lunes, 31 de julio de 2017

"SALVO EXCEPCIONES" DE MARIO BENEDETTI



En la sala repleta circuló un aire helado cuando don Luciano, con todo el peso de su prestigio y de su insobornable capacidad de juicio, al promediar su conferencia tomó aliento para decir: "Como siempre, quiero ser franco con ustedes. En este país, y salvo excepciones, mi profesión está en, manos de oportunistas, de frívolos, de ineptos, de vanales".
A la mañana siguiente, su secretaria le telefoneó a las ocho:"Don Luciano, lamento molestarlo tan temprano, pero acaban de avisarme que, frente a su casa, hay como quinientas personas esperándolo."
"¿Y qué quieren?" "Según dicen, se proponen expresarle su saludo y su admiración." "Pero ¿quiénes son?" "No lo sé con certeza, don Luciano. Ellos dicen que son las excepciones".

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia ​ (Paso de los Toros, 14 de septiembre de 1920-Montevideo, 17 de mayo de 2009) fue un escritor, poeta y dramaturgo uruguayo, integrante de la generación del '45, a la que pertenecen también Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti.

sábado, 1 de julio de 2017

“EL GRITO” - INSEGURIDADES Y SEGURIDADES (COLABORACIÓN)



Le faltaban dos o tres pasos para llegar a la puerta cuando se dio cuen­ta. En vano se tamboreó los bolsillos, esperando un tintineo que nunca iba a llegar. "Las llaves... la puta que lo parió". Economía de pensamiento. "La puta que lo parió…" volvió a pensar, esta vez moviendo los labios, pero sin ningún sonido. Era lo único que se le ocurría pensar. Cuatro o cinco palabras que condensaban todo el día. No hacía falta más a esa hora de la noche. No cabían más reflexiones. A lo sumo patear algo que hubiera en la vereda, pero no había nada colaborando con su infinita pa­sividad de cosa que se preste a recibir un soberano voleo.

Tras la puerta se veía el ascensor, en planta baja. Pocos metros para arriba estaba ella. No hacía falta un gran esfuerzo de imaginación para verla. Entre la cocina y el living, poniendo la mesa. El
televisor encendido, la plancha con churrascos que le humean al spar roto, como desafiando. Campaneando como distraída el reloj de cuando en cuando. Como para que no se note que lo está esperando. Que no va a estar tranquila hasta que él llegue. Disimulando para nadie, para las fotos de la biblioteca, pa­ra el salero que ya está listo sobre la mesa. Un teatrito chiquito, como pa­ra engañarse a sí misma. Y a cada rato, esa sensación de estar por escuchar las llaves girando la cerradura.

"Las llaves y la puta madre...". Las había dejado en el estante, debajo del mostrador. Le molestaba tenerlas todo el día en el bolsillo. Y con todo el asunto nunca las agarró. Tenía las del quiosco en la campera, pero no servían de mucho. Las cerraduras son hembras de un solo macho, que es el único que las da vuelta. "¿Cómo carajo hacen los chorros para en­trar en cualquier lado?". Levantó la cabeza, como para ver un balcón que nunca tuvieron, el departamento estaba en el contrafrente del edificio. "Soy un Romeo de cuarta...", pensó.

Podía hacer dos cosas. Una tocar el portero, decirle "Negra, me olvidé las llaves. Baja a abrirme". Porque ahora había que bajar a abrir la puerta, por una cuestión de seguridad, estaba cerrada con llave todo el día. La otra era volver al quiosco. Pero ninguna convenía. Si le pedía que baje, algo iba a sospechar. Nunca se había olvidado las llaves, y ella sabía sa­carle de mentira a verdad. Como un sacacorcho, le daba un par de vueltas y ¡plop! ahí iba él desparramando el vino sobre el mantel. No era buena idea tocar el portero. ¿Volver al quiosco? No. Tenía que tomarse el bondi- y a esa hora escaseaban como la buena voluntad. Iba a tardar mucho, no sólo la iba a preocupar más, la iba a alentar a preguntar. Eso y llegar con la nariz sangrando era casi lo mismo. Y se había cuidado tan bien de lavarse, que era tirar todo por la borda.

Se acercó al vidrio de la puerta. Si justo alguien entrara o saliera, el viejo del primero, por ejemplo. Si lo dejara pasar... podía hacer ruido en la ce­rradura del departamento con las llaves del quiosco, y ella, siempre apu­rada por todo, correría a abrirle la puerta para desembarazarlo de su tor­peza. El la miraría con aire de estúpido y le diría: "Qué salame. Me confundí de llave. Estas son las del quiosco". La besaría, se sentarían a la mesa. Mirarían la tele. Hablando poco y nada, se irían a la cama. Y a la mañana, temprano, más temprano que de costumbre; usaría las llaves de ella para hacer una copia. Volvería, las dejaría en el mismo lugar, y enfilaría para el quiosco, como siempre.

