lunes, 12 de marzo de 2012

LILY

Silvia Simonetti
La mañana pinta mal, es de esperar este viento sur luego de una semana de calor en pleno invierno. En el baño me espera el espejo, lo esquivo. Dentífrico y agua helada borrando a medias los estragos de la noche. Ahora sí, llega el espejo, me veo en blanco y negro, lejos, no estiro el brazo porque tengo miedo de no tocar nada, de seguir de largo hacia el otro lado. Síndrome de Alicia le dicen los médicos, la etapa previa al dolor de cabeza, migraña, que ya llegará. Bebo el café mirando hacia el patio, enceguecida, encandilada (otra previa de la jaqueca) viendo los pétalos de las flores de  pensamientos, huérfanos de planta, mezclándose en remolino, impúdicamente con los pelos de las perras, esa es mi mañana.
Cuando comienzan los primeros fogonazos de dolor pienso que sólo un milagro puede transformar a esta casa en un lugar limpio y ordenado sin mi intervención. Amanece así, como si la habitara más gente de la que de verdad vive aquí. Está desvastada, pero con el correr de los minutos ella y yo nos vamos humanizando, cerramos las ventanas que dan al sur, a esa luz fría y estéril, y abrimos las ventanas del noreste que nos inundan de una luz tranquila y amarilla. El dolor de cabeza finalmente no llega, es la costumbre de estos últimos tiempos.
El teléfono suena y parece que es lo que sigue en esta mañana. Un “hola” resignado sale de mi boca.
-Hola Inés, habla Gabriel, el ex marido de Lily, llamo desde Comodoro.
-Ah si, ¿qué decís?, que raro que me llames- le contesto sin entender nada, hace años que están divorciados.
-Si me imaginé, pero…bueno llamo porque Lily se murió.
-¿¡Cómo que se murió!?... Gabriel ¿Qué estás diciendo, de qué se murió?
-Una enfermedad rara, de los pulmones, lo mismo que le pasó al viejo, no se sabe… ¡Hola! ¿Estás ahí?
-Sí, estoy, estoy.
-Sé que era tu amiga, comprendo como te sentirás.
-¿Sufrió? digo ¿sufrió antes de morir? – con ganas de decirle “tanto como cuando la dejaste por una pendeja de mierda”.
-Fue largo. La pasó mal…
- ¡Largo! Largo y no me enteré, nadie me avisó ¿para qué están los teléfonos?
-No pensamos, no podíamos decidir nada  - suspiró.
-¿Cómo están los chicos?
-Ya son grandes, cada uno volvió a lo suyo. Andrés está en Buenos Aires y Julián vive en Comodoro, en la casa de Lily.
-La voy a extrañar –digo con un hilito de voz.
-Era una buena mujer –sentencia.
-¡¡Una buena mujer!! ¿Eso queda de ella… qué era una buena mujer? Sos un turro Gabriel te la llevaste al sur que ella odiaba y sin embargo te siguió como perrito, la abandonaste, la dejaste morir lejos de todo, de todos.
-Hice lo que pude.
-¡Lo que pudiste! Hacer lo que se puede es poco, hay que hacer más, como hizo ella por vos cuando te acompañó mientras terminabas tu carrera, criando a los chicos, aguantando tus traiciones.
-Sólo quería que supieras que falleció, no quiero tus sermones Inés.
-Y yo no quería saberlo ¿para qué te metiste en mi vida? Y encima te ponés solemne y decís “falleció”, ¡murió imbécil, murió! – corté.
Amisano
Tengo que sentarme… Gabriel maldito hijo  de puta ¡Una buena mujer! Imaginate un epitafio así.
La recuerdo en uno de los últimos días que estuvo en Buenos Aires. Había nacido su segundo hijo, hacía horas nada más y ella ya estaba en su casa. Cuando entré al dormitorio la encontré acostada, el bebé lloraba y Julián de dos años le reclamaba como todos los niños que dejan de ser hijos únicos. Hacía calor y las moscas revoloteaban. Con un poco de vergüenza me dijo:
Estoy sucia y no me puedo levantar para lavarme, me mareo.
