miércoles, 17 de julio de 2013

NANAS DE LA CEBOLLA



 Miguel Hernández
 ( Dedicadas a su hijo, a raíz de una carta de su mujer, en la que le decía que no comía más que pan y cebolla)
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.


MIGUEL HERNÁNDEZ (Orihuela 1910-Alicante 1942) 
Poeta español muerto en la cárcel de la dictadura franquista.



Colaboración Lina Todaro y Marga Mangione

jueves, 11 de julio de 2013

SILVINA





"No es necesario que salgas de la casa. Quedate en tu mesa y escuchá. Ni siquiera escuches, esperá solamente. Ni siquiera esperes. Quedate totalmente quieto y solo. El mundo te ofrecerá desenmascararse ante vos, no puede evitarlo, extasiado, se retorcerá en tu presencia."
 Franz Kafka (fragmento citado por Silvina Ocampo en su libro "Ejércitos de la oscuridad")


"Cuando era niña se sentía viejísima. Trató de arrugarse la cara. Cuando era vieja se sintió muy joven y quiso desarrugarse, pero le sobró tanta piel que se mandó hacer otra persona que la destituyó."
Silvina Ocampo

https://www.facebook.com/corneliafrentealespejo

miércoles, 10 de julio de 2013

CUERPO DE MUJER; RÍO DE ORO


Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.

Cuerpo de la mujer o mar de oro
donde, amando las manos, no sabemos,
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro...

Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.

Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos
Blas de Otero
Acuarelas Luis Fidanza


BORGES de Alicia Silva Rey

 
El jardín de los senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.”

LA LITERATURA, ESO QUE NOS ATRAPA Y NOS SEDUCE Y AL MISMO TIEMPO NOS ENSEÑA MÁS QUE LA PROPIA EXPERIENCIA.



