viernes, 18 de abril de 2014

EL DISCURSO COMPLETO DE GABO EN 1982, DURANTE LA ACEPTACIÓN DEL NOBEL DE LITERATURA



Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.


 Gabriel García Márquez
Estocolmo, Suecia, 1982

TRIBUTO A GABO - LOS LIBROS DICEN DEL HOMBRE QUE LOS ESCRIBE Y DE QUIEN LOS LEE



¡Qué maravilla! Cuando tanto se repite que ya no se lee, sin embargo, cuando muere una hombre de los que escribe - ‘de los que Escribe’ - todos los medios de comunicación, desde los de papel, los electrónicos, radio y televisión, hasta en el almacén y la panadería, se comenta sobre este hombre – `este Hombre` -. Quizá un gran porcentaje de los que habla sobre esta muerte no lo leyeron, pero también una muerte es motivación a la Lectura.
  
“… cuando volví a este pueblo olvidado tratando de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria.” Crónica de una muerte anunciada” Gabriel García Márquez. 

“… y la dejó dos veces desnuda en su cuerpo magnífico de recién nacida. Ella le preguntó con el alma hecha trizas si de veras la amaba, y él le contestó con la misma frase ritual que a lo largo de su vida había ido regando sin piedad en tantos corazones: - Más que a nadie jamás en este mundo”El general en su laberinto” Gabriel García Márquez


“El frío fue más intenso en las horas de la madrugada y me parecía que mi cuerpo se había vuelto resplandeciente con todo el sol de la tarde incrustado debajo de la piel” […] “No amaneció lentamente, como en la tierra. El cielo se puso pálido, desaparecieron las primeras estrellas y yo seguía mirando primero el reloj y luego el horizonte.” “Relato de un náufrago” G. G. Márquez. 

“Esto me reveló, además, una condición de los adultos que había de serme muy útil como escritor: cada quien lo contaba con detalles nuevos, añadidos por su cuenta, hasta el punto de que las diversas versiones terminaban por ser distintas de la original.” […] “… porque aprecio el llanto reprimido como un recurso infalible de las grandes mujeres para forzar sus propósitos.” ”Vivir para contarla” G. G. Márquez. 


“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” […]“Fermina Daza estaba en la cocina probando la sopa para la cena, cuando oyó el grito de horror de Digna Pardo y el alboroto de la servidumbre de la casa y enseguida el del vecindario. Tiró la cuchara de probar y trató de correr como pudo con el peso invencible de su edad, gritando como una loca sin saber todavía lo que pasaba bajo las frondas del mango, y el corazón le saltó en astillas cuando vio a su hombre tendido bocarriba en el lodo, ya muerto en vida, pero resistiéndose todavía un último minuto al coletazo final de la muerte para que ella tuviera tiempo de llegar. Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y mas agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común alcanzó a decirle en el último aliento: - Sólo Dios sabe cuánto te quise.” “El amor en los tiempos del cólera” G.G.Márquez



“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda”

LOS LIBROS DICEN DEL HOMBRE 
No recuerdo todo lo que he leído, pero estoy seguro que todas las palabras que incorporé a mi cerebro me hicieron lo que soy: malo o bueno… malo y bueno… La deuda que tenemos con los grandes escritores es leernos a nosotros mismos en sus escritos, conocernos, aprendernos y aprehendernos, descubrirnos, entendernos con mayor claridad y precisión, sabernos, comprendernos, perdonarnos, arrepentirnos y emocionarnos de y por nuestras propias acciones, grandes o pequeñas, públicas y secretas. Soy un gran inversionista en libros. La lectura completó mi Ser. La lectura para mí también fue terapia y confesionario. La lectura fue una amiga incondicional. La lectura me dio la oportunidad de conocer casi todo el planeta -¡Todo! - de vivir muchas vidas, muchas más que la mía propia que será minúscula, microscópica en la inmensidad de la historia humana, y por esto la muerte no será para mí más que un libro que se cierra, pero sin la maravillosa oportunidad de que inmediatamente comenzaré otro… Efectivamente, los libros de cada autor dice de él y dicen del lector mismo. Ch.Agnelli


martes, 15 de abril de 2014

TRES RELATOS SENCILLOS PARA LEER EN VOZ ALTA (DE NIDIA PRESSÓN)