Estás débil ¿Cuánto hace que no comés? – le pregunté buscando una palangana.
¡Qué se yo! Gabriel se fue temprano. Tenía un congreso. Creo que anoche tomé una sopa.
La lavé como pude. Maté las moscas y barrí el piso donde las galletitas pisoteadas por Julián, se mezclaban con moscas muertas y algodones. Preparé el mate y me senté en el borde de la cama. El bebé dormía y ella estaba feliz con el pelo lavado. Me miró y me dijo:
¿Quién va a hacer esto por mí cuando viva en el sur?
¿¡En el sur!? ¿Qué sur?
Sí, Gabriel se quiere ir. YPF necesita médicos en Comodoro Rivadavia y dice que es una oportunidad, que acá va a terminar revisando pies en la pileta de algún club de barrio.
Pero a vos no te gusta el frío.
No, claro, pero con 15 por ciento de humedad voy a tener el pelo lacio que siempre soñé.
Nos reímos las dos. Las cosas buenas vendrían después, había tiempo. Cómo duele saber que no lo tuvo.
***
El sur nos separó unos años, pero la guerra nos reunió en Buenos Aires. Mis amigos y parientes estaban en las islas y Gabriel en Comodoro recibiendo heridos.
Lily se vino con los chicos aterrorizada por una batería antiaérea que habían puesto en el fondo de su casa. Pasamos horas mirando los bombardeos por tele y escuchando comunicados oficiales. Cuando todo terminó la acompañé a aeroparque. Mantuvo un silencio extraño que quebró cinco minutos antes de la partida de su vuelo.
 - Gabriel me va a dejar, conoció a una mina en el hospital, diez años menor que él. – me miró, yo estaba despavorida, no sabía que decir.
- No te vayas Lily, acá vas a estar mejor…
- No, no es así – me interrumpió – tengo una vida en Comodoro. Hace rato que sé lo de Gabriel con la piba esa. Armé una vida,  hice cosas, conocí gente.
- ¿Y por qué no me contaste?
- La guerra Inés, tu hermano allá, los chicos en el medio, no pude hablarte de mis despelotes, vuelvo en un mes y hablamos ¡No te enojes! –tenía los ojos llenos de lágrimas, nos abrazamos, abracé a los nenes. No la vi más.
***
El dueño del hotel me indica donde se encuentra el barrio petrolero. Alquilo un auto y no me resulta difícil llegar y menos encontrar la casa, no hace falta preguntar. Camino por las calles de pedregullo buscándola, buscando a Lily en alguna enredadera, cortina pintada a mano o una cerámica en el patio o una luz amarilla en un rincón del porche… Al final del sendero la veo como la imaginé.
Julián no me reconoce y tardo en explicarle quien soy, quien fui en la vida de Lily. Tomamos café en silencio. Estoy desesperanzada, no se por donde comenzar y me sale un ridículo “¿Hay playa acá?”
-Si, varias – me responde perplejo.
-¿Tu vieja iba?
-Poco, pero cuando lo hacía iba a El Alcazar, era su preferida porque está protegida del viento. Odiaba el viento.
Eso fue lo único que hablamos de mi amiga. Regreso al hotel, ceno sin hambre y duermo mal.
Es la mañana. Voy al cementerio temerosa de encontrar la frase en su lápida: “Aquí yace una buena mujer”. No. Sólo una triste placa: Liliana Margarita, las fechas de nacimiento y muerte. Sólo eso.
El cielo está gris, me siento en la tierra pelada y fría. Nada conmueve de este paisaje, ya vienen quedando pocas cosas que me conmuevan, pero aquí lo peor de mí está a sus anchas, hago juego con el entorno que acompaña mis grises.
