sábado, 16 de junio de 2012

CELEBRACIONES


Uno es poeta y camina.
Como poeta de este tiempo, pretende asir la esencia misma de lo inasible y para eso hace equilibrio en los límites del silencio.
Entre tanto caminar por el mundo, ve las cosas, las huele y las toca; se apuesta a sí mismo ante los otros, ante la vida y ante la muerte.
Y como no puede evitar ser poeta también de otros tiempos, le salen estas celebraciones del camino.
Y ya viejo, las junta y decide ponerlas en un libro, porque son las palabras de uno que los amigos recuerdan y porque para encontrarse con los otros, hay que salir de la torre de marfil.  
ROBERTO ROCCA

jueves, 14 de junio de 2012

“BARRIO GRIS” DE JOAQUÍN GÓMEZ BAS


(Una novela de 1952 que transcurre en el Sarandí de las postrimerías de la década del `40, aparecen lugares que ya no están, que algunos alcanzamos a ver en sus últimos estertores y que eran el desfavorable zaguán para entrar a Quilmes.   
Es una pintura de arrabal de un realismo paradójicamente retórico, donde quizá hay algo de Proust en la recreación de las sensaciones producidas en ese estado de gracia que permite al autor entregarlas intactas a los lectores. Es una novela olvidada que fue un éxito editorial en su momento y que vale la pena recuperar para los que aman la literatura imperecedera...)
 Chalo Agnelli
EPÍLOGO PRELIMINAR (párrafos iniciales)
Ya no existe; es decir, no como era. De su estructura y de su índole primitiva casi nada sobrevive. Pero en memoria perdura íntegra su conformación genuina, panorámica y esencial. Sé que ahora es solamente una calle amplia, demasiado grande para la uniforme chatura de su humilde caserío, por donde tranvías sin acoplados circulan, no tan veloces como antes, cuando corrían sobre un estrecho terraplén de doble vía, interrumpido a espacios regulares por las alcantarillas destinadas a absorber los desbordamientos del arroyo lateral.
El progreso, en su incontinente afán de nivelar las cosas y los hombres, arrasó con su pintoresquismo de pueblo suburbano. ¡Sarandí! Pueblo más niño que mi infancia y, como ella, claroscuro de ensueño y realidad, de susurro y alarido, de inocencia y malicia. Aires de cuna, de amor y de sangre. El drama estaba en su seno con el mismo candor que un puñal en la mano de un ángel.
Desde la barrera de la estación del tren hacia el Sur, a lo largo de la pomposamente denominada Avenida Mitre, se achataba su atmósfera auténtica, su caracterís­tica vibración orillera. La farmacia, el comité político, la panadería, el cafetucho esquinero, en donde la muchachada aprendía a clavar el hueso entre clandestinas jugadas de carreras, escuchaba hazañas de guapos legítimos y matones de cartón, y practicaba solemne el desequilibrio de la primera borrachera.
El boliche, con su algarabía nocturna en tomo de las derrengadas mesas de truco; la lechería, con su oxidado mostrador de lata; el local en donde el peluquero trasquilaba sin asco a su poco exigente clientela; el callejón, recoveco siniestro para el atraco o el estupro de medianoche, y en seguida la escuela, con sus tapias de ladrillo encaladas como a propósito para destacar al carbón el nombre de la maestra con el aditamento del apodo denigrante.
El destacamento policial, con su comisario picaflor y coimero y la yunta de vigilantes remolones, cansinos cebadores de mate y ligeros en la maniobra de hallarse justamente en el Norte cuando sonaban los balazos por el Sur.
La Sulfúrica, vieja fábrica de ácidos que alardeaba de su desprecio por las municipales leyes higiénicas vomitando desde su petisa chimenea vaharadas de azufre quemado que carcomían las chapas de cinc de los teja­dos y arañaban los bronquios del vecindario.
Desde la costa lejana, el río de la Plata extendía un tentáculo de treinta cuadras que se adelgazaba bajo el Puente Negro del ferrocarril, se comprimía sumiso en la curva de la alcantarilla grande y se estiraba para­lelo a los rieles tranviarios un trecho más. Reasumía cierta importancia entre los bloques de cemento que re­forzaban los parantes de dos puentes: el exclusivo del tranvía, largo de media cuadra, y más abajo, el que per­tenecía a la carretera del tránsito ligero, rústico y pe­ligroso pasaje cuyo afirmado lo constituían unos tirantes transversales mal sujetos que al paso de los vehículos brincaban violentos, con un retemblar de trueno. Aquí bifurcaba su corriente: el curso más ancho ocupaba entonces la parte derecha de la calle rumbo a Villa Do­minico, y el más estrecho, reducido a un simple vado, cruzaba la calle, junto al almacén El Descanso, y se in­ternaba sinuoso entre la mísera edificación, convertido en un largo zanjón maloliente en donde los desagües de las curtiembres vertían sus residuos infectos.