E
ra muy tarde, el barrio en silencio, una noche muy clara donde la luna dejaba ver hasta el más ínfimo detalle...
La vida los colocó frente a frente, así de golpe. Tanto uno
como el otro tuvo tiempo para pensar, por eso no hubo reacción inmediata de ninguno. A pesar de los veinte años transcurridos poco habían cambiado físicamente. Uno muy alto y robusto, tenía menos pelo; el otro estaba canoso. Ambos poseían un rostro tan parecido que en las fotografías eran fáciles de confundir...
Los dos recordaron la escena que los alejó. Fue esa noche, la que sus mujeres discutieron. Ellos se involucraron y esa sangre caliente que corría por sus venas hizo que se dijeran cosas terribles.
El irse fue casi una huida. Los dos estaban indignados y con un rencor que mantuvo la distancia. Pese a que vivían a pocos kilómetros nunca se habían encontrado. Poco a poco fueron perdiendo todo, hasta las mujeres por las que discutieron.
Ahora ¿Por qué se encontraron? Iban a demoler la casa donde se habían criado, ese lugar amado, poblado de recuerdos felices y de los otros, que ya no venían al caso. Fue como una cita del destino. Esa noche llegaron y se vieron, se midieron, pero los recuerdos fueron, una película veloz. Dieron un paso al mismo tiempo y chocaron con el pequeño cerco, ese que muchas veces habían podado. Casi se caen, pero el fuerte abrazo los mantuvo en pie y los dos supieron que a partir de ese instante no volverían a alejarse jamás...Así, apretados, sintieron que nada ya podría separarlos.

SOLA

S
on las diez de la mañana. Me acabo de despertar. No sé que pasó ¿Soñé, o tal vez sucedió esto que me tiene tan mal?
Javier no pudo haberse ido. Aún tenía tantas cosas que decirte… ¿Con quién podré compartir mis horas, mis días...?

Ya es mediodía, el sol alumbra toda la casa y me pregunto: ¿Qué preparo para almorzar? Hay poco en la heladera, bueno, me arreglo

con lo que tengo después de todo… ¿A quién le voy a cocinar...?

Ya son las cuatro de la tarde. Parece que el tiempo no pasa. Encenderé la estufa, está refrescando. Pobre Javier ¿Dónde andará? Él sabe que me preocupo, que estoy pendiente del tiempo, de los peligros, de la comida. ¡¡Pero como no estarlo!!...
¿Qué será de él…  y también mí? ¡No se pueden vivir tantos años juntos y de pronto esto...no basta con cerrar las puertas!

Oscureció. Sigo con la mirada fíjada en la puerta. Ya me están ardiendo los ojos de tanto fijar la vista. Desde la puerta, por momentos parece que emanan sonidos y me levanto, voy a ver y...nada. ¿Qué hora es? Es tarde, nunca me pasó esto de esperar así con tanta angustia... ¿Qué te alejó de mi lado?

Las once de la noche y sigo esperando. No tengo a quién llamar. ¿Salir a buscarlo...? ¿Adónde? ¿¡Vaya saber por donde andará!? ¿Tendrá otra que lo acaricie como yo, que lo quiera, que se preocupe, que le de calor de amor?

Acabo de escuchar el reloj de la otra cuadra; el de la iglesia ¿Fueron una o dos campanadas? Es tarde ... ¿Cómo pasa la hora esperando tu regreso… Parque… Vas a volver ¿No? No pierdo la esperanza. Me puse a tejer un lindo abrigo, ya que comienza el invierno y por lo visto será muy crudo.