De Hamlet, Edipo, Quijote y Fierro
 Por Noé Jitrik
Mucha gente piensa, sobre todo quienes tienen formación o pretensión intelectual, que de ciertas obras literarias se desprenden significaciones o lecciones, todavía vigentes, que iluminan situaciones difíciles de la actualidad.
No se equivocan: pese a todos los cambios que ha sufrido el mundo, y por eso mismo, lo que es relativamente complicado de entender se ve mejor si se trae a colación una referencia literaria cuanto más consagrada mejor. Así, el título de la famosa novela de Víctor Hugo, Los miserables, sugiere con más nitidez y dramatismo la injustificable pero comprensible, dados los términos del problema, perduración de la pobreza. Nadie ignora, qué duda cabe, la existencia de la pobreza, ni siquiera los ricos, pero si no a solucionarla, al menos la expresión “los miserables” ayuda a comprender, a los bienintencionados, cuál es su forma actual y acaso, a los ricos, a combatir a los pobres, pero no necesariamente a la pobreza. Pobres habrá siempre es el título, por demás fatalista, de una novela cuyo autor se me ha perdido en el tiempo y “¿Qué hacemos con los pobres?” solicita en un libro Julieta Campos con vehemencia y angustia.
Más evidente es esta apelación cuando la literatura que se invoca es más lejana –lo que se denomina “clásica”– y está integrada a la memoria de la humanidad; quienes establecen esa relación se sienten sin duda respaldados, a la manera en que quien usa determinada y rara palabra encuentra una ratificación en el uso que ha hecho de ella un escritor muy importante: si por casualidad yo quisiera (¡Dios no lo permita!) usar la palabra “bulbules”, nombre de una especie de ruiseñores, tendría que decir que Rubén Darío la emplea y quién podría refutarme. 
En suma, la literatura ayuda a ver y de ahí a comprender hay un solo paso que muchos franquean, ya sea con imaginación, ya con comparaciones, a veces, con suerte, felices.
En lo particular, La Biblia es muy pródiga en analogías, pero de otro modo y tal vez con mayor claridad, porque el empleo de parábolas suele fatigar la tragedia griega y la shakespereana. Aquella –basta recordar lo útil que le fue a Freud la desgracia del pobre Edipo– sirve muy bien para advertir cómo el destino se cierne implacable sobre un sujeto, una familia, un país; las tragedias de Shakespeare, por su lado, ilustran los extremos a que llega la ambición de poder, tema nada insignificante para la política de nuestra convulsionada y confusa época. 
No se puede omitir en este razonamiento la herencia cervantina, nada menos que el tembloroso valor de la utopía y la razón que se oculta en la locura, dimensión que si no llegamos a entender, al menos eso parece, no entenderemos nada de lo que ocurre a nuestro alrededor.
Pero palabras como destino, poder, utopía, pobreza son términos que se comprenden por sí solos y, aunque ayudan, dichas obras literarias no son indispensables para ello: basta asomarse a un discurso analfabético o perdido para darse cuenta de que dichos términos están en el imaginario de casi todo el mundo; en el caso de los ilustrados parece fatal, para salir de la desesperación o del apuro, invocar lo que escribieron esos grandes escritores; cuando hay, por ejemplo, una disputa por una herencia viene a cuento la sentencia proclamada por el Martín Fierro, “los hermanos sean unidos, ésa es la ley primera”, frase que sirve para recuperar la calma y restablecer relaciones que parecían fracturarse para siempre. Lo mismo ha de suceder entre actores menos conocedores o, tal vez, otros textos no tan excelsos desempeñen el mismo papel.
Veamos, por ejemplo, El Rey Lear: la ceguera, el despojo, el egoísmo, la maldad, son lecciones evidentes de esa obra magistral, para muchos una de las superiores de Shakespeare. Cada vez que se produce una felonía familiar es bueno recordar a un Rey que desoyó la voz del amor, que no necesita de palabras para hacerse sentir, para dejarse envolver por la melosidad de las y los hipócritas que lo halagaban.  
Cada vez que dudamos acerca de una decisión vienen en tropel Sófocles, Freud y Shakespeare, el “ser o no ser” es una fórmula que tal vez no permita definirse pero que ayuda a entender la encrucijada en la que nos encontramos.
La lista es interminable y la acción de sus componentes, o sea situaciones que en la literatura aparecen con claridad y vigor, es innegable no sólo en nuestra cultura sino en todas las que tienen en la letra escrita un anclaje. Sin embargo, este asunto merece una consideración más escéptica que se resume en una simple pregunta: ¿por qué? O, dicho de otro modo, ¿qué o cómo han logrado ciertos textos que se los considere reveladores a lo largo de varios siglos, sin descanso, de situaciones humanas complejas? Pregunta legítima porque no toda la literatura proporciona por igual iluminaciones o ejemplificaciones de tanto linaje como las mencionadas; al contrario, la mayor parte de la letra escrita es deglutida y aunque sea apreciable en conjunto no es citable en sus partes.
Se diría, en consecuencia, que sólo algunos textos han llegado a desempeñar tal papel, pero también cabe preguntar en virtud de qué virtudes lo han logrado. Perduran, eso es cierto, y no declinan, pero qué hay en ellos, qué los mantiene en vida, será por magia, será porque no podemos pensar sino a través de ellos o será porque cumplen este servicio de oportunas ejemplificaciones. Yo creo, más bien, que si perduran ya no es porque hayan sido impuestos por una cultura a causa de la sabiduría que muestran, sino porque siguen significando en su propia letra, no necesariamente porque de ellos se sacan ejemplos iluminadores de lo que en la vida se muestra oscuro y amenazante.
Habría, entonces, que acercarse por otro lado a esos textos para tratar de comprender lo que de ellos explica, siempre insuficientemente, su perduración, y, en consecuencia, su citabilidad, lo cual, desde luego, no puede hacerse en dos líneas. Podría decirse, sin embargo, que hay dos modos de entenderla: uno que supone que esos textos poseen un algo, una esencia inexplicable que determina su valor o, dicho de otro modo, que poseen un valor irresistible, capaz de atravesar indemne los siglos; el otro, que ese valor depende de determinadas lecturas o sea que es atribuido y por consiguiente impuesto, tal vez, en el mejor de los casos, por consensos sociales apoyados en pensamientos y aun en intereses de época, tal vez porque convienen a la ideología de determinados poderes o instituciones.
Pero hay otro lugar, menos conductual, en el que operan las citas literarias; es en el orden de la lengua y su uso: en las viejas enciclopedias, así como en ciertos diccionarios, determinados usos de palabras están reforzados por expresiones o frases de escritores, a veces muy conocidos y a quienes se les atribuye un conocimiento preciso de palabras y gramáticas, a veces ignotos o académicos y con escaso valor literario. ¿Qué hacer en ambos casos? ¿Hay que someterse a esas legítimas o sospechosas autoridades?
Tales escritores invocados han sido por lo general reconocidos por las academias o son académicos por sí mismos, lo cual no garantiza nada, a menos que sean verdaderamente escritores, o sea si han sido capaces de transgredir los usos aceptados para extraer de la lengua su riqueza siempre latente, siempre, como una mina, a punto de abrirse al misterio de su dinamismo.
Tal vez las nuevas enciclopedias y diccionarios hayan empezado a descreer en esas autoridades. Pero lo que sigue funcionando es por un lado la sabiduría ilustrativa que tiene que ver, fundamentalmente, con valores humanos o situaciones básicas, por el otro la posibilidad de que los textos de la que proviene extraigan su sustancia de otros lugares, más recónditos. Así, importaría menos la locura quijotesca que la vibración poética del texto, menos las vacilaciones de Hamlet que el extraordinario barroquismo de la escritura, menos el “Hombres necios” de Sor Juana que su riqueza verbal.
Es insuficiente lo que estoy señalando. Acaso es confuso, pero hay no obstante en todo esto materia de interrogaciones que, convenientemente desarrolladas, podrían acercar al misterio y al poder de la literatura, eso que nos atrapa y nos seduce y al mismo tiempo nos enseña más que la propia experiencia. Y, de paso, nos ayuda a entender cosas que por sí solas y de entrada son relativamente incognoscibles.

