domingo, 30 de noviembre de 2014

" EL CALLEJÓN" DE JUAN J. CORNAGLIA



En EL QUILMERO EN LA GOYENA se publicó recientemente [1] una nota referente a la obra del escritor quilmero don Juan J. Cornaglia, con la colección de libros de este autor que posee la Biblioteca Popular Pedro Goyena. Este relato se halla en el Número Extraordinario del diario El Sol de noviembre de 1947. Cornaglia era un asiduo colaborador de los medios locales. La historia, como toda la obra de este autor, contiene numerosos criollismos, propios del habitante de la llanura bonaerense: hablando zonceras” ; “De porra me trenzaría con las bochas”…;  “En cuanto sosiegue el agua…”; que de todas maneras no ameritan que se catalogue como literatura gauchesca la obra de Cornaglia, pues no se puede establecer un paralelo entre el gaucho propiamente dicho y el peón de campo. Otras son las esencias, los orígenes y los objetivos de cada uno de esos nobles sujetos de nuestra pampa bonaerense. Sí se puede vislumbrar en la construcción sintáctica la parquedad que les es propia a ambos. Es un acierto del autor, la precisión en el uso del vocabulario y el fraseo. Oraciones cortas, ajustadas, que como pinceladas completan el cuadro. Sí, porque el relato es una pintura donde un grupo de hombres al resguardo de una lluvia pertinaz se sume en el tedio, rumiando para sí sus imposibilidades. Y una bella joven desafía el temporal procurando encontrarse con su enamorado. (Chalo Agnelli)

EL CALLEJÓN
Por Juan J. Cornaglia
- ¡Cha, qué está lindo el día!

Hubo quien lo miró de lleno, bien hondo, como queriendo verle hasta los huesos. Y la cara de Alejandro tenía en realidad un res­plandor de alba que venía como tocándosela entera. Barba de se­mana pero vida fecunda en ella. Jugoso como chico en charco. Go­zaba realmente en este fastidioso descanso? ¿Era posible?

Es que llovía. A baldes. Sonaba el agua en las chapas del techo y había ganas de tortas fritas. El viento retorcía las ramas de los grandes sauces de la quinta No se podía ver lejos. El agua tapaba en cortinas de hilos cuanto se buscase.

Pintura de Carlos Montefusco
De ancas al temporal la mancarronada del potrero. Pampa empañándose en lluvia. Barro para los caminos, pasto para los lindos animalitos de Dios. Claro, la lluvia es capaz de alegrar a cualquiera. Pero, ¿Sería realmente un amargo don Alejandro? ¿Un flojo, un verde para el trabajo? Podía ¡alegrarse en una tarde larga como esta? ¿Quién lo entendía? Ni el diablo. No, el día no era lindo. Fastidiaba estar con las manos quietas.

Un rato antes hasta se depositaba en ellas el hondo mugir que venía rodando sobre los pastos. Gusto se encontraba en el terrible aleteo y cantos de los horneros que golpeaban con sus alitas la alegría del barro fresco De la tierra misma venía como un soplo de fuerza que bacía empinar en forma. Bien en alto.

Afanados estuvieron engrasando pecheras y correas de1 yuguillos. [2] Tientos que pasaron entre sebo y dedos. Sueños locos entre el ansia de que amainase la lluvia en el atardecer. Se abriría enton­ces el cielo en colores de nubes y, quien quisiese campear el pueblo las cuadras, podría empapar el brillo de los ojos en el tremendo goterío de agua depositada sobre los pastos. Brilloso como vidrio, pero perfumado en tierra ancha y mojada. Eso eran los sueños. Aire libre, mundo grande. Movimiento pi­den los huesos.

El descanso sosiega, es verdad, pero eso vale cuando los trancos reclaman reposo. Un resuello en lo largo del día puede ser entrador si el sol esté que raja hasta la misma tierra. También vale si se ha madrugado en forma y se está en la noche viva, dele que dele, junto a 1as mechas rojas que están reclamando la fragua, porque la seca las mella cual si se arrastraran sobre vidrio, sin entrar, y no en la amelga [3] reseca. Pero esto es distinto.

Ni ganas ya de seguir truqueando o hablando zonceras. Rato hacía que el cielo mandó guarecerse. Los gorriones parecían haberse enlo­quecido entre las ramas. La chacra grande dormía en languidez de ansias. Pueblos, caminos, boliche, casa, mujer, hijos. Eso.. Lejos todo. Infinitamente lejos.

Claro. Tres hombres casados y dos muchachos en el grupo. Peo­nes. Aradores, alambradores y un mensual. Todos aquí en el ancho alerto del galpón de las semillas, arneses, fragua y máquina cosechadora y sembradoras y sulkys.

Lauchas que asomaban hasta donde no las olía el ratonero ahora tirado casi a los pies de don Alejandro. A tiro, allá en las cuadras, y ninguno entraba a ocuparlo. Ni un alma en trancos metida en él. Y alguien deja escapar lo terrible metido en cualquiera de ellos:

- ¿No le gustaría, don Alejandro, un viaje al pueblo?