Pero era más difícil que trepar por los balcones hasta el contrafrente. A esa hora había menos movimiento que en una clase de meditación trascen­dental. Además eran pocos los que lo conocían en el edificio, laburaba todo el día, y en las reuniones de consorcio brillaba por su ausencia. Se iban a creer que era un chorro. Tocar otro portero y explicar la situación iba a sonar a camelo, y si le creían a la larga ella se iba a enterar. Y toda la historieta era que ella no se entere. Para eso estaba, hace media hora, chupando frío y pensando disparates en la puerta del edificio.

La última vez, la anterior, se lo había contado. Y ella se había espantado. Mucho. Y desde entonces, todos los santos días sabía que ella lo esperaba preocupada. No se lo decía, pero se le veía en los ojos cada vez que lle­gaba. Y encima se la pasaba mirando los noticieros, con todas esas noti­cias de mierda. "Telenoche, seguro que está viendo Telenoche", pensó. Y agradeció que no haya habido cámaras de televisión hoy a la tarde. "Ventajas de vivir en el conurbano", pensó. Un asalto a un quiosco de la zona sur era poca cosa para un noticiero de las ocho.

Un golpe seco a la nariz. Y los dos cañones como los ojos de una bestia ciega, olfateándole la cabeza. Dos pendejos, más inexpertos
que él en el afano'. No era su primera vez. Hicieron la caja y un par de boludeces del mostrador. Y la ñata le chorreaba de bronca. En una hora iba a cerrar. Có­mo lo madrugaron. Ni se la vio venir. Y en la desesperación de lavarse y calmarse, las llaves ahí, mudas como el ascensor que ni amagaba a traer a alguien a la puerta.

Se sentó en el umbral, y se puso a hojear el diario, más para distraerse, para hacer tiempo. A la larga iba a tener que tocar el timbre, pero en ese momento no tenía ganas. Las hojas le pasaban de largo frente a sus ojos. Hasta que se detuvo. Habían robado dos cuadros de Edvard Munch, de un museo de Oslo, Noruega. "Tan fácil como robar un quiosco" decía el diario.

Se entró a cagar de risa, de tal manera que tuvo que agarrarse las meji­llas para calmarse.
Federico F.

e-mail: elsuburbano@com4.com.ar QUILMES Año V N° 184 (Semana de! 26-08 al 02-09 de 20041

jueves, 29 de junio de 2017

“EL MOMENTO DE DECIR BASTA” POR AIDA BORTNIK



Por Aída Bortnik

A todos los viejos jubilados, abandonados, desabastecidos…
6:30 - Lo despertó la sirena. Bueno, no es una sirena, es como un aullido eso que tienen ahora los autos de la policía. Y ya que la persiana estaba levantada (porque después de la cuarta vez que envió a arreglar ese despertador que le trajo el idiota de Guille de Miami, decidió que si el sol les bastaba a los campesinos, también podía bastarle a él), se asomó un poco, con el airé alerta de los que han visto demasiado cine como para sacar el cuerpo por la ventana cuando oyen a la policía. Entraban a la casa de arriba de la farmacia, pero allí viven los viejos ¿quién va a asaltar esa casa si todo el barrio sabe que están muertos de hambre? 
No había luz, pero ni siquiera perdió tiempo en irritarse por eso, el problema era que otra vez se había olvidado de comprar hojitas para la máquina. Naturalmente se cortó, aunque nada más que tres veces. Podía haber sido peor. Mientras lo calentaba, se reprochó seguir tomando café con lo caro que era, pero el mate se lo había prohibido el médico y el té no lo pasaba más que cuando estaba enfermo. Y tampoco había por qué seguir comprando el diario. Las pocas cosas que se pueden creer, te amargan el día. Vaciló antes de cruzar la calle y preguntar. El coche de la policía ya no estaba, pero había algunos agentes en la puerta de la casa y los vecinos hablaban en voz baja. Al principio no entendió lo que le dijo el quiosquero, pero era porque el tipo no paraba de sonarse la nariz, tapándose la cara con todo el pañuelo. Como si estuviera llorando y le diera vergüenza. Y cuando entendió, se quedó un rato mirándolo con la boca abierta y lo único que pudo decir fue: “Se me hace tarde".

7:30 - Había un pibe nuevo en el grupito que se encontraba todos los días en el colectivo. 
Tenía cara de sueño. Se agarraba fuerte del pasamanos y parecía dormir de a ratos, medio colgado. La tercera vez que estuvo a punto de caerse sobre otro explicó que había ido a las cuatro con la madre y el hermano grande, a buscar algo de lo que tiran en el mercado. A veces la verdura está casi buena, dijo, tratando de sonreír y de bostezar al mismo tiempo.