¡¡Ay!! ¡Ese ruido en el zaguán! ¡Es él, sííí! ¡¡¡Ya volvió!!!... Claro, te fuiste a revolcar por ahí, total yo soy la que me amargo pensando si vas a volver… bueno deja de maullar que ya te traigo el bofe...Y te anticipo que yo no me quiero angustiar más… mañana te castro.
¡CHAU BUZÓN...!

ESCENOGRAFÍA: Una ventana a la calle. Se abre.
ACCIÓN: (Aparece Juan José, 71 años. Mira hacia ambos lados)
JUAN JOSÉ - ¡¡Cómo se extraña!! No verlo me parece mentira. Rojo. Se destacaba en esa esquina (Señala). Allí no sólo se
despachaba todo tipo de correspondencia, sino también para la reunión de la “barra”; donde acostumbrábamos a hablar de todo: fútbol, minas, baile; desde donde piropeábamos a las bellezas del barrio. Después, la hora de comer y cada uno a su casa con la consabida cita del día siguiente.
Avanzada la noche y siempre lo abrazaba don Antonio, de regreso a su morada, luego de la larga parada en el bar. Allí, el vigilante bajaba de la garita para acompañarlo a su casa. Allí, recuerdo que jugábamos con los chicos a “vigilantes y ladrones”… ¡Cómo usábamos al “colorado” para escondemos!
Ella tenía dieciséis años cuando la ví venir. Se me apuró el corazón. Yo tenía veintiuno. Ese día no pasó de largo, se detuvo a mí lado y de su cartera extrajo un sobre. Me pidió permiso con una sonrisa y yo me hice a un lado. Cuando depósito la misiva, aproveché y le dije: ‘me llamo Juan José’ y escuché muy bajito ‘Eugenia’.
… … …
Todo me vino a la memoria cuando abrí la ventana y quedé petrificado… ¡Se llevaban el buzón! Ese buzón al que nunca antes le había dado importancia…
(Voz de mujer en off) ¡Juan José, cerrá la ventana! ¡Hace frío!
JUAN JOSÉ – (Nostálgico) Sí, Eugenia. Ya cierro. ¿Vieja está el mate? (cierra)