Sí que le caería como anillo al dedo. Mujer y chicos al lado. Ale­gría de encontrarse. De contarse cosas. Pero, y la mojadura, un resfrío cualquier tropiezo?

- Bien estoy con mi pena.

- Yo no aguanto más! Al menos amainase... De porra me trenzaría con las bochas, en el mismo barro.

- Ya estuvo. En cuanto sosiegue el agua nos prendemos.

Una esperanza más. En vano. Seguía el agua. Esa que ellos imploraron ayer, hoy mismo, antes, meses atrás. Años y años, al creer y saber que la seca no trae más que espinas. Raíces vivas de la tierra son todos ellos. Ni vino en la bota [4] seca. Las moscas están que se pegan. Y vieron que venia a ellos, chapaleando barro y con una bolsa afirmada sobre los cabellos, la Margarita.

¿Y eso? Saltó el charco de las goteras y se plantó bajo el alero. En pie los cinco.

-         ¿Necesitás algo Margarita?

-         ¿Qué busca?

-         ¡Oh! Nada. No aguantaba. Había allá un fastidioso cansancio que mandaba moverse. Quise ver qué hacían, cómo iban pasando el día.

Otro era el mundo. De golpe. Una mujer con ellos. Un cantado temblor de grillos que adoran estrellas. Veinte años espigados en oro. Maduros en alma y en espera. Ya mismo piden ser devorados en má­gica compañía. Linda como todo lo bueno. Aquí, con ellos. ¿Por tres, por cinco minutos? No se quedaría. No podía ser. Pero que no se fuese. Vino a llenarles la sangre con belleza. Un canto de piedra y agua. Un grito de fuerza, rebotando de estrella en estrella. Amor de padre, de hermano, de amigo o de amante, pero de respeto al fin, bailaba ahora en la inquietud de todos los nervios. El temporal la trajo. La depositó aquí hecha un temblor empapado y fresco. Salpicados tiene los pies por la lluvia.

Siempre fue así la Margarita. Resuelta. Dada. Una mano de en­sueños hasta para el recién llegado. No podía con ella misma. Igualita a doña Clara, la madre, siempre pensando en si necesitaban algo. Una escuela de pampa o del desierto. Fundidos en una misma familia.

A ella podía ocurrírsele que esos hombres estaban solos. Terrible­mente solos en el gigante galpón de su padre. Y habló y no dijo nada. Chuceó, [5] en broma, con fineza de buena.

No, Renato no podría largarse en la tardecita aunque fuese, rumbo a la chacra de los Domínguez; don Alejandro no vería a su Juanita esta noche; Carlos tampoco tendría cerca su rubia nena de seis meses...

Un juego de idas y venidas en la charla serena, pero cargada de puazos [6] que venían perfumados como sangre. Y fue don Alejandro quien le clavó la mirada en hondo y le dijo;

-         ¿A que sé a qué has venido?

-         Ni brujo. Yo mismo no lo sé.

-         Te consumían las ganas locas de ver si se arrima tu novio.

Un resplandor de llama en la niña. Si que el callejón podía ser dominado desde aquí. Era posible verlo. Allá. Envuelto en lluvia. Grisado. Tapado por el agua. Desnudo en cuanto venían los ojos. Nadie en el desierto.

Quietas estaban las ruedas en el campo grande. Ni trancas de pingo cabeceando lluvia ni trote de sulky. Nada. Hilos y más hilos de nube al suelo. Un gris de leguas y leguas. Pero allá, allá un punto negro. Un grito, un aviso en la distancia. Algo andaba sobre las hue­llas. La tardecita iba a volcarse toda de repente en la lluvia sin fin. Pero el punto negro avanzaba. Venía, entraba por los ojos, estre­mecía los latidos, acariciaba hondo, hondo. Jinete envuelto en poncho, alguno hizo alto en la tranquera de la chacra.

Todos, ni uno solo de los cinco, dejaron de hacer fuerza para que lle­gase cuanto antes, el novio de Margarita. Esta los había apurado. Corrió a embellecerse más, mientras les dejó a todos una apurada ocupación: la de estar ahora empujando alma para enterarse que el temporal no empapó hasta los huesos al muchacho que ahora iba llegando. Pero no fue así. Calado estaba de pies a cabellos. Y con un tem­blor encima que hacía pensar en lo malo de la fiebre.

¡Qué lástima!

Ya tenían en qué ocuparse.
Por Juan J. Cornaglia

Número extraordinario del diario El Sol

Noviembre de 1947

Pág. 29

Quilmes, 2007 - 2014
REFERENCIAS

[2] Apero sujeto al cuello del caballar y mular que mantiene la tracción. [3] Faja de terreno que el labrador señala en una porción de tierra labrantía para esparcir la simiente con igualdad y proporción.
[4] Odre pequeño de vino cosido por sus bordes, que termina en un cuello por donde se llena y bebe.

[5] Lechucear, curiosear.