-¿Por dónde habrás empezado querida amiga a armar esa vida que me anunciaste en medio del ruido de un aeropuerto? Necesito saber que lo lograste, por vos, pero también por mí.
Estoy llegando a tu playa, entiendo porque te gustaba.
El mar es calmo, hay vegetación creciendo al amparo del viento. Atardece, unas pocas gaviotas planean a mí alrededor. Otros pájaros más grandes pelean por algo caído en la playa, que tampoco sé qué es. Increíble, además de perder las ilusiones, perdí la curiosidad. Mientras pienso eso lo veo mirando hacia mi desde el acantilado, una rara intuición me lleva a suponer que tiene algo que ver con Lily, es la playa de ella, es su hora preferida, no sé, no importa, veo el sendero entre las piedras y subo, me apuro, le veo la intención de irse, me aferro a los pastos pinchudos. Fue inútil, él ya no está.
El corazón me galopa, me tiemblan las piernas, falta el aire. Giro buscándolo, me apoyo en una roca, estoy extenuada, dos atados por día no son joda, no está por ningún lado y no importa, ya recupero  el aliento y me parece ridículo haber creído que tenía algo que ver con Lily. Debo vencer el ansia, como me dice siempre Juan.
Manejo despacio rumbo al hotel, deseo llegar y distanciarme de estas horas inclementes.
Ni bien entro, siento el calor, el olor a comida y el ruido de los platos que anuncia la cena, la iluminación es amable, un bienestar raro me recorre el cuerpo y tengo hambre. El conserje me alcanza las llaves sonriendo y me comunica que tengo dos llamadas de “un señor Julián” y otras dos de Buenos Aires.
No puedo demorar en hacer lo que debo y mientras pido la comunicación deseo con fervor que no me atienda él, pero no sucede.
-Estoy bien – intento decir, su voz me interrumpe:
-¿Se puede saber qué mierda estás haciendo allí? Estamos todos preocupados, llaman de tu trabajo, llama Carmen y no sé que decir, me pusiste en una situación ridícula ¿No pensás en los chicos?
- Lamento haber provocado eso, la muerte de Lily me descolocó, me…- otra vez me interrumpe.
- Decime Inés ¿cuándo te vas a sacar esos pájaros de la cabeza? Siempre lo mismo vos, siempre la queja, el lamento ¡Estoy recontrapodrido de tus melancolías, de tu histeria! Porque sos  una histérica ¿Cómo te vas a ir así? Claro, acá se queda el boludo mientras la señora se va a buscar la piedra filosofal.
- Otra vez te pido disculpas Juan, no me interrumpas por favor así te explico. Si llaman del trabajo decí que tuve que viajar urgente, los chicos ya están grandes deciles que los quiero mucho y a Carmen la llamo mañana.
-¡Andate al  carajo! – cortó.
Mientras ordeno la ropa y preparo mi ducha lo imagino y me produce casi ternura ese hombre alto, corpulento, locuaz, perdido ahora con este cambio de guión, está furioso en la sala, fuma, saca un libro de la biblioteca, lo vuelve e poner en el estante, mira por la ventana hacia la calle, ordena alguna cerámica en la repisa. Siempre supo qué hacer, ahora no lo sabe.
El sonido del teléfono me sobresalta, Julián me pide que nos veamos mañana, me anima que lo haga ya que en nuestro único encuentro sentí que mi presencia en Comodoro lo inquietaba y que yo estaba en el momento y el lugar equivocado.
Ceno en silencio a pesar del mozo que intenta indagar sobre mi en cada cambio de plato o de cenicero, pero no quiero hablar, no tengo nada de que hablar ni esta noche ni ninguna noche desde hace muchas.  Tengo un sueño intranquilo, el famoso viento patagónico hace de las suyas, la ventana se sacude y paso largos ratos interpretando ruidos, estruendos.