FIN
Por Nidia Pressón

jueves, 10 de abril de 2014

LA TÍA CAROLA ... DE MABEL ENRIQUEZ


- I -

He pensado muchas formas de empezar este relato y recurrentemente aparecían en mi cabeza, los pies de tía Carola.
Me parece impropio comenzar la historia de una vida maravillosa y ejemplar por los pies, pero la insistencia de esta imagen casi fotográfica en mi mente, no me dejó alternativa.
Y en este mismo momento, los estoy viendo, regordetes, con los tobillos hinchados, de piel un poco rojiza y lustrosa y en unos zapatos negros, clásicos, de taco algo fino mas ó menos de cinco centímetros.
Cuando llegábamos a su casa de la calle Brown y venía a recibirnos, producía un sonido especial con sus pasos titubeantes. Lo primero que veía a través de los visillos de la puerta cancel, eran sus pies, pedestal de un cuerpo redondeado. Sus brazos, al igual que sus piernas, como envasados en una piel de seda, que la cubría a toda ella. Cabellos dorados (teñidos) una mirada que era un torrente de bondad y una nariz recta y pronunciada.
Hoy no puedo precisar que edad realmente tendría en el tiempo en que me salta esta imagen, porque los parámetros de comparación cambian con la edad del que compara.
Sí, puedo hablar de edades, con respecto al comienzo de esta historia, por lo que siempre me contaron.
Mi abuelita de sangre, llamada Juana, ya tenía seis hijos en 1910, mi mamá, era la menor y tenía en marzo de ese año, dos años y cuatro meses.
Mi abuelita estaba en ese momento yendo a tener su hijo número siete. Nació una nena y ella, murió después del parto.
Tía Carola, su hermana, tenía entonces veintitrés años; sí veintitrés.
La joven tía Carola era soltera y tenía en ese momento un joven músico que le “arrastraba el ala”, como se decía en aquellos tiempos.
Se hizo cargo de sus siete sobrinos; la última recién nacida, a la que llamaron Juana en honor a su mamá fallecida; y el mayor, Armando, de catorce años. También en cierta forma, se hizo cargo de mi abuelito José Raris, gallego, cuyo único pariente en Argentina era su hermano Juan, mi querido “tío Juan chiquito” que en ese entonces, estaba siempre lejos porque trabajaba en cuadrillas viales en distintos puntos del país. Tía Carola, le hizo a mi abuelito José un lugar en la casa y por lo menos así, no se vio obligado a separarse de sus hijos; cosa que le hubiese agregado un dolor más.
En el pueblo de Quilmes, en 1910, todos se conocían; y alguien (nunca supe quién) que valoró los méritos de esa joven  mujer y que también debe haber presentido los apremios económicos que se podrían presentar con tantos chicos, la nombró “jefa de la unión telefónica” y le ofreció una vivienda anexada a las oficinas de la telefonía. Esa casa, que recuerdo mucho, con gran placer y nostalgia, estaba ubicada en la calle Lavalle entre Alem y Rivadavia, en pleno centro de Quilmes, sobre un lote muy ancho y no demasiado profundo.
Tenía dos entradas, sobre la línea municipal. La de la izquierda, daba directamente a la oficina, en la que atendían dos o tres empleadas telefonistas, con una pared llena de conmutadores en los que se enchufaban unos cables con un conector de metal en cada uno, que les permitía hablar con los distintos números requeridos.
Por la puerta de la derecha se accedía a la casa familiar, tipo “casa chorizo” pero en “ele” con muchas habitaciones que daban todas a una galería, con jardín adelante. La habitación que estaba en el ángulo era la más grande y allí estaba el comedor principal y en la punta de la galería estaba la cocina de piso colorado y un fogón.
Al final otro jardín, del que recuerdo los helechos y unas cuantas macetas encajadas en unos soportes triangulares de hierro redondo con tres patas.
A veces me extraña recordar tanto de esa casa de la que se mudaron cuando yo era muy chica, tendría cuatro o cinco años; y por supuesto de la misma forma o más intensamente aún, recuerdo la otra casa a la que se mudaron, en Brown casi Garibaldi. 
En esa casa con zaguán es en la que recuerdo los pies de tía Carola, sobre el piso color ocre del living.