[6] De púas.

jueves, 27 de noviembre de 2014

“EL SUEÑO DEL PIBE” CUENTO DE MARÍA CLARA DAL MOLÍN



Cuando entró con la bicicleta por el corredor del conventillo ya lo sabía medio mundo. El Dany era popular, querido, era un poco el pibe de todas las piezas. Por eso la carta - que había traído otro como él - había pasado con el emblema de la Academia de mano en mano: de la vieja a la Sonia, de la Sonia al Pato, del Pato al hijo de los Torres y del hijos de los Torres a don José, que vivía sentado en el patio y, entonces ahí, aunque la carta no hubiera sido abierta, la noticia se había desparramado por todo el convento; lo habían llamado al Dany, iban a probarlo en Racing.

-¡Te llamaron, Negrito, te llamaron!

Siguieron las palmadas, los abrazos, los chiflidos y el llevarlo en andas hasta la puerta de la pieza donde ya la familia sabía y se podía entrever una sonrisa en las caras asomadas de los vecinos.

-Te felicito - dijo la madre.

Sacó de una silla un montón de ropa que le habían traído para lavar, se secó las manos en el delantal y le dijo:

- Vení, Dany, sentate que te traigo algo de comer.

No se podía quedar quieta la pobre, iba de acá para allá, dando órdenes a los hermanos que se habían quedado ahí, parados a un costado, mirando. El Dany sabía que la vieja estaba llorando. Fue al ropero, colgó prolijamente el uniforme de trabajo y se puso la ropa de entre casa. Estaban esperando que él dijera algo.

- Buenos, bueno, no exageren, che. Es una prueba nada más.

Pero no lo decía en serio. Él sabía que era más. Mucho más. Era la oportunidad de su vida. Era el momento de cobrarse por tanta tarde peloteando con los pibes. Tanto correr todos los días la Avenida Montes de Oca, en subida, parta ganar resistencia. Era también el gran regalo para el viejo. Su viejo. Hincha de Racing, por supuesto.

Nunca tanto que el viejo no le hablaba. No lo miraba. Él no sabía por qué. Antes había sido distinto. De chiquito lo había llevado muchas veces a la cancha. El Dany se acordaba bien; habían sido los días más felices de su vida. Después él repetía en el potrero lo que le había visto hacer a Corbata.

Un día, al terminar el partido, en medio del entusiasmo, se había animado a decirle:

- Yo, algún día, quiero jugar en Racing, viejo.

El padre lo había mirado de una manera indescifrable, como si la frase hubiera venido de cualquier lado, por error y fuera preciso ignorarla.

Nunca más lo había llevado a la cancha. Ni se había arrimado al potrero nunca, como hacía el viejo de Rulo, para verlo jugar.

Pero ahora iba a ser distinto. Lo iba a reconocer. Se iba a sentir orgulloso de él. El Dany ya podía imaginárselo, con sus amigos, en la mesa del café; “Mi pibe va a jugar en Racing”. Le iba a decir; «Venga para acá mocoso»; agarrándolo del cuello y le iba a pedir que les contara a los muchachos cómo era eso de que lo habían llamado de Racing, sí señor, en la tercera y hasta le iban a pagar.

Lo habían dejado comiendo solo. La vieja estaba en los piletones, la Sonia en la cocina y el Pato quién sabe. Miró el reloj; eran las tres. El viejo salía a las cuatro. Tendría un rato, como media hora, en venir caminado de la fábrica y no Iría al café. Los pibes se juntaban enfrente, en el baldío que había cruzando la calle. So lo Iba a decir ahí. Cuando estuviera con los amigos en el café.

En el potrero estaban todos, hasta los que no jugaban nunca, Sabía que habían venido a verlo. Ahora todo el barrio competiría para ganarse el título de ser amigo del Dany. Lo chiflaron y le reprocharon que hubiera llegado tarde. Tal vez pensaron que había sido a propósito para darse aires. Pero lo cierto es que el Dany no se había dado cuanta, se le había hecho tarde porque se había quedado pensando, pensando qué, no sé, cosas, ya no me acuerdo.

Y era cierto, no mentía, ya se había olvidado porque su alegría era como una liebre que lo había hecho volar y salirse de este mundo y todavía seguía con esa sensación de estar flotando. Así jugó esa tarde e hizo gambetas y pases espectaculares como si di y diez jugadores más estuvieran metidos en su cuerpo. Y transpiró, corrió, pateó y no tiró como nunca lo había hecho ni volvería a hacerlo.

Después del primer partido dijo que no jugaba más, que siguieran ellos, que enseguida volvía.

Junto a la ventana que daba a la calle estaba su padre con tres hombres más. El Dany se acercó. Algo le golpeaba el pecho y sentía la boca seca. Caminó hasta quedar­se parado, tieso, a un metro de la mesa. Los hombres se dieron vuelta y antes de que el Dany pudiera abrir la boca don José largó:

- ¡Así que tu pibe va a jugar en Racing!

El padre lo miró inexpresivo.

- ¡Este!... Pero si es un patadura ¡Qué va a jugar este!

- Al otro día se levantó a las seis. Entraba apenas la luz por la ventana de la pieza. El viejo ya se había ido. Sus hermanos dormían. La madre le alcanzó un mate y unos minutos después lo vio salir con la bicicleta vestido de cartero. Llevaba el sobre apretado en el bolsillo de la chaqueta. Era una mañana fría, desalentada y empezaba a llover.