Por la mañana el espejo del baño me devuelve lo de siempre: mi mal despertar, los ojos hinchados, el pelo en desorden, sin síndrome de Alicia por lo menos.
Mientras desayuno, el mozo vuelve a la carga y esta vez abandono mi parquedad, sonrío, contesto de donde soy y que sí me preocupó un poco el viento.
Julián abre la puerta mientras estaciono, la casa está llena de sol y hay olor a café recién hecho. Me siento frente a él y tengo que sacudir la cabeza para no verlo de dos años con camisetita blanca, trepándose a los sillones.
- Perdón, los recuerdos me invaden no lo puedo evitar desde que tu papá llamó para avisarme.
-Te va a molestar  lo que te voy a decir Inés, pero no entiendo que hacés acá, hacía miles de años que estaban distanciadas, mi vieja siempre se quejó de eso.
Sé que es el momento de abandonar mi apatía, él está naturalmente perturbado y empiezo a considerar que no tengo derecho a invadir su vida y su dolor.
¿Qué hizo Lily cuando se quedó sola? – pregunto al fin.
Se puso a estudiar psicología social y comenzó a pintar. Herencia supongo. El padre y la hermana pintaban muy bien.
¿Y dónde están sus pinturas?
En un sótano de la Universidad. Un lugar que no se usaba y se lo cedieron. Allí pasaba su tiempo libre.
¿Todavía no fuiste?
No. No fui. No tuve coraje. Si en algún lugar va a estar seguramente es ahí. Y todavía no puedo.
Me dan ganas de pedirle que vayamos juntos a visitar ese sótano y las pinturas de Lily, pero Julián está muy lejos y lo voy a desubicar con el pedido. Tampoco me siento tan fuerte como para resistir una negativa.
Recorro la sala con tristeza y la descubro en los rincones, treinta años después sé porque puso esa luz allí, porque las cortinas amarillas, porque nada azul. Ella me lo está contando con los ojos brillantes y sus gestos de manos blancas con uñas grandes.
Cuando lo miro sus ojos me interrogan y sé que mi explicación será inconsistente, llena de huecos.
Te parece raro que esté aquí. Ya me lo dijiste y esquivé tu duda que también es la mía. No tengo respuesta Julián, me parece que la voy a encontrar con el tiempo, pero debe ser acá. Tu mamá tenía cosas para decirme y amaba decirlas con códigos, metáforas, vericuetos. Jugábamos a eso en nuestros diarios de adolescencia. Pero también hay algo que dijo tu papá y que me movilizó mucho - me mira como interrogándome - Otra vez esperás cosas de mi que no puedo darte. Es tu viejo Julián, si te digo lo que pienso no te va a gustar. - busco las llaves del auto dentro del bolso y agrego esperando que no me escuche. - Algún día podríamos ir a ver los cuadros. – no contesta.
Lo saludo con la mano mientras subo al auto. Me llevo su imagen seria, de rulos alborotados por el viento.
El conserje del hotel me espera con el teléfono en la mano.
De Buenos Aires, es la tercera vez
Murmuro un “gracias”, agarro el tubo y lo escucho tronar antes de decir “hola”.
¡Por lo menos decime cuánto nos está saliendo la jodita! ¡Ah! ¿Dónde está el DNI de Mariano? Lo necesita para anotarse en la escuelita de fútbol, porque acá, Inesita, la vida sigue aunque a vos ahora te interesen más los muertos que los vivos.
Una mano que no me parece mía aleja el tubo de mi oreja lentamente y lo coloca sobre el aparato sin violencia. La mano que no parece mi mano se queda un rato sobre el teléfono y cuando vuelve a ser mi mano me saca un mechón de pelo de la cara y busca los cigarrillos en el bolso.
El hombre detrás de mostrador levanta la vista de los papeles que miraba nada más que para no dejarme sola y me pregunta.
¿Se cortó?
Parece – le contesto sonriente – Ya volverá a llamar. No se preocupe y tampoco por mi almuerzo. Creo que daré una vuelta por la playa y después pasaré por la biblioteca.
