio»; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo: el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.
La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.
El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas
de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.
Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.
Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin
sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.
Julio Cortázar [1]
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JULIO CORTÁZAR, UN MAESTRO QUE HACÍA PENSAR Y RAZONAR

BUENOS AIRES (EFE).- El legado de Julio Cortázar no se limita a la literatura, antiguos alumnos del genial escritor argentino, como Adelina Dematti, recordaron ayer, en el centenario de su nacimiento, las lecciones del maestro de su escuela, la cara menos conocida del autor de “Rayuela”. 
Un día de 1944, Cortázar tomó el tren para dejar Chivilcoy, la localidad bonaerense donde había ejercido como maestro durante cinco años, dejando atrás a decenas de alumnos que no podían imaginar que llegaría a la cumbre de la literatura en castellano.
Ayer, en el centenario de don Julio, un grupo de aquellos alumnos de la Escuela Normal Mixta "Domingo Faustino Sarmiento", volvieron a la Plaza de España de Chivilcoy para recordar a su maestro de historia, mientras en el resto del país, con Buenos Aires a la cabeza, se realizan homenajes en su memoria.
Adelina Dematti, una de sus alumnas y hoy miembro de Madres de Plaza de Mayo, recuerda que recibieron con tristeza la noticia de la despedida de su profesor, que vivió en Chivilcoy entre 1939 y 1944, antes de marcharse a Mendoza (oeste), también para dar clase. [2]
“Los más arriesgados, porque teníamos una directora que era una bruja, pedimos que nos dejaran ir a despedirlo a la estación. El único medio que se usaba entonces era el tren que iba desde Chivilcoy a Buenos Aires. No nos dio permiso. Teníamos nada más que cruzar la Plaza España en diagonal y aún me molesta”, explica.
“Llorábamos todas las chicas, era un velatorio en el patio de la escuela”, agrega Dematti, que recuerda a Cortázar como un hombre “particular” hasta en su aspecto físico, “tan alto, con cabeza chiquita” y con la barba tan perfectamente afeitada que corría el rumor de que era lampiño. “Creo que cada uno de nosotros, que lo habíamos visto en esa época y empezamos a verlo con barba en las fotos de Francia, no lo podíamos creer… Hasta se comentó que se hizo tratamientos”, bromea.
Cortázar, que enseñó historia, geografía e instrucción cívica en la escuela de Chivilcoy, “tenía una característica que nos tenía apasionados (…), nos fastidiaba cuando escuchábamos el timbre porque dejábamos de escucharlo. Y él no era nadie, era Julio Florencio Cortázar, profesor de historia, punto”, relata. [3]
Dematti le recuerda entrando en clase y acomodándose con los codos en el ventanal, con la libreta en la mano para pedir la lección a alguno de los 40 alumnos de la clase.
Era un profesor “muy exigente” pero también el único que realmente “hacía pensar” a los alumnos, según relata Dematti, que volvió a ver a Cortázar muchos años después, en París, cuando ya integraba las Madres de Plaza de Mayo y buscaba a su hijo desaparecido por fuerzas de la dictadura militar argentina (1976-1983)
“Voy a París en 1979 y le contacté por teléfono. Yo me presenté diciendo ‘me llamo Adelina Dematti, fui alumna tuya en la Escuela Normal de Chivilcoy, pero no es de eso que te quiero hablar. Soy una Madre de Plaza de Mayo’. Él hizo como un grito y dijo ‘ay, te quiero ver’”, recuerda en su conversación.
“Mi gran dolor que él no pudiera cumplir lo que se había propuesto, que era morir en su tierra…”, lamenta. [4] [...]

NOTAS:
[1] Publicado originalmente en Revista Argentina, publicación mensual de los alumnos de la Escuela Normal de Chivilcoy, Chivilcoy, Nº 31, 20 de diciembre de 1939. Reimpreso en CORTAZAR, Julio: Papeles Inesperados, Edición Póstuma, 2009, Alfaguara.
[2] En 1932, después de intentar viajar sin éxito a Francia camuflado en los trastos de un buque de carga, junto a algunos amigos, Julio Cortázar se recibe como Maestro Normal de la Escuela "Mariano Acosta". En 1935, se recibe como Maestro Normal en Letras. Enseñó en la escuela San Carlos de la ciudad de Bolívar desde el 31 de mayo de 1937 al 31 de julio de 1939. Luego en la Escuela Normal de Chivilcoy como titular de Historia, Geografía e Instrucción Cívica, del 22 de agosto de 1939 hasta julio de 1944.
[3] En ‘Julio Cortázar, la biografía’ del escritor argentino Mario Goloboff, existe alguna anécdota bellísima sobre su tiempo como profesor:
"Un día, mientras los alumnos de la escuelita en Chivilcoy se formaban en el patio, alguien le arrojó algo al director del colegio mientras pronunciaba su discurso. Éste bajó y se dirigió hacia el grupo de niños del que había salido el proyectil, les gritó y les exigió señalaran o dijeran el nombre de quien había tirado aquella cosa. Pero ninguno de los niños dijo nada. No se movieron. Uno a uno, los profesores de la escuelita interrogaron a los alumnos, pero nadie dijo una sola palabra. Decidieron entonces castigarlos a todos, llevándolos a un salón. En ese momento, llegó el profesor Cortázar, y les dio a los chicos una lección sobre lo que era respeto y lo que era complicidad. Minutos más tarde, un niño se separó de la fila, se acercó a su profesor y asumió la responsabilidad del incidente."
[4] Mendoza, 29 de julio de 1944. "Mis últimas semanas en Chivilcoy fueron harto penosas. Los grupos nacionalistas locales me lanzaron una bruloteada salvaje, y cierta vez que volvía yo inocentemente como de costumbre a hacerme cargo de mis cursos, amigos fieles me avisaron que me acusaban (“vox populi”) de los siguientes graves delitos: a) escaso fervor gubernista; b) comunismo; c) ateísmo. ¿Fundamentos? De a): que mis clases alusivas a la revolución (tuve que dictar tres) habían sido altamente frías, llenas de reticencias y de reservas; de b): quien incurre en a) entonces es b); de c): en ocasión de la visita del obispo de Mercedes a la Escuela Normal, yo había sido el único profesor -sobre 25 más o menos- que no besé el anillo de Monseñor (¡prueba irrefutable!)." Fragmento de Carta a Mercedes Arias, amiga de Bolívar (Pcia. de Buenos Aires) durante su estadía en Mendoza como profesor de la Universidad Nacional de Cuyo