Unas cuadras antes de llegar al correo, tiró la carta por una alcantarilla.

Después, mientras pedaleaba, lloró las últimas lágrimas de su vida y juró que jamás volvería a tocar una pelota.

Y se convirtió en un hombre. 
Ver en LAS LETRAS DEL QUILMERO del jueves, 26 de abril de 2012 "QUILMES RED JAZZ" DE MARIA CLARA DAL MOLIN

 http://lasletrasdelquilmero.blogspot.com.ar/2012/04/quilmes-red-jazz-de-maria-clara-dal.html











“EL SILENCIO, LARGO, MUY LARGO, QUE HUBO DESPUÉS” - UN CUENTO DE HUGO MURNO



A la memoria de Jorge Backmas y Julio A. Rivello

Lentamente fue pasando ante mí el cortejo fúnebre. Primero la carroza, con el ataúd, tirada por aquellos cuatro enormes caballos negros, con el cochero y el lacayo sentados allá arriba, enfundados en sus negras vestimentas y sus altas galeras, tipo sombreros de copa, iguales a las de los otros
empleados de la funeraria que iban parados en los pescantes traseros de los incontables carruajes portacoronas y, también, los otros, los que iban conduciendo, en los pequeños coches, estilo calesas, con los deudos, familiares y amigos sentados en su interior .Despacio, cansinamente y silencioso hizo su paso y se alejó por la calle principal, inusitadamente llena de gente a esa hora de la tarde en un día de trabajo y de pleno verano, preelectoral. 
Incomprensible, era todo lo que veía con mis ojillos curiosos que se escapaban de sus órbitas tras todos los movimientos. Y el asombro y la curiosidad y la incredulidad mía, eran comunes a todos los que allí estaban; eso si lo podía entrever y comprender desde mis poco más de cuatro años. Y también la angustia, la rabia, la impotencia de todos los allí presentes. Pero eso lo supe, lo comprendí mucho más tarde, muchos años después. Otro día, mirando desde mi ventana los preparativos de otro sepelio, para otro muerto, para otra muerte.
Aquella vez, la gente se había ido juntando en las veredas bajo el húmedo sol de febrero, en silencio o murmurando muy bajo entre ellos. Eran tan distintos todos los rostros en las caras conocidas de todos los días. Las de todos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. Y hasta las de los chicos del barrio, aferrados como yo a las manos o a las polleras de sus madres, tenían una expresión distinta a la de siempre, esa vez.
Hacía un largo rato ya que yo había dejado de hacer preguntas sin respuesta y trataba de ordenar, en mi cabecita infantil, los sucesos agitados y nuevos vividos desde temprano esa mañana. No podía, sin embargo, identificar ciertamente los ruidos muy fuertes, secos, que me habían despertado, aquella madrugada. Sólo años después supe que eran, que habían sido estampidos de revólveres, gritos, corridas por la calle, pasando por frente a muestra casa. Y me enteré que eran de sangre aquéllas manchas oscuras y aquel reguero que, febrilmente, las mujeres lavaron, restregaron bien temprano desde la puerta de la casa de al lado, la del médico hasta la esquina, veinte o treinta metros más allá.
Todo eso lo fui sabiendo con el tiempo. Cuando algunos protagonistas de aquella noche y muchos de los presentes esa tarde en las veredas plenas de gente y extrañamente silenciosas, fueron teniendo una relación diferente conmigo, y yo con ellos, cuando el curso de los años me convirtió en un adolescente inquieto y discutidor y compartí con unos y disentí con otros actividades e ideales.
Antes, en aquel momento sólo veía rostros tensos, adustos, ojos enrojecidos y escuchaba el sordo murmullo de sus voces o percibía el llanto ahogado de muchas de las mujeres presentes. Y el silencio, el largo, aplastante silencio que se hizo cuando surgió finalmente el cortejo, y al pasar frente a todos, destacándose el sonido de los cascos de los caballos de tiro, empenachados ellos también de negro. El silencio que siguió al alejarse el cortejo y después. Sobre todo después. Un silencio denso que se prolongó por mucho, mucho tiempo.
Sólo el trote de los caballos y el rodar de los carruajes al llegar al final de la calle y el bajar de las persianas de los comercios a manera de homenaje, de saludo respetuoso pusieron un matiz distinto a ese silencio.
Aunque hubieron algunos gritos, aislados, semiahogados, impotentes. Se los escuchó provenir precisamente del final de la calle, casi cuando el coche fúnebre doblaba en dirección a la iglesia, pasando frente al núcleo más numeroso, en su mayoría de jóvenes allí congregados. Fueron unos pocos gritos los que surgieron de gargantas enronquecidas de tanto llorar la noche y el día anterior. Pocos gritos que tuvieron el acompañamiento del persignarse apresurado de varias mujeres o el removerse inquieto de los pies de muchos de los que estaban firmes en sus puestos en la calle.
Poco a poco la calle se fue despoblando. El murmullo ahora era el de los pasos de los que emprendían, pesadamente, el regreso a sus casos o a sus ocupaciones. Nosotros nos quedamos todavía un momento más, pocos eran los metros que nos separaban de donde estábamos parados de la puerta de nuestra casa. Por fin mi madre y yo retornamos y, en ese momento fue que le pregunté:
-  ¿Quién era, mamá?
-  Un estudiante, al que mataron. 
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DOS 
¡Viva Perón, carajo!
¡Viva Perón, carajo! El destemplado grito atronó el lugar y, casi, sonó más fuerte que las detonaciones que lo
Jorge Backmas
acompañaron. Fueron varias. Las detonaciones. Diez o más tiros. Tiros de revólver. De muchos revólveres: de los revólveres que aparecieron en las manos de todos casi sin excepción: de todos los presentes en el lugar y de las de aquellos que irrumpieron gritando. A los gritos y bramidos entraron y tiraron a mansalva, pero buscando los cuerpos de los que estaban en el lugar, que reaccionaron como si estuviesen esperándolos y en fracciones de segundos blandían sus armas en sus manos y hasta en las manos de los mozos y el encargado de la confitería, la vieja Munich, quien extrajo el suyo de su cintura extraordinariamente rápido cuando se percató de la actitud y el gesto, el rictus de las caras de los que habían entrado.