- II -

Tengo que volver, si o si, al tiempo que transcurrió en la casa de la Unión Telefónica en la calle Lavalle, porque allí se desenvolvió la mayor parte de la obra de amor puro de tía Carola; madre y abuela en realidad, aunque todos la sigan llamando tía.
Ella, sola, con veintitrés años, los hizo estudiar y les inculcó la honestidad y el amor al prójimo, con la palabra y esencialmente con su ejemplo. Pero hubo dos episodios que en su momento, alteraron la rutina de una crianza normal. Antes de contarles estos episodios debo hacer una descripción de la cuadra y de algunos vecinos. En la vereda de enfrente había dos casas en las que vivían familias muy distinguidas. En una de ellas, un alto ejecutivo de la Cervecería. Aparte de su familia, lo que más me llamaba la atención: tenían un auto muy importante siempre  lustroso y con chofer;  y lo más llamativo era justamente el chofer, un hombre muy agradable, algo ceremonioso y con impecable uniforme gris. Con  pantalones como breechs  y  con botas y gorra. Un personaje. En la casa de al lado, con zaguán de mármol y una puerta pesada y lustrosa vivía una familia también de buen pasar con dos o tres empleadas. 
Tío Tito, el menor de los varones. Un buen día, sin explicaciones, desapareció de la casa. Tendría once o doce años. Nadie sabía adonde podría haber ido. Lo veían conversar a veces con algunos peones de campo que transportaban mercaderías en unas chatas con varios caballos. Todos sospecharon que se podría haber ido con ellos a trabajar en el campo. Esto duró cinco ó seis años, nadie traía noticias o comentaba haberlo visto.
De pronto apareció en Avellaneda, en una barraca que regenteaban abuelito José y tío Armando. Llegó, sabiendo bien adonde iba, llevando una gran carga de lanas y cueros que habían comprado justamente en esa barraca. En una enorme chata con seis caballos que manejaba con la mayor destreza. La emoción y la alegría de este encuentro, tanto de la familia como de él, fueron indescriptibles. Se quedó y formó parte del plantel de la barraca. Ya no se separaron nunca más. Y la vida siguió desarrollándose con mucha unión entre hermanos, transcurriendo sus vidas entre estudios, trabajo y romances. Y ya que me refiero a romances, no puedo omitir que hacía rato, que el músico pretendiente de tía Carola ya era su novio formal y había creado y dirigía, para ese entonces, la orquesta sinfónica de Quilmes (1934) que llegó a tener cuarenta y cinco músicos fijos. El siempre decía  que a Quilmes había que conocerla, no sólo por la cerveza. El fue el maestro Leonardo J. Gay, quien la visitaba todas las tardes. Nunca se llegaron a casar porque siempre estaba su novia criando sobrinos. Tengo de él el recuerdo más hermoso y mi admiración. Admiración que se acrecentaba domingo a domingo cuando íbamos en familia a verlo dirigir los conciertos.
Tío Héctor, un ser especial, simpático, buenísimo, cómico, pícaro y siempre alegre, parece ser que a menudo cruzaba la calle y  en ese zaguán de mármol, visitaba a una linda, muy simpática y querendona correntina llamada Luisa que trabajaba en esa casa. Vaya a saber porque extraño sortilegio, Luisa quedó embarazada y como era  en esos tiempos considerado el respeto y el honor, se casaron. Tuvieron cinco hijos. Primero nació mi querida prima Edith, con la que nos llevamos pocos meses. El segundo en nacer, tuvo algunas dificultades de salud y al ir naciendo otros hermanitos la situación se complicó. Entonces tía Carola se hizo cargo de Edith. Es decir que empezó a renovarse el grupo de sobrinos-hijos a su cargo.
Además de tío Héctor, sus otros hermanos  Armando, Julio, Tito y Ramón, se fueron casando, menos tía Juana. Todos, los que hicieron el secundario se recibieron y los que no, trabajaban. Mi mamá se casó en diciembre de1933, con una fiesta memorable, según comentarios, realizada en esa casa de la calle Lavalle. Allí también en 1935 festejaron mi bautismo. Cualquiera pensaría que la casa iba quedando vacía. Pero no fue así. El destino no lo quiso y tía Carola  acató su mandato.
Mabel Enríquez

FOTOS
Foto 1.- Acera SE de Garabaldi e/ Mitre y Garibaldi
Foto 2.- La silla de Van Goth
Foto 3.- Carola Giani y el maestro Leonardo Gay
Foto 4.- A la hora del te...
Foto 5.- El músico y director de orquesta don Leonardo Gay
Foto 6.- Gaboto y Rivadavia. En la esquina el quiosco de Canessa... las bicicletas sin cadenas... 1960 (circa) Gentileza Ítalo Nonna.