FUENTES 
Miércoles, 27 de agosto de 2014 - Edición impresa 
http://yucatan.com.mx/imagen/arte-y-cultura/julio-cortazar-un-maestro-que-hacia-pensar-y-razonar 
http://blogs.elespectador.com/papeles-desordenados/2013/02/12/julio-cortazar-profesor/
http://www.destiempos.com/2006/03/juilo-cortzar.html
http://www.ecbloguer.com/prensaescuela/
Publicado por Raquel Gail para Archivo Histórico de la Escuela Normal de Quilmes el 8/28/2014 07:58:00 p.m.

lunes, 25 de agosto de 2014

SIEMPRE CORTAZAR...

Tenía 14 años cuando leí por primera vez a Cortázar. Era 1960. "Bestiario". Fue un regalo que me hizo para mi cumpleaños
Carmen Mandile, amiga de mi madre, quien como integrante de la comisión directiva de la Biblioteca Popular Pedro Goyena acababa de leer el libro que alguien donó a esa institución recientemente creada y le pareció exacto para mi pasión lectora.  Yo no conocía al autor, nunca lo había sentido nombrar, creo. Tres cuentos de ese libro cambiaron mi salvaje y desordenado gusto por la lectura: Casa Tomada, Circe y Bestiario. Eso fue suficiente para correr a la librería "El Inglés" y pedí a sus dueños Alicia Bornand y su esposo Osvaldo Carbone, más de ese tal Cortázar. Prometieron traérmelo a la brevedad y así llegué a "Final del juego" y "Las armas secretas". En la librería Sarmiento, encontré y navegué luego con "Los premios" y de allí salté por largo tiempo a "Rayuela", que fue libro de viaje, pues en 1964, viajé a Venezuela donde permanecí poco más de un año y durante todo ese tiempo leí "Rayuela" en todas las posibilidades que habilita.
Este año, en el Centenario del nacimiento de Cortázar y a 30 años de su fallecimiento, hacen 54 años que sigo leyendo sus siempre últimas obras literarias... cuando releo todo lo que leí de Julio... y leí todo...
Van dos textos de "Rayuela":



TESTIMONIO

“Contrariamente al estrecho criterio de muchos que confunden literatura con pedagogía, literatura con enseñanza, literatura con adoctrinamiento ideológico, un escritor revolucionario tiene todo el derecho de dirigirse a un lector mucho más complejo, mucho más exigente en materia espiritual de lo que imagi­nan los escritores y los críticos improvisados por las circunstancias y convencidos de que su mundo personal es el único mundo existente, de que las preocupaciones del momento son las únicas preocupaciones válidas (...). ¡Cuidado con la fácil demagogia de exigir una literatura accesible a todo el mundo! Muchos de los que la apoyan no, tienen otra razón para hacerlo que la de su evidente incapacidad para comprender una literatura de mayor, alcance. Piden clamorosamente temas popula­res, sin sospechar que muchas veces el lector, por más sencillo que sea, distinguirá instintivamente entre un cuento popular mal escrito y un cuento más difícil y complejo pero que lo obligará a salir por un momento de su pequeño mundo circundante y le mostrará otra
cosa, sea lo que sea, pero otra cosa, algo diferente, Por supuesto, sería ingenuo creer que toda gran obra puede ser comprendida y admirada por las gentes sencillas; no es así, y no puede serlo.
Pero la admiración que provocan las tragedias griegas o las de Shakespeare, el interés apasionado que despiertan muchos cuentos y novelas nada sencillos ni accesibles, debería hacer sospechar a los partidarios del mal llamado “arte popular” que su noción de pueblo es parcial, injusta, y en último término peligrosa. No se le hace ningún favor al pueblo si se le propone una literatura que pueda asimilar sin esfuerzo, pasivamente, como quien va al cine a ver películas de cowboys. Lo que hay que hacer es educarlo, y eso es en una primera etapa tarea pedagógica y no literaria. Tal posición — vale anotarlo — coincide exactamente con la que planteó y defendió Vladimir Maiakóvski en su poema “Mássam niéponiátnó” (“incomprensible a las masas”, 1927) y en el texto teórico “Los obreros y los campesinos no comprenden lo que usted dice” (1928)
Revista Casa de las Américas, Nº 15/16, 1962/63

                                     OTRO AMOR
“Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque las sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la
posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpos de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (como te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos, las sábanas y los auto­buses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusíer van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto por­que todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos colorea­dos, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdóname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fíjate. Pero fíjate bien, porque no es gratuito.” Cortazar, J. “Rayuela”.Cap. 93) 
Chalo Agnelli