miércoles, 9 de abril de 2014

POR LAS VEREDAS DE BERNAL Y OTROS SENDEROS… DE MABEL ENRÍQUEZ (COLABORACIÓN)


 En mi vereda había solamente tres casas en toda la cuadra: la de Nelly, la del gallego Blanco y la nuestra; el resto eran baldíos, con cercos de alambre tejido, con enredaderas de campanillas y madreselvas.
Las veredas de tierra, bordeadas con yuyos; para mí, con mis casi cinco años, eran un jardín silvestre, con tréboles con sus flores, unos pomponcitos blancos, los plumerillos y unas pequeñas margaritas, que mi mamá decía señalándomelas ¡cuidado con los bichos colorados!
La calle, de tierra, estaba como 50 ó 60 cms. más baja que las veredas y tenía huellas más ó menos profundas que dejaban los carros. En cada esquina, atravesando la calle, unos enormes adoquines, nos permitían cruzar cuando llovía y era todo barro.
Los aromas, sabores y sonidos de la naturaleza se disfrutaban a pleno. La tierra mojada; aroma inolvidable y hoy casi desconocido, también el olor del pasto recién cortado y hablando de sabores, cómo saboreábamos el juguito de las madreselvas y de algunos pastitos, que nos gustaban a todos los chicos.
Y en cuanto a los sonidos, el canto de los gallos al amanecer, los trinos de otros muchos pajaritos y del canario; que había en casi todas las casas que ellos alegraban.

Como yo había tenido poliomielitis cuando tenía once meses, mis padres, cuidaban en extremo mi salud; y el pediatra, el muy querido Paco Peña (amigo de mi papá), médico de los de antes; de esos que iban a tu casa a las tres de la madrugada, aunque diluviara, si era necesario; les había aconsejado que me dejaran estar en contacto con la tierra, con las plantas y al aire libre.
Eso me hizo ¡tan bien! Nos mudamos del departamento a la casa; todo me parecía un sueño: jardín, patio, fondo, árboles frutales, flores.
Una gente amiga, había comprado un lote que formaba una “L” con el nuestro y le dijeron a mis padres que si lo cercaban lo usaran, pues ellos lo habían comprado como inversión. Este lote tenía 10 m. de frente por 40 de fondo, así que allí tuvimos gallinas, quinta y en el fondo del lote un rincón entrañable; que había creado mi viejo, para que yo jugara con mis amiguitas.
Había formado con arbustos de castor, un círculo de unos seis metros de diámetro y a medida que los castores (cuyas hojas y frutos eran de un tono rojizo) iban creciendo, unía sus ramas arriba y la naturaleza nos iba tejiendo un techo.
A este rincón lo llamábamos “la estancia de Don Justino”, que era el nombre de mi papi. El piso era de tierra y mi mamá lo mantenía rastrillado y barrido ¡que no fuera a aparecer ningún bicho! No obstante estos cuidados, a nosotras nos encantaba observar a los escarabajos, los “bicho-canasto”, los sapos y las lombrices, que salían a montones al escarbar la tierra.
¿Y las gallinas? ¡Como se hacían de gordas para abarcar y calentar todos los huevos cuando empollaban! Y después…. ¡ver nacer a los pollitos! ¡Que emoción!, mirar expectantes como se iba resquebrajando la cáscara del huevo y aparecía el piquito y después el pollito entero, que en ese momento no era lindo, salía todo pegoteado; pero al día siguiente, Dios mío, que hermosura. En el nido había unos cuantos, que parecían copitos amarillos y de vez en cuando alguno negro.
A mis amigas y a mí, que ya teníamos 6 ó 7 años, esto nos parecía un milagro y nos llenaba de amor y ternura. Quizás se estaban despertando nuestros primeros e indescifrables instintos maternales.
Quiero, en un próximo relato, describir como era la parte de la quinta que había que atravesar, para llegar a la estancia de Don Justino; esa parte estaba cultivada por tío Juan que vivía con nosotros y por mi papá (mi hermanito y yo ayudábamos regando); también contarles cómo se veía la medianera, tapizada con arvejillas y algunos rincones con calas.
En capítulo aparte, quiero recordar como era el barrio, que estaba creciendo y en especial mi casa parecida a muchas otras; y los alemanes, que eran muchos de lo vecinos, con su prolijidad, sus cortinitas y sus aromas a galletitas recién horneadas; la verdulería de Pipo y el almacén que atendía “el bolichero”; los servicios a domicilio: el lechero, el hielero y el panadero y un verdulero que pasaba una vez por semana y que cantaba gritando: ¡a 30 el kilo de uva! ¡Uva fresca a 30 el kilo!, todavía me parece escucharlo. Un recuerdo especial para mi patio, cuando oscurecía, en verano y florecían las “dama de noche” (se abrían al anochecer, de ahí su nombre) y un recuerdo especial para la pileta de lavar la ropa, de cemento, grandota y que cuando había algún festejo se llenaba con hielo en barra para enfriar las bebidas. Deseo también hablarles de los yuyos y de todo lo que me hace pensar el observarlos.
Son tantos los recuerdos que marcaron mi infancia con una naturalidad maravillosa que dejaré para más adelante el relato, para no aburrirlos.

Mabel Enríquez

En Facebook, 7 de abril de 2014 22:21

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