Muy bien señora.
Me gusta eso de llegar a un cuarto de hotel, encontrar la cama tendida, las toallas limpias, acomodar los frascos en la repisa… Me llegan desde el pasillo ruidos apagados: una puerta que se cierra; conversaciones en voz baja. Si hasta parece que estoy de vacaciones.
***
El sol brilla en El Alcazar. Hay mucha gente alrededor, sobre todo mujeres solas. Mis envidiadas de otras épocas. Llegaban tendían lonas impecables, con la única preocupación de que no entrara arena en la tapita del bronceador. Solía mirarlas de reojo mientras ponía gorros, limpiaba manitos, cambiaba mallas. Resignándome  a los mates tibios que Juan me alcazaba displicente y ajeno, retirando apenas la mirada del diario y sin detenerse en una caricia. ¡Pero, este es el tiempo de Lily, qué hago acá!  Corro hacia el auto. Una última mirada al mar refulgente del mediodía. En la ruta, con el sol en la vista apenas distingo las curvas en el camino de pedregullo, alto en el centro con caídas pronunciadas hacia las banquinas. Afortunadamente comienzo a ver mejor y acelero confiada, pero algo está mal, me esfuerzo para saber qué es. El auto no está igual de adelante que de atrás… son segundos… menos… pienso en el mar encandilándome… la comba del camino… y una fuerza espasmódica lo guía hacia atrás y a la derecha… raro, levantado de nariz… me aferro al volante, pero en el último instante lo suelto y me tapo los ojos.
Todo termina, lo único claro es que ya no estoy en el camino y que la butaca en que me hallaba sentada hace apenas dos segundos es una cama y arriba mío el cielo azul con nubes gordas. No saldré sin ayuda y atino a pensar que me parece injusto este accidente tan poco digno, grotesco. Giro hacia sobre mi misma hacia el asiento del acompañante para alcanzar una posición que por lo menos me permita reptar hacia algún lado útil. Durante la maniobra miro arriba, hacia el camino y veo la polvareda que levantan los vehículos de mis futuros rescatistas. Después, una sucesión de palabras cariñosas, palabras de aliento, relatos de accidentes similares que escucho amodorrada y dolorida. Me dejo llevar, consolar y felicitar por “la desgracia con suerte”.
Me llevan a rayos, me vendan, huelo desinfectantes paseo en camilla y luego en silla de ruedas. Quiero fumar todo el tiempo, pero me mortifica decirle a esa gente que me cuida que me falta algo. Busco el bolso  y alguien guía mi mano hasta el regazo.
¿Qué necesita?
Nada, bueno sí, los documentos, algún papel del auto que es alquilado.
No se preocupe por eso. Este es un accidente común, el ripio es traicionero. El auto no tiene nada. Ahora sólo piense en ponerse bien.
Me siguen las ganas de fumar mientras la silla gira para acomodarse en un consultorio.
Ya viene la doctora – me dice la voz anterior.
Me quedo sola de cara al pasillo. Meto la mano en el bolso, acarició el paquete de cigarrillos y lo veo pasar canoso, pero igual. Habla con alguien y es la misma vos. El guardapolvo demasiado largo, un aire antiguo, un aire a ese libro, “Cuerpos y Almas”. La doctora me dice que no hay fracturas ni golpes serios. Escribe en un recetario.
Esto es por si tiene alguna molestia. Un calmante suave. Mañana dese una vuelta para ver como anda. – me despide con un beso.
En el pasillo, Gabriel y yo quedamos frente a frente.
¡Inés! ¿qué hacés acá?
¿En el hospital o en Comodoro? En Comodoro ya te lo imaginarás y en el hospital por que no sé manejar en el ripio - digo todo esto mientras camino hacia la salida, pero lo escucho decir:
Tomemos un café. – me detengo para mirarlo
Buenísimo, decile a tu novia que nos acompañe… dejate de joder Gabriel… mataste a Lily, si, vos la mataste.