¡Viva Perón, carajo! Escupieron los cuatro –porque eran cuatro— no bien traspusieron la puerta y, deteniéndose apenas una fracción de segundo para ubicar lo que venían a
Julio A. Rivello
buscar, se encaminaron decidida y criminalmente, resueltos, hacia una de las mesas circulares, la más grande, esa enorme que estaba en una de los lados al fondo del salón y que esa noche resultaba chica para todos los que se habían dado cita allí, casi en una suerte de asamblea más que una mera reunión de estudiantes universitarios militantes de la izquierda del partido radical local.

Dos fueron los muertos. Todos del mismo lado: del grupo de estudiantes. Los otros tuvieron un par de heridos y nada más. Dejaron de aparecer por un tiempo, unas tres semanas y después cómo siempre. Al día siguiente, enterraron a uno de los muchachos baleados. El otro agonizó una semana.
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TRES 
Ahora pasaba otra vez un cortejo fúnebre, por la calle principal del pueblo. Un poco diferente al de hacía una semana, a pesar de que la cantidad de calesas que iban tras la carroza con el ataúd era tan numerosa como las que acompañaban aquella vez, la del estudiante asesinado. El de esta tarde no incluía ningún coche portacoronas cargando incontable cantidad de ofrendas florales, algo que resultaba inusitado para la época. Llamativamente tanto coronas y palmatorias, cómo cualquier otro presente de ese tipo brillaron por su ausencia, a pedido de los deudos y ni una flor se había visto en el velatorio montado en la casona familiar del barrio inglés. Tampoco cruces ni crucifijos ni otros símbolos, salvo una bandera rojiblanca con un crespón negro anudado en un extremo.
Lo demás era casi un calco del otro, desde los rostros crispados y dolidos de todos los que acompañaban los restos de ese nuevo entierro que pasaba por las calles principales del pueblo, hasta el acompasado trote corto de los caballos empenachados, que transitaba ahora rumbo a ese último destino. Ante su paso frente a las casas las puertas se entornaban y los comercios iban bajando lentamente sus persianas bajas. Y la gente estaba de nuevo en silencio en las veredas, mirando.
El cortejo iba rumbo al cementerio de los disidentes, allí donde sepultaban alemanes, ingleses y otros creyentes de diversas ramas del cristianismo, pero que no comulgaban con la fe católica apostólica romana y que por eso no tenían cabida en el camposanto municipal presidido por una cruz y en el que, no bien entrar, había una capilla donde oficiaban el responso de cuerpo presente de los muertos, fieles de la fe oficial, que hasta allí llegaban. Los otros muertos, los diferentes los de otra fe y los suicidas, iban a un descampado que quedaba atrás, a los fondos. Allí también a veces, dejaban que se enterraran a algunos vecinos judíos, pero ricos, o importantes… Los judíos no tenían un sitio permitido en ninguno de los dos lugares oficiales y tampoco, creo, los ateos ni los agnósticos y otras raras avis que no eran tan pocos sin embargo, como que, muchos de ellos engrosaban las huestes radicales, socialistas o comunistas locales.
Yo tenía cuatro años, hacía poco que mi familia, mis padres, mis hermanas, mis abuelos, mis tías y tíos y yo, se había mudado a Bernal, que en ese entonces era un pueblito cercano a la Capital Federal, al Centro, como insistían en llamar a Buenos Aires, y nada más.
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CUATRO 
No era aquel, por cierto, un día igual a este. No caía sobre la ciudad esta llovizna jodedora y fría de julio. Ni era la misma ciudad y han pasado muchos años: más de treinta. Todo eso lo recuerdo ahora, en este preciso momento en que veo los preparativos de otro cortejo fúnebre desde la ventana sobre la que apoya mi mesa de trabajo, en el departamento donde vivo, que mira al noreste y eso dicen que es bueno. La ventana va del techo al piso, con balcón francés, en ochava en esta esquina porteña, complicada, de tránsito constante día y noche. Pero el panorama es el que me gusta y más cuando, como ahora, lo puedo mirar desde un sexto piso.
Llovizna, persistente y fría cae el agua desde hace días y lo que abajo sucede no puede postergarse. A los muertos hay que llevarlos finalmente. Este debe haber sido un pez gordo, escribiría un colega yanqui; a mi me suena que debe haber sido un tipo rico, muy rico, como decimos acá, por la calidad del servicio y del ataúd y la cantidad de ofrendas florales y la vestimenta, los tapados de pieles de ellas, los trajes oscuros de ellos, los uniformes, los paraguas con que se cubren o los cubren, mientras se van ubicando en los innumerables automóviles, todos nuevísimos, los de la cochería y los particulares. Los otros autos, los de los custodios.
El cielo plomizo hace que la escena sea más lúgubre, a esta hora de la mañana, las 11, la qué torna abigarrado el llegar de los cortejos al cementerio de Recoleta. Porque seguro ese es el destino de este muerto. Ilustre, tal vez; un amigo, probablemente, de la dictadura que hace tres años asuela al país. 
CUATRO BIS. OTROS MUERTOS; OTRAS MUERTES 
Hubo otras muertes; otros muertos fueron llevados por amigos y parientes, compañeros, familiares, hasta otros cementerios o a aquel mismo. Hubo otros muertos que no tuvieron siquiera esa ceremonia. O no dejaron que las tuvieran. 
Buenos Aires, 27 de julio de 1979 - 13 de julio de 2009
 