FUENTE
"Página 12", 10/7/2013

lunes, 8 de julio de 2013

ESCRITOR BERAZATEGUENSE PRESENTÓ UN POEMARIO LA PLATA



 El conocido escritor berazateguense Rubén Darío Roche, presentó el domingo 2 de junio, en la Feria del Libro “Ciudad de La Plata” un libro de poesías de su autoría, titulado “Ciudad de calles sin nombre”.
En ese libro está incluido el poema Necesito”, con el cual el autor ganó el primer premio del ciclo de verano 2006 del Café Literario Almafuerte, auspiciado por la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Berazategui.
En una ceremonia con atmósfera íntima, la poetisa platense Silvia Montenegro fue la encargada de hacer la presentación  de la obra literaria de Roche.
En uno de los párrafos más destacados de su discurso expresa: “Quién no vivió un gran amor, quien no entregó su alma por una mujer, por un hombre, por una pasión sin límites, dando sin esperar. Como dice Borges, es preferible haber amado y sufrido, que no haber amado nunca”.
Poesía de Buenos Aires, de amores inconclusos, casi por momentos acercándose al ritmo de tango”. "Rubén en otro poema recorre calles sin nombre. Camina y hace caminar al lector por un pasado de potreros, de fábrica de hilados, de tardes en el Cine Gran Rex, de discos de vinilo con Sandro y Palito; de River y Boca sin dejar de mencionar la herida irremediable de la Guerra de Malvinas”.
El autor posteriormente leyó el poema que da nombre al libro, que es una oda a la Ciudad de Berazategui, donde el vino a vivir de niño.
La ceremonia se llevó a cabo a las 18 hs. en la Sala Polivalente del Pasaje Dardo Rocha.
Recordamos que Roche es autor de la novela histórica sobre la Guerra de Malvinas
“El león y la cruz”; que fue editada por EDIBER y declarada de “Interés Provincial y Cultural” por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires.
También esa obra literaria fue declarada de “Interés Cultural y Municipal” por el Honorable Consejo Deliberante de Berazategui.