sábado, 25 de febrero de 2012

ATMÓSFERA

Te estás desvaneciendo, te volvés delgado y transparente. Tenés los brazos al costado del cuerpo y ya comienzan a desdibujarse los dedos. La forma de tu cara pierde identidad, los ojos y la boca también ya se están yendo.
Espero que no intentes caminar, tu cuerpo tan etéreo no soportaría la inercia quedaría más atrás que las piernas formando un ángulo imposible.
Tampoco hables, no tendrás voz, sólo un susurro sibilante, deformado por las dos dimensiones que te están poseyendo.
Es necesario que te quedes quieto, que te serenes.
Esperemos un rato para ver como sigue esto, esperemos, nada más que eso.
No quiero que esta situación, la de tu inminente desaparición frente a mí te ponga triste. Es posible que finalmente no pase nada.
No digo que te vas a quedar siempre así, ni tampoco que empeores, o que mejores. No se sabe.
Se siente una urgencia insoportable, pero es normal, se está perdiendo todo, bueno casi todo, el cuerpo es importante, hacemos muchas cosas con él.
Durante el proceso ya ves lo que pasa, no podemos ni tocarnos, ni conversar.
Cuando me pasó a mí lo que recuerdo es que añoraba ser como los otros, por eso creo que es lo que más te está pasando.
No sé si quedarme o irme. Me da no sé que dejarte solo.
Lo increíble es que empieces a diluirte si hace apenas unos meses tu sola presencia tenía la fuerza de un huracán, eras macizo, impenetrable y ahora siento que si estiro la mano la paso a través tuyo, como si fueras de humo o un holograma.
La verdad es que no me parece que sirva de mucho que te esté hablando porque vos no creías en las palabras ¿te acordás? decías que hablar no servía de nada. Aunque lo hacías con otros y se te veía locuaz, feliz, siempre con tema.
Fue para esa época que me empecé a diluir. Vos no te diste cuenta ya que habías dejado de verme mucho antes y creo que ese  fue unos de los motivos por los que yo me diluía.
Tengo vagos recuerdos, era incómodo en lineas generales, por ejemplo el simple hecho de caminar era sumamente engorroso, una cosa fea, como de destartalarse, una brisa me mandaba para acá, para  allá y todos me pasaban cerca como si fueran a chocarme. Eso al principio, porque después ya no se puede caminar. ¿ Para qué te lo cuento si lo estás viendo?
Por ahí no querés que esté acá dándote lata, pero viste como soy, no puedo con mi genio.
Me está atacando una curiosidad casi científica, curiosidad que sumada a la pena que me da verte así me obliga a quedarme.
Perdón que sean estos los únicos sentimientos que me quedan respecto a vos, pero la vida es así, nunca se sabe lo que te va a pasar dentro de una hora y hablando de tiempo se me está haciendo tardísimo. Te voy a arrimar una silla para que te sientes a esperar ¿viste  qué uno se cansa igual a pesar de estar tan liviano? Tiene  que ver con alguna ley de la física, me la explicaron, pero no la entendí bien, sobre todo  porque no supe hacer la pregunta, no podía entrar en detalles por vergüenza o para no sembrar el pánico. Es preferible que los demás lo ignoren ¡total! Si no te pasa, mejor y si  te pasa, te pasó, ya está, no hay nada que hacer, sólo esperar.
Bueno…me estoy yendo, acá te dejo la silla. Va a pasar, estoy segura, poco a poco te vas a ir materializando.
No te quiero asustar, pero la vida no es igual luego de la recuperación, ni mejor, ni peor, es distinta.
Yo trato de hacer todo diferente, de ser diferente. Pienso: me pasó por mi carácter, mis miedos, mi dependencia, entonces soy amable, independiente, valiente.
De a ratos me siento algo fingida, pero todo no se puede, después de lo que me pasó la saqué barata, no me tengo que quejar.
Vos verás que hacer. Siempre fuiste tan monolítico, tan seguro, tampoco te pases para el otro lado y te vuelvas un cagón; andá viendo.
Te dejo, por favor sentate,  justo detrás tuyo está la silla. Yo mañana, si puedo, vengo a ver como seguís.

Silvia Simonetti
"Los días de piedra" (tiza) de Horacio Pécora.

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