Jorge Backmas y Julio A. Rivello, dos estudiantes, militantes de la Federación Universitaria de La Plata (FULP), - que compartían también su pasión por la Biblioteca Mariano Moreno, de Bernal -, fueron asesinados por un grupo de integrantes de una manifestación de apoyo al entonces coronel Juan D. Perón, una noche de febrero de 1946, días antes de las elecciones, que consagraron a aquél cómo Presidente de la Argentina. El hecho ocurrió en el interior de una cervecería, la ya inexistente Munich, ubicada frente a la estación ferroviaria de la ciudad de Bernal, partido de Quilmes.
SOBRE EL AUTOR 
Hugo Murno, nació en Buenos Aires en 1942. Periodista, autor teatral y escritor de cuentos y otras narraciones

hugomurno.blogospot.com.ar







Ver en EL QUILMERO:
del miércoles, 30 de septiembre de 2009, “ASESINATO DE BACKMAS Y RIVELLO - HISTORIA DE DESENCUENTROS - BERNAL 1946” http://elquilmero.blogspot.com.ar/2009/09/historia-de-desencuentros-bernal-1946.html

miércoles, 29 de octubre de 2014

LOS OJOS DE LOS POBRES



¿De modo que quieres saber por qué te odio hoy? Te será, sin duda, más difícil entenderlo que a mí explicártelo, pues creo que eres el más bello ejemplo de impermeabilidad femenina que cabe encontrar.
Habíamos pasado juntos una larga jornada que me resultó corta. Nos habíamos prometido que nos comunicaríamos todos nuestros pensamientos el uno al otro y que en adelante nuestras almas serían una sola; claro que este sueño no tiene nada de original, como no sea que ningún hombre lo ha visto realizado, aunque todos lo hayan concebido.
Al anochecer, como estabas algo cansada, quisiste sentarte en la terraza de un café nuevo que hacía esquina con un bulevar también nuevo y todavía lleno de escombros, que ya mostraba su esplendor inacabado [1]. El café estaba resplandeciente. Hasta el gas del alumbrado desplegaba todo el fulgor de un estreno e iluminaba con toda su fuerza las paredes de una blancura cegadora, las superficies deslumbrantes de los espejos, los dorados de las molduras y cornisas, los mofletudos pajes arrastrados por perros con correas, las damas sonriendo al halcón posado en el puño, las Hebes y los Ganímedes [2] ofreciendo con los brazos extendidos un ánfora con jaleas [3] o un obelisco bicolor de helados con copete; toda la historia y toda la mitología puestas al servicio de la glotonería.
En la calzada, justo delante de nosotros, se había plantado un buen hombre de unos cuarenta años, con cara de cansancio y barba entrecana, que llevaba de una mano a un niño, mientras sostenía en el otro brazo a una criaturita demasiado pequeña para andar. Estaba haciendo de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el fresco de la noche. Todos iban andrajosos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con igual admiración, aunque diversamente matizada por la edad.
Los ojos del padre decían: “¡Qué precioso, qué precioso! Se diría que todo el oro de este pobre mundo se ha concentrado en esas paredes”. Los ojos del niño exclamaban: “¡Qué precioso, qué precioso!, pero ése es un sitio donde sólo puede entrar la gente que no es como nosotros”. En cuanto a los ojos del más pequeño, estaban demasiado fascinados para no expresar más que una alegría estúpida y profunda.
Dice la letra de una canción que el placer hace a las almas buenas y ablanda los corazones. Por lo que a mí se refería, la canción tenía razón esa noche. No sólo me había enternecido aquella familia de ojos, sino que me sentía un tanto avergonzado de nuestros vasos y de nuestras jarras, mayores que nuestra sed. Había dirigido mis ojos a los tuyos, amor mío, para leer en ellos mi pensamiento; me había sumergido en tus ojos tan bellos y tan extrañamente dulces, en tus ojos verdes, habituados por el capricho e inspirados por la luna, cuando me dijiste: “¡No soporto a esa gente con los ojos abiertos como  platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?”
¡Hasta qué extremo es difícil entenderse, ángel mío! ¡Hasta qué extremo es incomunicable el pensamiento, incluso entre aquellos que se aman!
Charles Baudelaire, Spleen 26, en Charles Baudelaire, 
Obras selectas, Edimat, Madrid, pp. 287-8

viernes, 26 de septiembre de 2014

HAROLDO CONTI - REPARACIÓN HISTÓRICA (COLABORACIÓN)



