martes, 15 de abril de 2014

TRES RELATOS SENCILLOS PARA LEER EN VOZ ALTA (DE NIDIA PRESSÓN)




E
ra muy tarde, el barrio en silencio, una noche muy clara donde la luna dejaba ver hasta el más ínfimo detalle...
La vida los colocó frente a frente, así de golpe. Tanto uno
como el otro tuvo tiempo para pensar, por eso no hubo reacción inmediata de ninguno. A pesar de los veinte años transcurridos poco habían cambiado físicamente. Uno muy alto y robusto, tenía menos pelo; el otro estaba canoso. Ambos poseían un rostro tan parecido que en las fotografías eran fáciles de confundir...
Los dos recordaron la escena que los alejó. Fue esa noche, la que sus mujeres discutieron. Ellos se involucraron y esa sangre caliente que corría por sus venas hizo que se dijeran cosas terribles.
El irse fue casi una huida. Los dos estaban indignados y con un rencor que mantuvo la distancia. Pese a que vivían a pocos kilómetros nunca se habían encontrado. Poco a poco fueron perdiendo todo, hasta las mujeres por las que discutieron.
Ahora ¿Por qué se encontraron? Iban a demoler la casa donde se habían criado, ese lugar amado, poblado de recuerdos felices y de los otros, que ya no venían al caso. Fue como una cita del destino. Esa noche llegaron y se vieron, se midieron, pero los recuerdos fueron, una película veloz. Dieron un paso al mismo tiempo y chocaron con el pequeño cerco, ese que muchas veces habían podado. Casi se caen, pero el fuerte abrazo los mantuvo en pie y los dos supieron que a partir de ese instante no volverían a alejarse jamás...Así, apretados, sintieron que nada ya podría separarlos.

SOLA

S
on las diez de la mañana. Me acabo de despertar. No sé que pasó ¿Soñé, o tal vez sucedió esto que me tiene tan mal?
Javier no pudo haberse ido. Aún tenía tantas cosas que decirte… ¿Con quién podré compartir mis horas, mis días...?

Ya es mediodía, el sol alumbra toda la casa y me pregunto: ¿Qué preparo para almorzar? Hay poco en la heladera, bueno, me arreglo

con lo que tengo después de todo… ¿A quién le voy a cocinar...?

Ya son las cuatro de la tarde. Parece que el tiempo no pasa. Encenderé la estufa, está refrescando. Pobre Javier ¿Dónde andará? Él sabe que me preocupo, que estoy pendiente del tiempo, de los peligros, de la comida. ¡¡Pero como no estarlo!!...
¿Qué será de él…  y también mí? ¡No se pueden vivir tantos años juntos y de pronto esto...no basta con cerrar las puertas!

Oscureció. Sigo con la mirada fíjada en la puerta. Ya me están ardiendo los ojos de tanto fijar la vista. Desde la puerta, por momentos parece que emanan sonidos y me levanto, voy a ver y...nada. ¿Qué hora es? Es tarde, nunca me pasó esto de esperar así con tanta angustia... ¿Qué te alejó de mi lado?

Las once de la noche y sigo esperando. No tengo a quién llamar. ¿Salir a buscarlo...? ¿Adónde? ¿¡Vaya saber por donde andará!? ¿Tendrá otra que lo acaricie como yo, que lo quiera, que se preocupe, que le de calor de amor?

Acabo de escuchar el reloj de la otra cuadra; el de la iglesia ¿Fueron una o dos campanadas? Es tarde ... ¿Cómo pasa la hora esperando tu regreso… Parque… Vas a volver ¿No? No pierdo la esperanza. Me puse a tejer un lindo abrigo, ya que comienza el invierno y por lo visto será muy crudo.

¡¡Ay!! ¡Ese ruido en el zaguán! ¡Es él, sííí! ¡¡¡Ya volvió!!!... Claro, te fuiste a revolcar por ahí, total yo soy la que me amargo pensando si vas a volver… bueno deja de maullar que ya te traigo el bofe...Y te anticipo que yo no me quiero angustiar más… mañana te castro.
¡CHAU BUZÓN...!

ESCENOGRAFÍA: Una ventana a la calle. Se abre.
ACCIÓN: (Aparece Juan José, 71 años. Mira hacia ambos lados)
JUAN JOSÉ - ¡¡Cómo se extraña!! No verlo me parece mentira. Rojo. Se destacaba en esa esquina (Señala). Allí no sólo se
despachaba todo tipo de correspondencia, sino también para la reunión de la “barra”; donde acostumbrábamos a hablar de todo: fútbol, minas, baile; desde donde piropeábamos a las bellezas del barrio. Después, la hora de comer y cada uno a su casa con la consabida cita del día siguiente.
Avanzada la noche y siempre lo abrazaba don Antonio, de regreso a su morada, luego de la larga parada en el bar. Allí, el vigilante bajaba de la garita para acompañarlo a su casa. Allí, recuerdo que jugábamos con los chicos a “vigilantes y ladrones”… ¡Cómo usábamos al “colorado” para escondemos!
Ella tenía dieciséis años cuando la ví venir. Se me apuró el corazón. Yo tenía veintiuno. Ese día no pasó de largo, se detuvo a mí lado y de su cartera extrajo un sobre. Me pidió permiso con una sonrisa y yo me hice a un lado. Cuando depósito la misiva, aproveché y le dije: ‘me llamo Juan José’ y escuché muy bajito ‘Eugenia’.
… … …
Todo me vino a la memoria cuando abrí la ventana y quedé petrificado… ¡Se llevaban el buzón! Ese buzón al que nunca antes le había dado importancia…
(Voz de mujer en off) ¡Juan José, cerrá la ventana! ¡Hace frío!
JUAN JOSÉ – (Nostálgico) Sí, Eugenia. Ya cierro. ¿Vieja está el mate? (cierra)

FIN
Por Nidia Pressón

No hay comentarios:

Publicar un comentario