No sabés lo qué decís. Lily murió de una enfermedad hereditaria y no era infeliz. Estaba enamorada y te puedo decir de quién. Vas y hablás con él.
No, lo voy a averiguar sola. Lily me cuenta su historia. A su manera me sigue contando su historia.
Lo dejo parado allí en la puerta del hospital. Cruzo la calle y me subo al auto, algo abollado, que la grúa municipal había estacionado prolijamente. Las llaves están puestas y arranco. Miro por el espejo retrovisor. Alguien en el medio de la calle me hace señas, supongo que me falta un trámite, pero no me importa.
Llego a El Alcazar y corro hasta el lugar donde lo había visto el día anterior. No está, pero descubro la cabaña entre los árboles bajos y me acerco con el alma en un hilo. Doy una vuelta en torno a la casa. Golpeo, nadie responde. Ya estoy en la galería que da al mar. Me acerco a una ventana. Las cortinas están corridas, mis ojos se acostumbran a la penumbra: una biblioteca, un sillón, otro enfrente, un hogar, dejo de mirar, enciendo un cigarrillo y me recuesto contra la pared “¿¡Mierda qué hago acá!? Una pitada me enciende la boca y vuelvo a mirar hacia el interior de la casa y arranco desde el hogar que era lo último que había visto, un cuadro, otro al lado y un tercero. Las pinceladas son nítidas, brillantes, decididas. Mi mirada llega al cuarto y último cuadro, desde allí ella me mira, sonríe levemente, pero sonríe. Me quedo mirando ese último paisaje de Lily con la nariz pegada al cristal de la ventana y me doy vuelta para verlo, entre las tinieblas de la hora y la bruma del mar me observa desde la orilla, tiene las manos en los bolsillos y su figura se recorta grandiosa sobre el fondo rojo del atardecer. Me tengo que ir; él sabe todo de mí y yo todo de él. Lily se encargó de que así fuera. Podría quedarme y hablar de ella, pero no me parece.
Regreso despacio al hotel y no entiendo el regocijo del recibimiento hasta que me acuerdo del accidente. Luego del discurso de bienvenida, el conserje me murmura el consabido “tiene una llamada” y mi “sí, ya se de Buenos Aires”.
Duermo bien por primera vez desde mi llegada. Despierto diciéndome que hay dos cosas impostergables por hacer…
Julián, los cuadros de tu mamá ya no están en la biblioteca.
¿Vos sabés dónde están?
Sí sé. Los vi y vos llegarás a saberlo, cuando puedas, cuando quieras… cuando sea el tiempo, tu tiempo, cuando tengas hijos… Me voy Julián. Tengo que pedirte permiso para hacer algo en el cementerio.
Hacé lo que quieras. No creo en esos rituales. 
El viento me azota la cara, me hiela las manos, pero logro sacar los tornillos que unen la placa de cemento a la lápida. El empleado del cementerio me ayuda y en menos de cinco segundos parte la placa precisamente donde le indico y hace la nueva perforación para el segundo tornillo que quedó inútil en el pedazo desechado. La vuelve a atornillar sobre la lápida. El sol brilla. Retrocedo unos pasos para ver cómo quedó. “Liliana”, solo dice “Liliana”, le saqué el “Margarita” que no le gustaba. En un resabio blancuzco de la lápida se nota que la placa está partida porque falta el “Margarita”. Y ahora que lo advierto tampoco está la fecha de su muerte. Solo dice “Liliana, 14 de noviembre de 1948”… No es un trabajo prolijo, pero hay cosas en la vida que deben ordenarse a tiempo.
SANDRA BEE
(Silvia Simonetti)
1º Premio certamen narrativa provincial partido de Berazategui y
1º premio Regional  Sudbonaerense
 Categoría narrativa Torneos Bonaerenses  





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