Se realizó el acto de reparación histórica sobre el legajo docente del escritor y militante desaparecido Haroldo Conti en el que figuraba “cesante por abandono de tareas” luego de su desaparición forzada en el año 1976.

El 5 de mayo de 1976 el escritor, periodista, docente y militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), Haroldo Conti, fue secuestrado de su departamento de Fitz Roy al 1205, ciudad de Buenos Aires. Sobre su escritorio de trabajo vacío después de la irrupción de las bestias al servicio de la dictadura militar quedó un cartel que decía “este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán”. Pero sus captores no supieron lo que decía ese letrero, porque estaba escrito en latín, escribió Gabriel García Márquez en un artículo aparecido el 20 de abril de 1981.

Sin embargo, para las autoridades escolares de la época el dato de su desaparición era irrelevante, lo importante era que no estaba asistiendo a dar sus clases, por lo que su legajo docente concluye con la leyenda “cesante por abandono de tareas”.

El acto de reparación histórica de este martes en el Centro Cultural Haroldo Conti, en la ex ESMA, el ministro de Educación Alfredo Sileoni le entregó a los hijos del escritor, Alejanda y Ernesto Conti, el legajo de su padre finalmente corregido. En vez de la cínica frase final, ahora dice “desaparición forzada”.

El acto de reparación simbólica de este legajo docente fue planteado como el primero de una larga lista, ya que más de 600 docentes y 200 estudiantes fueron secuestrados y desaparecidos durante la dictadura cívico-militar.

Copias del legajo reparado fueron entregadas al director del Centro Cultural Haroldo Conti, Eduardo Jozami, al titular del Archivo Nacional de la Memoria, Ramón Torres Molina, y a los integrantes de la Comisión de Trabajo por la Restitución de la Identidad.

Además de escritor y periodista, Conti fue maestro en escuelas rurales y profesor de Latín, Literatura e Instrucción Cívica. Durante la ceremonia el locutor Tom Lupo recordó una anécdota de sus épocas de estudiante en el colegio Juan José Paso. El primer día de Conti como docente de Instrucción Cívica el escritor le planteó a sus sorprendidos alumnos: “Yo vine a enseñarles Instrucción Cívica, pero no sirve para nada. Así que si ustedes no me traicionan yo les voy a leer literatura latinoamericana y están todos aprobados”.

En su intervención, Alejandra Conti planteó “La propuesta de la Comisión me recordó, incluso a mí, que soy su hija y docente, la labor de mi viejo en las aulas. Fue impactante y emocionante”. Su hermano Ernesto Conti destacó que la reparación del legajo “tiene una lectura simbólica y política que convergen en rescatar lo que realizó este gobierno en políticas de Memoria”.

Por su parte, Sileoni leyó el sumario del 27 de junio de 1979 con la resolución del Ministerio de Educación a cargo de Juan Rafael Llerena Amadeo, que declaraba cesante a Conti por las ausencias sin aviso a sus tareas docentes en el Liceo Nacional 7 y el Liceo N°11 “desde el 5 de mayo de 1976”, un día después de su secuestro. Y concluyó: “Estamos ante otra Argentina, de la verdad, la memoria y la justicia y es muy importante llamar a las cosas por su nombre: no hablar de abandono de cargo sino de desaparición forzada, y tampoco trazar una raya roja en el legajo cuando alguien desaparecía y nadie preguntaba”.

Durante el acto se leyó el prólogo de una de las más famosas novelas de Conti, Mascaró, y se proyectó un video con imágenes del escritor en uno de sus paisajes favoritos, el delta del Tigre, realizado por alumnos del Liceo Nacional 11.

Haroldo Conti había nacido en Chacabuco, Pcia. de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. Era hijo de Petronila Lombardi y de Pedro Conti, quien fue el fundador de la Unidad Básica del Partido Peronista en Chacabuco. Estuvo internado en el Colegio Don Bosco de Ramos Mejía, donde cursó sus primeros estudios, luego fue maestro en una escuela primaria de Gral. Pirán y en 1944 ingresó en el Seminario Metropolitano Conciliar de Villa Devoto, donde desarrollaría su veta creativa pintando y dibujando las tapas de la Revista Solidaridad, editada por el padre Hernán Benítez y organizando obras de teatro. En el segundo año, descubrió que había cosas muy opuestas a las que para él implicaba el sacerdocio, se rebeló y abandonó el seminario. 