10 - Ya había rumores de que no pagaban, pero cuando el cadete le pasó el papelito de la reunión en el baño no se imaginó que era por eso. Estaban tos de siempre, uno de cada sección, pero había dos tipos que no conocía y se quedó tan sorprendido cuando el de contaduría dijo que eran obreros, que habían venido de la fábrica para ponerse de acuerdo, que ni oyó toda la primera parte de lo que decía el más joven. El viejo le puso una mano en el hombro, para pedirle que se calmara y le hizo una cargada sin mala intención, para que se ubicara en que eso era un baño y no una tribuna. Y después los miró a todos y les preguntó muy tranquilo si estaban seguros de que no les daba miedo, porque hay mucha gente que oye la palabra huelga y le empiezan a castañetear los dientes. Algunos se rieron, pero el viejo siguió. Y yo no los critico, ya tenemos demasiados jueces, para juzgarnos entre nosotros, ¿no? Y para algunos, a lo mejor, todavía no llegó el momento de decir basta. El de personal se inclinó para susurrarle algo al de compras y él quedó frente al espejo. Le pareció que tenía cara de asustado.

12:30 - Estaban comiendo la pizza cuando la nena se acercó. Le dio un palo, pero ya no pudo seguir comiendo. El cobrador le dio 5 lucas y explicó, sin dejar de masticar, que había sacado la cuenta y que si les daba a todos los que se cruzaba en el día necesitaba algo así como tres palos diarios... Ustedes tienen la suerte de que están adentro, dijo. Además, qué querés... cuando son chicos te hacen sentir tan mal, aunque mi mujer dice que algunos piden de vicio. Pero yo siempre le digo: mejor sonso que miserable. Además ¿qué voy a hacer, les voy a tomar examen?

21:30 - Se estaba quedando dormido en el asiento cuando lo despertó la frenada. Uno solo tenía un revólver. Había otro con un cortaplumas chiquito y el más flaco tenía un palo que le costó bastante trabajo sacar de adentro del pantalón. El del cortaplumas era el más asustado y, cuando le tocó a él y lo vio de cerca pensó que podía ser una chica. Pero no estaba seguro. Y cuando le señaló el reloj se defendió: es berreta y es el único que tengo...”. 
Entonces la que parecía una chica lo miró de frente y estuvo como por decir algo. Pero en ese momento el del revólver gritó y se bajaron.
Mientras corrían él vio volar primero el cortaplumas y después el palo por el aire. Una mujer lloraba y dijo que acababa de cobrar y que hacía dos semanas le había pasado al marido y que así no se podía vivir y que habría que matarlos a todos. Y el chofer dijo algo de que le había parecido que el revólver no era de verdad.

23 - Cuando apagó la luz, vio por la ventana un reflejo en la casa de arriba de la farmacia. Y pensó que a lo mejor todavía había policías en el departamento. Y se acordó de que una vez el viejo le había contado que él y la vieja se habían conocido de chicos, en un coro.
Porque a los dos les gustaba cantar. Y cantar es barato, decía el viejo, uno abre la boca y ya está... Hasta un jubilado puede cantar, con eso le digo todo. 
Y por fin pudo llorar pensando en los dos viejos que habían abierto la llave del gas, justo enfrente de su casa. Y por todos los que tienen miedo y desesperación. Y por la cara que se había visto en el espejo del baño. Y entonces se dio cuenta de que para él había llegado el momento de decir basta.
Aída Bortnik (Bs. As. 7/1/1938 – ibídem, 27/4/2013)

Guionista, periodista y escritora argentina

Revista “Humor”, 1987

Compilación Chalo Agnelli

martes, 27 de junio de 2017

“NO SÉ SI SERÁ VERDAD” DE FERNÁN SILVA VALDEZ



El canto que voy cantando
ya lo traía en la sangre;
me corría por las venas
desde mucho tiempo antes.

El canto que voy cantando
 yo me lo arranco del pecho;
lo llevo como una flor
en el árbol de los nervios.

Yo me lo arranco del pecho
o tal vez del corazón;
cada renglón es un gajo,
cada asonante una flor.

Un poema así es un ramo
y por eso he dicho yo:
mis versos tienen perfume,
mis cantos tienen color.

Cuando el poema está escrito
con sus puntos y sus comas,
tiene un instante de luz pero
nuestra edad de sombra.

El día en que vi la luz
todos mis cantos la vieron;
luego llegaron los años
que los fueran escribiendo.

Un poeta lo es entero
desde el día en que nació,
y al cantar va confirmando
nada más su vocación.

Canta como lo hace el pájaro,
perfuma como la flor,
florece como la planta,
late como el corazón.

Él no hace sino cumplir
una orden, y no más;
hay un dedo que le indica
el camino que ha de andar.

Y luego cuando su nombre
bajo los versos anota,
hay mil gotitas de sangre
que cantan: es de nosotras.

Pero el poeta no oye
este cantar y se cree
que aquellos versos que ha escrito
son puramente de él.

No sé si será verdad
todo lo que voy diciendo,
lo digo porque me nace,
porque me parece bello.

A veces me contradigo
en busca de la belleza;
me pierdo entre las palabras,
me enredo entre las ideas.

Busco lo hermoso y en arte
es la verdad más cabal;
una verdad sin belleza
se encuentra en cualquier lugar.

Y digo al final: ignoro
quién ha escrito este cantar;
si son mis gotas de sangre
o yo mismo: en realidad.

                                     (Montevideo, 15/10/1887 – 9/1/1975, compositor y dramaturgo uruguayo)
                                                                                   Montevideo, 1963.