miércoles, 9 de abril de 2014

LAS COSAS PEQUEÑAS... Juan Luis Gallardo



Celebro la grandeza de las cosas pequeñas,
de las cosas triviales, sencillas, hogareñas.
Quisiera que este verso fuera un canto de gesta
que exalte las hazañas de la gente modesta.
Quisiera que este verso fuera un himno discreto
que exalte al hombre medio, responsable y concreto.
Quisiera que este verso resulte una balada
que exalte al hombre honrado y a la mujer honrada.
Celebro la batalla de apariencia anodina
que se libra en los campos de la diaria rutina.
Celebro a tanta gente que empieza la jornada
levantándose alegre en plena madrugada.
Celebro ese gobierno que ejercen las mujeres
y que los formularios definen: sus quehaceres.
Gobierno que se inicia cuando encienden puntuales
en sus casas dormidas los fuegos matinales.
Celebro los aromas que inundan la cocina:
celebro la fragancia del café y de la harina.
Celebro cada gesto, celebro cada frase,
preparando los hijos cuando salen a clase:
que ajustar la corbata, que observar los detalles,
recomendar cuidado para cruzar las calles.
Y celebro a los chicos con delantales blancos
cuando escuchan atentos sentados en sus bancos.

 Celebro las lecciones sabidas a conciencia,
los triángulos, los mapas pintados con paciencia.
Celebro la epopeya del trabajo bien hecho,
del horario completo, del deber satisfecho.
Celebro las proezas del último escribiente
que no demora el curso que sigue un expediente.
Celebro la respuesta simpática y precisa.
Celebro la fatiga detrás de una sonrisa.
Celebro la tarea comenzada y concluida.
Celebro la herramienta que se limpia y se cuida.
Celebro a quien mensura los alcances de un riesgo
cuando avanza prudente por atajos al sesgo.
Y celebro asimismo la decisión valiente
que lleva en ocasiones a jugarse de frente.
Celebro la costumbre de decir la verdad.
Celebro la constancia. Celebro la amistad.
Celebro la finura de esa ayuda encubierta
que se presta de modo que ninguno lo advierta.
Celebro los escritos con renglones prolijos.
Y celebro el coraje de tener muchos hijos.
Celebro que se cumplan los acuerdos verbales.
Celebro la clemencia de los buenos modales.
Celebro al funcionario que cumple sus funciones.
Y celebro al vecino que riega sus malvones.
Celebro a quien comparte la pesadumbre ajena.
Celebro a quien festeja la dulce Nochebuena.
Celebro al vigilante, celebro al carpintero.
Celebro el trato franco y el amor verdadero.
Celebro las parejas de novios que en verano
caminan por los parques tomados de la mano.
Y celebro el cariño de mujer y marido
cuando llevan ya un largo camino recorrido.
Celebro los abuelos que ríen con sus nietos.
Celebro a quienes saben mantener los secretos.
Celebro al hombre humilde que construye un país:
del árbol florecido celebro la raíz.
Celebro a los que pisan con firmeza en el suelo
mientras alzan confiados sus ojos al cielo.
Y concluyo este verso con el párrafo aquel:
“quien es fiel en lo poco será en lo mucho fiel”

Juan Luis Gallardo

POR LAS VEREDAS DE BERNAL Y OTROS SENDEROS… DE MABEL ENRÍQUEZ (COLABORACIÓN)


 En mi vereda había solamente tres casas en toda la cuadra: la de Nelly, la del gallego Blanco y la nuestra; el resto eran baldíos, con cercos de alambre tejido, con enredaderas de campanillas y madreselvas.
Las veredas de tierra, bordeadas con yuyos; para mí, con mis casi cinco años, eran un jardín silvestre, con tréboles con sus flores, unos pomponcitos blancos, los plumerillos y unas pequeñas margaritas, que mi mamá decía señalándomelas ¡cuidado con los bichos colorados!
La calle, de tierra, estaba como 50 ó 60 cms. más baja que las veredas y tenía huellas más ó menos profundas que dejaban los carros. En cada esquina, atravesando la calle, unos enormes adoquines, nos permitían cruzar cuando llovía y era todo barro.
Los aromas, sabores y sonidos de la naturaleza se disfrutaban a pleno. La tierra mojada; aroma inolvidable y hoy casi desconocido, también el olor del pasto recién cortado y hablando de sabores, cómo saboreábamos el juguito de las madreselvas y de algunos pastitos, que nos gustaban a todos los chicos.
Y en cuanto a los sonidos, el canto de los gallos al amanecer, los trinos de otros muchos pajaritos y del canario; que había en casi todas las casas que ellos alegraban.