"...Estudié de sacerdote, con sotana y todo. Leía muchos libros misionales, libros escritos por misioneros. Me imaginaba en algún confín del mundo redimiendo infieles. (...) Finalmente, todo eso acabó: tuve una gran crisis religiosa y volví a mi pueblo. Cada persona tiene destinado un paisaje y debe coincidir con él."

Luego de esa decisión fue empleado bancario, aviador civil, y camionero, llevando una vida bohemia alternada con sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras. Por esta época conoció las islas del Tigre, lugar que no abandonaría jamás y fue escenario de muchas de sus historias.

En su formación debe considerarse una fuerte influencia de la cosmovisión jesuita a través del asiduo contacto con el Padre Castellani como asimismo del socialista Doll. Estos contactos lo acercan a una identificación temprana con la organización de ultraderecha ALN (Alianza Libertadora Nacionalista).  Fue profesor en el Colegio Nacional Mariano Moreno y en el Liceo Nº 7; estudió en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, se graduó en 1954 y trabajó como asistente del director de la película "La bestia debe morir". En 1955 se casó con Dora Campos y juntos tuvieron dos hijos: Alejandra y Marcelo. Luego con Marta Scavac tuvo otro hijo, Ernesto, que tenía 3 meses en la fecha del secuestro. Militó en el Partido Revolucionario de los Trabajadores por lo que fue perseguido políticamente. Cada año se conmemora en la fecha de su desaparición (5 de mayo) el Día del Escritor Bonaerense en honor a su memoria.

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“TIENE GRAN SIGNIFICACIÓN SIMBÓLICA”

Por Julián Bruschtein

“Esto no es un mero hecho administrativo. Es un hecho de una gran significación simbólica y política. Todos conocemos al escritor de la talla que fue Haroldo Conti, pero estamos recuperando al Haroldo Conti profesor”, destacó el ministro de Educación, Alberto Sileoni, en diálogo con Página/12 después del acto de reparación del legajo docente del escritor (ver nota central). El proyecto surge a partir de un decreto presidencial de 2012 en el que se indica la corrección de las causas de cesantía de empleados públicos y que ahora se está aplicando a los maestros que fueron víctimas de la dictadura.

– ¿Cómo se instrumenta la corrección de los legajos de docentes desaparecidos?

– Es una tarea que se está realizando junto con los trabajadores. A través de un programa que está arrancando y que tiene el propósito de poder poner en su lugar y de llamar desaparición forzada lo que antes se llamaba abandono de cargo. En el caso particular de Conti, hay una resolución del 27 de junio de 1979 en la que decía que había abandonado sus tareas desde el 5 de mayo del ’76 y que se lo había intimado para que regularice su situación. También que su hermana había informado que fue secuestrado el día anterior, y en los considerandos de la resolución hacen constar que “no obra en autos ninguna información que permita determinar que el docente se encuentra a disposición de autoridad alguna”. Termina diciendo que lo declara cesante por hallarse en la figura de abandono del cargo.

– ¿Ahora se anula el acto administrativo anterior y se elabora uno nuevo?

– A partir del decreto presidencial 1199/2012 se dispone la inscripción de la condición de detenido-desaparecido en su lugar. Aquella disposición canalla la firmó (el ministro de Educación de la dictadura) Juan Rafael Llerena Amadeo, que murió el 13 de enero de este año, y el 14 el diario La Nación sacó una nota diciendo que murió un abogado católico dedicado y preocupado por la educación. Bajo su gestión desaparecieron 600 docentes y aproximadamente 200 alumnos en la Argentina. Por eso hicimos una resolución reparatoria, la 1374 del 4 de septiembre de 2013, en donde se revoca “la resolución anterior que dispuso la baja del profesor Haroldo Conti por abandono de cargo, dado que se encuentra en condición de desaparición forzada desde el 4 de mayo de 1976 y posee el legajo 00077 de la Conadep”. Se expone que la verdadera causa del cese de la relación laboral fue la desaparición forzada.

– La figura de Conti sirve para realzar esta reparación...

– Pareciera que es un dato menor, pero tiene una trascendencia simbólica en términos de justicia. Hoy se recuperó al profesor Haroldo Conti, y esto también tiene alguna significación: la reflexión sobre el profesor Haroldo Conti y su condición como tal. Se hace una reparación que es mucho más que la reparación de un legajo administrativo, es una reparación simbólica que ayuda a cerrar una herida.

– Pero además se trata de difundir esta situación, no es un mero acto administrativo...

– La idea es que esta reparación tenga visibilidad pública, que se haga en sitios de trabajo, donde se pueda exponer ante la comunidad que aquella persona que fue cesanteada por un supuesto abandono de cargo en realidad fue secuestrada y desaparecida.
Publicado por Raquel Gail para


el 9/25/2014 09:25:00 p. m.



Obras de Haroldo Conti

Novelas

Sudeste (1962)


En vida (1971)


Cuentos





FUENTES:

http://notas.org.ar/2014/09/25/reparacion-historica-haroldo-conti/

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/255992-69812-2014-09-24.html

http://www.vivechacabuco.com/blog/blogs.asp?blog=34&post=51

http://revistaeltranvia.com.ar/?p=2110