Yo abandoné el barrio cuando los agrimensores plan­taban sus teodolitos en las calles, en la realización de los trámites precursores de. su transformación. Recuerdo que observé con indiferencia a loe intrusos. Suponía que estaban pasando el rato, sin intención ni autoridad para formalizar lo que anunciaban.
Pero supe después que millares de carretadas de tie­rra arcillosa contribuyeron a la oclusión del arroyo, cenagoso en su natural estado, pero límpido e impetuo­so cuando la sudestada agrandaba en la costa distante el Río de la Plata.
La calle se alzó hasta la carretera, y luego, juntas, cobraron impulso para, colocarse al nivel del terraplén del tranvía. El todo constituye hoy una importante arteria estriada en toda su largura por una plazoleta de césped ralo y amarillento.
Con su moderna investidura, Sarandí cuadriculó su diseño. Es solamente un trecho impersonal en el camino hacia Quilmes. También su gente debe ser otra. Tiene que serlo.
... ... ...

En 1954, se hizo con esta novela una película dirigida por Mario Soffici. La protagonizaba Alberto de Mendoza. Fue ganadora del Cóndor de Plata en 1955 a la mejor película. Joaquín Gómez Bas (España 1907 – Buenos Aires 1984) fue escritor, pintor y guionista. Miembro de la Academia Porteña del Lunfardo. Su primera exposición como pintor fue realizada en 1958 y varias de sus obras se encuentran en museos argentinos. En 1984 recibió el Premio Konex.

miércoles, 13 de junio de 2012

LA SOMBRA

Había una vez una Sombra sin destino. En una época había sido Sombra de una columna de alumbrado público que volteó un camión y quedó hecha añicos. La debieron reemplazar.
La Sombra aprovechó y comenzó a buscar una existencia más dispuesta a las sorpresas. Resolvió conseguir una forma humana desocupada.
Si lo lograba por las noches, por la mañana la desalojaban impiadosas otras sombras y volvía a su deriva.
Buscó en las cavernas, pero allí no se necesitaban sombras. Buscó en las islas tropicales, pero allí las sombras residentes la persiguieron arrojándole cocos y cáscaras de bananas. Buscó en el Polo, el “País de las sombras largas”, pero ella no daba la talla. Buscó en las grandes ciudades, mas allí todos andaban a tanta velocidad que no podía retener ninguna forma; ¡hasta escuchó a un hombre que parecía venderlas porque cantaba: “¡Sombras nada más... trala, la lala lalala”! Buscó en la Luna, pero sólo encontró que tenía un inmenso espacio de sombra y allí no había humano alguno, únicamente huellas. Regresó.
Recorriendo las distancias encontró dos cuerpos muy unidos que se mezclaban, se apretaban se soltaban y reunían, se frotaban, se necesitaban y se imprescindían. De modo que siempre eran una sola forma. Quedó intrigada y resolvió esperar que se separaran acuciados por alguna otra necesidad que no fuera la de ellos mismos por ellos mismos.
Pasaba el tiempo y observó que las formas apelmazadas iban aumentando en tamaño, lo cual a la sombra sin destino le pareció sumamente extraño, complicado, pero no desistió en su espera.
Un buen día una formita nueva se fue separando de las otras dos. Ahí fue cuando nuestra Sombra errante se puso al acecho y ni bien la separación fue casi total, salvo por un hilo fino, se asió a la planta de los pies, que es de donde se agarran las sombras.
El hilo se cortó también y la Sombra finalmente tuvo un cuerpo exclusivo, que a menudo la obligaba a mezclarse en amorosos abrazos con otras sombras que la recibían dichosas y tuvo el extraño, apasionante y turbulento destino de una vida humana.
Oskar Lambskins
foto de Migel Ángel Salamanca

BALDÍO

A Chalo Agnelli
 No es casual que elija este camino. Quiero ver de frente la casa desde la vereda de enfrente. La sombra de los plátanos cae sobre los adoquines y se desparrama por toda la cuadra. Me paro sobre el cordón  y enfrento lo que fue. Espero que pase el 85, una camioneta, dos taxis. Cruzo. La reja se abre al patio de baldosas de  ajedrez. La empujo. El crujido oxidado me golpea. La casa tirita de ausencia. Atravieso la penumbra de persianas herméticas y macetones. Las farolas languidecen entre las columnas flacas de flores de acanto que sostienen la galería. Paso al patio de atrás. Un reflejo ajusticia la sombra en el piso, en cuatro cuadros de luz que salen de la cocina.  Abro la puerta. Olor agrio. Un almanaque de Glostora intenta disuadirme del tiempo que no es. Sentado frente a su plato de sopa aguachenta con galletas trozadas, el viejo me mira con ojos de al fin. En ellos veo mi vida y él ve la suya en los míos. No hablamos. Sólo nos miramos desde el pasado a este presente de terreno baldío, de yuyos, basura y vacío donde estuvo la casa, mi patria, la infancia.
 
Oskar Lambskins

CON UNA PIEDRITA - DIA DEL ESCRITOR

“La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes; una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza preferentemente de colores. En lo alto está el cielo, abajo está la tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco , sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas, rayuela, caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada, y  un día se aprende a salir de la Tierra y  remontar la piedrita hasta el cielo , hasta entrar en el cielo, lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar  la piedrita hasta el cielo, se acaba de golpe la infancia...”

(Fragmento de Rayuela de Julio Cortázar)
miércoles 13 de junio de 2012