Como yo había tenido poliomielitis cuando tenía once meses, mis padres, cuidaban en extremo mi salud; y el pediatra, el muy querido Paco Peña (amigo de mi papá), médico de los de antes; de esos que iban a tu casa a las tres de la madrugada, aunque diluviara, si era necesario; les había aconsejado que me dejaran estar en contacto con la tierra, con las plantas y al aire libre.
Eso me hizo ¡tan bien! Nos mudamos del departamento a la casa; todo me parecía un sueño: jardín, patio, fondo, árboles frutales, flores.
Una gente amiga, había comprado un lote que formaba una “L” con el nuestro y le dijeron a mis padres que si lo cercaban lo usaran, pues ellos lo habían comprado como inversión. Este lote tenía 10 m. de frente por 40 de fondo, así que allí tuvimos gallinas, quinta y en el fondo del lote un rincón entrañable; que había creado mi viejo, para que yo jugara con mis amiguitas.
Había formado con arbustos de castor, un círculo de unos seis metros de diámetro y a medida que los castores (cuyas hojas y frutos eran de un tono rojizo) iban creciendo, unía sus ramas arriba y la naturaleza nos iba tejiendo un techo.
A este rincón lo llamábamos “la estancia de Don Justino”, que era el nombre de mi papi. El piso era de tierra y mi mamá lo mantenía rastrillado y barrido ¡que no fuera a aparecer ningún bicho! No obstante estos cuidados, a nosotras nos encantaba observar a los escarabajos, los “bicho-canasto”, los sapos y las lombrices, que salían a montones al escarbar la tierra.
¿Y las gallinas? ¡Como se hacían de gordas para abarcar y calentar todos los huevos cuando empollaban! Y después…. ¡ver nacer a los pollitos! ¡Que emoción!, mirar expectantes como se iba resquebrajando la cáscara del huevo y aparecía el piquito y después el pollito entero, que en ese momento no era lindo, salía todo pegoteado; pero al día siguiente, Dios mío, que hermosura. En el nido había unos cuantos, que parecían copitos amarillos y de vez en cuando alguno negro.
A mis amigas y a mí, que ya teníamos 6 ó 7 años, esto nos parecía un milagro y nos llenaba de amor y ternura. Quizás se estaban despertando nuestros primeros e indescifrables instintos maternales.
Quiero, en un próximo relato, describir como era la parte de la quinta que había que atravesar, para llegar a la estancia de Don Justino; esa parte estaba cultivada por tío Juan que vivía con nosotros y por mi papá (mi hermanito y yo ayudábamos regando); también contarles cómo se veía la medianera, tapizada con arvejillas y algunos rincones con calas.
En capítulo aparte, quiero recordar como era el barrio, que estaba creciendo y en especial mi casa parecida a muchas otras; y los alemanes, que eran muchos de lo vecinos, con su prolijidad, sus cortinitas y sus aromas a galletitas recién horneadas; la verdulería de Pipo y el almacén que atendía “el bolichero”; los servicios a domicilio: el lechero, el hielero y el panadero y un verdulero que pasaba una vez por semana y que cantaba gritando: ¡a 30 el kilo de uva! ¡Uva fresca a 30 el kilo!, todavía me parece escucharlo. Un recuerdo especial para mi patio, cuando oscurecía, en verano y florecían las “dama de noche” (se abrían al anochecer, de ahí su nombre) y un recuerdo especial para la pileta de lavar la ropa, de cemento, grandota y que cuando había algún festejo se llenaba con hielo en barra para enfriar las bebidas. Deseo también hablarles de los yuyos y de todo lo que me hace pensar el observarlos.
Son tantos los recuerdos que marcaron mi infancia con una naturalidad maravillosa que dejaré para más adelante el relato, para no aburrirlos.

Mabel Enríquez

En Facebook, 7 de abril de 2014 22:21